En un escenario jamás antes hollado por el balompié, el Jordan-Hare Stadium fue testigo de una noche legendaria. Con una asistencia que superó la población local, el conjunto campeón del mundo desplegó su jerarquía ante Islandia, mientras el capitán rosarino batía récords de longevidad y reavivaba la llama de la ilusión mundialista.
Durante casi nueve décadas, el imponente recinto Jordan-Hare de Auburn, Alabama, permaneció ajeno al deporte que mueve pasiones en cada rincón del planeta. Templo sagrado del fútbol americano universitario, su enorme capacidad para albergar a ochenta y siete mil almas —siete mil más que las que pueblan la ciudad— se transformó en una olla festiva para recibir a los actuales monarcas del balón. Lo que ocurrió aquella jornada trascendió cualquier previsión deportiva: fue una celebración que cruzó fronteras, convocó a una multitudinaria comunidad latina llegada desde diversos puntos del sureste estadounidense y convirtió cada graderío en un hervidero de esperanza por contemplar de cerca a Lionel Messi y a sus ilustres compañeros.
El despliegue resultó inolvidable. Las gradas lucían repletas mucho antes del silbatazo inicial, la música hispana retumbó en los alrededores durante la previa, un espectáculo lumínico envolvió el césped y, como guinda simbólica, se concretó la tradicional liberación de un águila guerrera, emblema máximo de la casa de estudios. Lionel Scaloni había calificado este compromiso como un obstáculo más en la senda hacia el debut mundialista del próximo martes frente a Argelia, pero el desenvolvimiento del conjunto y la ausencia de contracturas o dolencias entre sus dirigidos terminaron por esbozar una amplia sonrisa en el entrenador.
El instante culminante llevó la firma del capitán. El oriundo de Rosario saltó al terreno cuando restaban apenas veinte minutos para el cierre, y con apenas un par de intervenciones dejó en evidencia que, pese al forzoso reposo derivado de aquella sobrecarga que retrasó su puesta a punto, conserva intacta la magia que viene exhibiendo en el Inter Miami. En su primer contacto con la pelota, hilvanó una asistencia perfecta para Lautaro Martínez, quien fue derribado por el guardameta rival cuando se disponía a definir. Esa infracción generó un penal que el propio Messi transformó en conquista, alcanzando así los ciento diecisiete tantos con la camiseta nacional y erigiéndose, con treinta y ocho años, once meses y catorce días, en el jugador más veterano en marcar para la albiceleste, superando la histórica marca de Ángel Labruna.
El terreno pesado, consecuencia directa de la tormenta torrencial que castigó la ciudad durante las horas anteriores al encuentro, significó el principal escollo que debió sortear la selección. Quizás por esa razón Scaloni optó por resguardar a la mayoría de los habituales titulares y apostar por una alineación muy similar a la que doblegó a Honduras, aunque con una rotación aún más amplia. Así, futbolistas de la talla de Cristian Romero, Nicolás González —actuando como marcador de punta—, Gonzalo Montiel y el propio Lionel Messi comenzaron en el banquillo e ingresaron recién sobre el epílogo para sumar minutos sin someterse a una exigencia física desmedida, una determinación que rindió frutos: ninguno concluyó con molestias ni acumuló un desgaste significativo.
Pero aquel no fue el único aspecto alentador para la Argentina, que volvió a exhibir rendimientos elevados en todas sus líneas y cosechó otra victoria para apuntalar la confianza de cara al tramo definitorio previo a la cita ecuménica. Luego de unos días atravesados por la inquietud que generaron algunas lesiones, el equipo cerró la velada con la mayoría de los convalecientes recuperando rodaje y dejando señales positivas, tanto en lo colectivo como en las actuaciones individuales.
Con Exequiel Palacios nuevamente como eje de la zona medular, recuperando esféricos e hilvanando la circulación con claridad; con Valentín Barco mostrándose agresivo tanto en los duelos —vio la cartulina amarilla y jugó al borde del reglamento— como en la tenencia del balón, además de aportar su cuota goleadora; con un laborioso trabajo de los laterales Agustín Giay por el flanco derecho y Facundo Medina por el izquierdo; con los destellos de Nicolás Paz y Giovani Lo Celso en la elaboración; el ímpetu de Giuliano Simeone y una notable versión de José Manuel López, la escuadra nacional transitó pasajes de fútbol brillante durante gran parte de la primera mitad, hasta que la pausa por hidratación cortó la continuidad del juego.
Frente a un adversario corpulento, de alta intensidad y que en varios momentos abusó del juego brusco aunque sin descuidar el manejo del balón, el conjunto dirigido por Scaloni respondió en distintas facetas: con la pelota, mediante buenas asociaciones por el centro y secuencias de más de quince pases a gran velocidad, una marca registrada de esta etapa; y sin ella, con los volantes replegados, ocupando eficazmente los espacios y negándole a Islandia la posibilidad de crecer o instalarse en campo contrario.
Ya en el complemento, con el ingreso del mediocampo titular —Rodrigo de Paul, Enzo Fernández y Alexis Mac Allister—, la selección controló con mayor solvencia el trámite y alcanzó con más fluidez y nitidez los metros finales: contó con dos remates que se estrellaron en los postes, uno tras un disparo de Mac Allister y otro de Lautaro Martínez, quien, con Julián Álvarez aún ausente por precaución, se lamentó por esa ocasión y por otra gestada por Nicolás Paz en la que no alcanzó a definir, consciente de que se juega mucho en la puja por un lugar entre los once iniciales.
Con el dos a cero en el marcador, el negocio pasó por atenuar el ritmo del encuentro y esquivar la pierna fuerte de los islandeses, una constante a lo largo de todo el partido, al extremo de que el árbitro estadounidense Rosendo Mendoza tuvo que intervenir en más de una ocasión para calmar los ánimos.
Argentina terminó prácticamente con su once ideal sobre el césped y con una anotación de esas que tantas veces identificaron a la selección de Scaloni: precisión en velocidad, la jerarquía de Messi y los volantes llegando al área para definir. Una estampa que renueva la ilusión después de tantas jornadas de preocupación por las lesiones y que reafirma a la albiceleste, más que nunca, entre las grandes aspirantes al cetro universal.
