LA CABEZA DEL TORO Y EL CORAZÓN DE UNA NACIÓN: ARGENTINA DESATA EL ÉXTASIS Y VUELA A LA FINAL MUNDIAL

LA CABEZA DEL TORO Y EL CORAZÓN DE UNA NACIÓN: ARGENTINA DESATA EL ÉXTASIS Y VUELA A LA FINAL MUNDIAL

En una noche de epopeya en Atlanta, la Selección Argentina derribó el muro inglés con un gol agónico de Lautaro Martínez a cinco minutos del final. Una remontada heroica ante el «país del rey» que devuelve al equipo de Scaloni a la definición del torneo, donde espera España, en un duelo que trasciende lo deportivo y se tiñe de simbolismos políticos y futbolísticos.

El esférico cayó del firmamento como un astro incandescente, y en su trayectoria descendente encontró la testa de un toro que, con la furia de los elegidos, la desvió hacia la red para desatar el aluvión más conmovedor. En ese instante, la multitud entera, aquella que se agolpaba en las gradas y la que vibraba a kilómetros de distancia, se fundió en un abrazo catártico que sintetizó el alivio y la gloria. La tropa de su majestad quedó postrada en el césped, mientras la Albiceleste, una vez más, inscribía su nombre en la antesala de la gloria eterna, tras despedir a Inglaterra del certamen. El marcador, un inquebrantable 2 a 1, no refleja el tormento ni la dosis de sufrimiento extático que se respiró hasta el silbato final, forjado en una remontada que parecía un milagro, cocinada a fuego lento y servida en el instante preciso, cuando el reloj marcaba el minuto 85. Es la clase de guion que solo este Mundial «Infartina» puede escribir, un relato que invita a las lágrimas y que mantiene a Lionel Scaloni aferrado a su apodo de «Llorona», desbordado por la emoción de sus pupilos.

¿Acaso el deporte rey tiene la potestad de regalar semejantes dosis de felicidad? ¿Puede este grupo extraordinario seguir desafiando la lógica de la cordura? O, en una reflexión más amarga, ¿está tan teñido de gris el devenir cotidiano que el destino nos compensa con esta catarata de emociones encontradas? La metafísica se apoderó del encuentro: los cambios tácticos del entrenador obraron como designios divinos, el cabezazo del delantero tuvo ribetes celestiales y la remontada se antojó una epifanía, mientras el poste, en dos ocasiones malditas (casi un tridente infernal), negó la ampliación del marcador para aumentar la cuota de suspenso. El repertorio de metáforas y juegos de palabras que se tejerán en torno a esta gesta, la enésima de este grupo de amigos conocido como «La Scaloneta», será inagotable. Porque este es un colectivo de héroes con una sed de victoria insaciable, que parecen vivir miles de vidas en cada partido. La próxima parada, el desafío final ante España el domingo en Nueva York, se presenta como una muralla difícil de escalar para cualquier rival, pero especialmente para el combinado ibérico, que deberá lidiar con la mística de un equipo que se niega a morir.

Resulta curioso, y no menor, el contexto geopolítico de esta definición. Eliminar en semifinales al país que el mandatario Javier Milei ha elogiado en repetidas ocasiones para enfrentar en la final a la nación del tristemente célebre lamento «qué angustia, querido rey» de Mauricio Macri. El fútbol, como siempre, teje sus propias ironías y agita los avisperos de la política y la historia, otorgándole a este duelo un trasfondo que va más allá de los once contra once.

Atlanta, la misma ciudad que fue testigo de la remontada ante Egipto, se convirtió nuevamente en el escenario de una batalla de aquellas que quedan grabadas en la memoria. Fue un compromiso de dientes apretados, tanto en el rectángulo de juego como en las gradas, donde jugadores, cuerpo técnico y aficionados vivieron cada segundo con la intensidad de un suspiro. Cada lance defensivo era vitoreado como un gol, y cada conquista se celebraba como un renacimiento. Pero más allá del dramatismo, el juego exhibió un nivel notable. Argentina supo administrar los momentos de reclusión defensiva con oficio y desplegó su mejor versión cuando la pelota circulaba por sus pies. Reapareció esa Selección que supo deslumbrar en tiempos pretéritos, reconvertida en una maquinaria de precisión suiza, eficaz tanto para neutralizar al adversario como para perforar arcos.

El punto débil, aquel que se anticipaba como un peligro inminente, fue precisamente por donde llegó la desgracia inicial. Un despeje de Tagliafico, más vistoso por su estética que efectivo en su resolución, dejó el cuero servido en bandeja para la astucia del rival. Rogers, con un centro milimétrico, encontró a Gordon, quien se escabulló por la espalda de un Molina que quedó absorto, hipnotizado por la trayectoria del balón, hasta el punto de que un intento de despeje habría podido derivar en un autogol. El mazazo fue contundente, pero Scaloni reaccionó con la celeridad de un estratega, moviendo el banquillo con la entrada de Nico González. Esa inyección de frescura por el sector izquierdo liberó a Messi, quien comenzó a hilvanar sus mejores minutos, conectando tres jugadas de peligro consecutivas. La más clara, un testazo del ex Argentinos que careció de la dirección precisa y que fue contenido por los puños de Pickford.

La pausa para la hidratación no fue un mero trámite, sino un paréntesis necesario para que el banquillo reajustara las piezas. A partir de entonces, las ocasiones se sucedieron como un chaparrón sobre el área británica, con una palomita de Mac Allister que se estrelló en el poste. De Paul, por su parte, ingresó con una autoridad arrolladora y se adueñó del timón del equipo, demostrando que, en ocasiones, la sabiduría radica en culminar el partido con los mejores en el terreno de juego. Scaloni, sin titubeos, agotó sus cinco variantes a los 81 minutos, una decisión que el devenir se encargaría de validar con creces.

En el imaginario popular resuena aquella célebre frase del Diego, referida a la actitud del rival en el segundo tiempo y la caída de una prenda de vestir. Pues bien, qué mejor ejemplo que la actuación de Inglaterra. Los pupilos del alemán Tuchel, fieles a su reputación, se replegaron de manera exagerada, invitando a una Argentina que, de cualquier forma, con todo en juego, habría arrollado cualquier obstáculo. El misil de Enzo Fernández, indiscutible figura del partido, a los 85 minutos, fue la dosis de justicia poética que el resultado necesitaba. Como sucediera frente a Egipto, todo estaba servido para liquidar la contienda sin necesidad de un suplemento. Y así fue. Messi, consciente de que la gloria personal no llegaría esta vez, se enfundó el overol de obrero y fue a guerrear un balón en la banda derecha. Ganó esa pulseada y envió un centro perfecto para que la frente del Toro, de una vez por todas, sellara el gol que su entrega merecía. La historia tenía reservada una página dorada para el bahiense, y a todos nosotros nos aguardaba una alegría inmensa, de esas que solo el fútbol, en sus noches más mágicas, sabe regalar.

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