La eliminación temprana en la Copa Sudamericana, sumada a una campaña irregular y el desgaste institucional, sellaron la salida del director técnico, a quien Diego Milito le comunicó la decisión a pesar de la renovación contractual firmada en diciembre.
En una jornada que sorprendió a gran parte del ambiente futbolístico, Gustavo Costas dejó de ser el entrenador de Racing Club. La noticia, confirmada en las últimas horas, expone el punto final de una gestión que, signada por el temperamento y el compromiso emocional con los colores, terminó naufragando ante la contundencia de los malos rendimientos. Los resultados adversos generaron un inevitable deterioro en la consideración del cuerpo técnico, y el presidente Diego Milito, sin margen para la paciencia, optó por comunicarle al estratega su alejamiento. Este desenlace adquirió una dimensión aún más llamativa si se considera que apenas en diciembre pasado la dirigencia le había extendido la continuidad contractual, un gesto que pretendía blindar un proyecto que, sin embargo, se desmoronó en el semestre más reciente.
El declive del conjunto de Avellaneda fue tan notorio como vertiginoso. La temporada comenzó con dificultades para un plantel que había cerrado el 2025 como subcampeón, arrastrando la mística de una campaña anterior brillante. La chispa inicial se esfumó rápidamente. La derrota sufrida ante Independiente en el clásico removió viejos fantasmas en el seno de la institución. Aquella caída no solo dejó cicatrices anímicas, sino que puso en el centro de la polémica la decisión de Adrián “Maravilla” Martínez al ejecutar un penal con una picada que terminó siendo fallida, un episodio que actuó como síntoma de una confianza resquebrajada. A ello se sumó la notoria baja de nivel de varias figuras emblemáticas del vestuario, futbolistas que hasta hacía pocos meses sostenían el andamiaje táctico del equipo.
El golpe definitivo a la paciencia institucional llegó por dos frentes casi simultáneos. Por un lado, la temprana despedida de la Copa Sudamericana, una competencia en la que Racing había depositado todas sus ilusiones tras quedar fuera de carrera en otros frentes. El conjunto académico ni siquiera logró sortear la fase de grupos de manera digna, y el punto de quiebre simbólico fue el empato 2-2 ante Caracas en el Cilindro de Avellaneda, un resultado que supo a fracaso mayúsculo por las circunstancias del partido y porque dejó al equipo sin chances matemáticas de avanzar. Esa misma semana, con dos compromisos por delante antes del receso obligado por el calendario —el miércoles frente a Independiente Petrolero y el 31 de mayo contra Defensa y Justicia por la Copa Argentina—, la suerte del entrenador ya estaba irremediablemente sellada. Milito, tras evaluar el desgaste ambiental y la falta de respuestas futbolísticas, prefirió anticiparse y ejecutar el cambio sin esperar a nuevos traspiés.
Así concluye una historia de conducción fogosa y celebraciones memorables, que tuvo en Costas a un líder carismático capaz de reconectar con la hinchada. Pero el fútbol, implacable, demostró una vez más que los títulos del pasado no son salvoconducto eterno. El último semestre, arrasado por las derrotas y la irregularidad, terminó sepultando un ciclo que muchos imaginaban mucho más extenso. Ahora, en Racing, se abre un compás de espera mientras la dirigencia baraja nombres para encarar lo que resta de una temporada que ya se percibe como de transición.
