La interminable euforia celeste: una caravana multitudinaria y una noche de cuarteto consagraron al Pirata como dueño de la ciudad

La interminable euforia celeste: una caravana multitudinaria y una noche de cuarteto consagraron al Pirata como dueño de la ciudad

Tras la histórica conquista del Torneo Apertura ante River, Belgrano desbordó las calles de Córdoba en una jornada y madrugada de explosión popular. Jugadores y aficionados, unidos por el amor al celeste, fundieron el fútbol con la música del cuarteto en una celebración que aún no encuentra final.

La fiesta desatada por Belgrano tras coronarse campeón del Torneo Apertura se niega a llegar a su ocaso. Luego de aquel domingo inolvidable que tiñó de gloria el estadio Mario Kempes, donde el Pirata doblegó por 3 a 2 a River Plate, la jornada del lunes sumó un nuevo capítulo épico: una caravana multitudinaria que, desde los primeros compases de la tarde, transformó las avenidas de la capital provincial en un río imparable de fervor celeste. La recorrida comenzó en el predio que el club posee en Villa Esquiú, lugar de concentración y entrenamiento, y desde allí los protagonistas se lanzaron a la ruta del abrazo colectivo. El contingente avanzó por la avenida Circunvalación tomando el anillo interno hacia el sur, para luego retornar en sentido inverso, cual marea que no tolera diques, envuelta siempre por el estruendo festivo de una hinchada que reclamaba su lugar en la historia.

Sobre la misma unidad descapotable que el domingo había protagonizado la vuelta olímpica en el césped del Kempes, se subieron los artífices del logro: jugadores, cuerpo técnico y allegados, todos ataviados con sombreros y enseñas de tonalidad celeste. La intención, clara y poderosa, era tender un puente directo con aquellos miles de seguidores que no lograron presenciar en el estadio el inolvidable triunfo ante el conjunto de Núñez. El operativo de encuentro resultó abrumador. Cerca de las dos y media de la tarde, el acceso a Villa Esquiú se tornaba prácticamente intransitable debido a la enorme concentración humana. Treinta minutos más tarde, cuando el colectivo comenzó a rodar, una densa cortina de humo celeste envolvía cada rincón, mientras una escolta improvisada pero entusiasta de motocicletas y bicicletas acompañaba al micro como una hermandad rodante, todos unidos por la misma causa: celebrar un campeonato histórico que, además de la gloria doméstica, otorga a Belgrano el pasaporte a su primera participación en la Copa Libertadores de América.

Sin embargo, la jornada de festejos se había encendido mucho antes y se prolongaría sin pausa. La noche del domingo ya había sido larga para los campeones. Después del pitazo final y los primeros festejos en familia sobre el campo de juego del Kempes, la delegación celeste puso rumbo a Jesús María, santuario del cuarteto cordobés. Allí los esperaba un escenario que pronto se volvería sagrado. El gran momento estalló cerca de la medianoche, cuando subió al escenario central Carlos La Mona Jiménez. El ídolo popular, emblema sonoro de la provincia, no hizo más que avivar la llama de una noche imborrable. Aún con el sabor de la consagración fresco en los labios y pese al cansancio acumulado por la exigencia final y las posteriores celebraciones, el show se convirtió en una extensión natural de la euforia albiceleste. Los jugadores, recibidos como héroes por el público, vivieron su propio momento de gloria sobre las tablas: figuras como Lucas ZelarayánEmiliano Rigoni y Adrián Sánchez se animaron a corear junto a La Mona, entregándose por completo a la fiesta.

El cuarteto no daría tregua. Alrededor de la una y media de la madrugada, otro monstruo del género, El Loco Amato, tomó la posta y extendió la vigilia por más de sesenta minutos. Luego, Cachumba y Damián Córdoba pusieron el broche final a una verdadera maratón cuartetera, aquella mágica mixtura que supo fusionar las dos pasiones más intensas del pueblo cordobés: el fútbol y la música popular. Pero mientras la madrugada se volvía eterna en Jesús María, otro punto neurálgico de la ciudad capital se encendía con luz propia. Miles de hinchas celestes confluyeron de manera natural hacia el histórico Patio Olmos, ese lugar emblemático que ha sido testigo de los grandes acontecimientos políticos y futbolísticos de Córdoba.

Hombres, mujeres y niños, familias enteras provenientes de todos los estratos sociales, se congregaron frente a las puertas del célebre centro comercial para sellar con su presencia el primer título de Belgrano. Aún atrapados por la conmoción de la tarde dominical, los seguidores del “B” cantaban y lloraban enlazados en abrazos interminables, incrédulos ante la certeza de que, por fin, estaban viviendo aquello que toda una vida habían esperado. Los más jóvenes y osados desafiaban la gravedad trepándose a los semáforos, mientras otros agitaban banderas desde los techos de los automóviles. Algunos, simplemente, permanecían inmóviles, contemplando la multitud con una mezcla de estupor y felicidad, intentando grabar en sus retinas cada detalle de una noche singular y sin parangón.

El paisaje sonoro y visual resultaba abrumador. Banderas gigantescasbombos que marcaban el compás del corazón, camisetas celestes como un ejército sin uniforme, bengalas que iluminaban el cielo urbano y un canto colectivo que no cesaba: “Dale campeón” se convirtió en el himno recurrente, envolviendo por completo la zona. Con el correr de las horas, lejos de disiparse, el fragor aumentaba. Los bocinazos se multiplicaban en una sinfonía caótica pero festiva, los cánticos se reinventaban una y otra vez, y el centro cordobés amaneció literalmente pintado de celeste, los colores del nuevo soberano del fútbol argentino. Caravanas de automóviles provenientes de distintos puntos cardinales de la ciudad se sumaban sin interrupción, alimentando una de las más grandiosas fiestas populares que la memoria reciente de Córdoba pueda recordar. La euforia, sencillamente, no encuentra final.

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