Con siete modificaciones en su once inicial, el conjunto xeneize ofreció una versión grotesca y desconocida, regalando tres goles en apenas 37 minutos. Un muestrario de errores infantiles que no solo mancha el presente, sino que abre un interrogante mayúsculo de cara al crucial duelo revancha por la Sudamericana.
En una noche para el olvido, el fútbol le propinó una bofetada de realidad a un Boca Juniors que pareció navegar a la deriva en el estadio Guillermo Laza. El Deportivo Riestra, con la eficacia de un depredador y la astucia de un veterano, aprovechó cada uno de los regalos defensivos que le ofreció el conjunto de Rodolfo Arruabarrena para infligirle una goleada por 3 a 0 que duele más allá del resultado. El entrenador, que había dispuesto hasta siete variantes respecto del once que cayó en Chile ante O’Higgins, pretendía dosificar esfuerzos y proteger piezas clave, pero el experimento se transformó en un monstruo de Frankenstein que caminó torpe y desorientado durante todo el primer tiempo.
El escenario no podía ser más adverso para un equipo que se prepara para una batalla de vida o muerte en la Copa Sudamericana. Con la revancha ante los chilenos acechando en el horizonte cercano del jueves, Arruabarrena confeccionó una alineación que, en teoría, poseía pergaminos para sostener el trámite: jugadores de rodaje, experiencia en el medio y jóvenes promesas en la zaga. Sin embargo, lo que se vio sobre el césped fue una cátedra de how to be a vulnerable team, un manual de errores primarios que condenaron al arquero Montero a ser un mero espectador de lujo mientras la defensa se desmoronaba como un castillo de naipes ante la mínima brisa.
La hecatombe comenzó a gestarse apenas transcurridos seis minutos de juego. Un centro venenoso desde el sector derecho, ejecutado por Céliz, encontró la testa de Díaz en el área pequeña. La reacción de la dupla central conformada por Di Lollo y Pellegrino fue, cuanto menos, desconcertante: una pasividad impropia de un equipo de la jerarquía de Boca, que permitió el remate sin oposición. Pero la cereza del pastel la puso el propio Montero, quien, como un felino hipnotizado, permaneció anclado a su línea de meta, ofreciendo una resistencia nula ante el cabezazo que se incrustó en el fondo de la red. El primer gol ya evidenciaba un síntoma grave: la falta de intensidad y el temor a ensuciarse en el área propia.
La agonía se prolongó en el minuto veintidós, cuando un tiro de esquina, provocado por una inexplicable cesión de Ascacibar, se convirtió en el segundo acto de la función de terror. El balón, tras un rebote fortuito y una pirueta digna de un malabarista, quedó muerto en el corazón del área xeneize. Allí, Quintana y Alonso, como dos torres imponentes, se elevaron sobre la pasmosa mirada de los marcadores albiazules para cabecear el balón al fondo. Montero, nuevamente, movió los brazos con la timidez de un actor secundario, pero el esférico ya había besado las redes. La hinchada visitante, que no cesaba de entonar cánticos de aliento, comenzó a sentir un escalofrío que recorría la columna vertebral.
El broche de oro para este muestrario del horror llegó en el minuto treinta y siete, en una jugada que quedará grabada en la memoria de los aficionados por lo absurdo de la situación. Un córner a favor de Boca fue rechazado y el balón quedó en los pies del delantero Alexander Díaz en su propio campo. Lo que siguió fue una galopada de sesenta metros en la que el atacante de Riestra se convirtió en un esprínter olímpico, mientras que tres defensores boquenses, con la lentitud de un caracol y la falta de decisión de un novato, lo perseguían sin atinar a frenarlo con una falta táctica o un cruce oportuno. Díaz llegó al área, encaró a Montero, que esta vez salió a su encuentro pero con una lentitud pasmosa, y con una vaselina perfecta lo humilló. El arquero, en un desesperado manotazo hacia atrás, solo atinó a tocar el aire mientras la pelota describía una parábola mortal. Tres llegadas, tres goles. La estadística era lapidaria: Montero no había tenido que intervenir en ningún remate de peligro hasta el epílogo del partido, cuando un disparo sin fuerzas le cayó mansamente a sus manos.
La dupla de centrales, lejos de ser la solución a los problemas evidenciados en Chile con Figal y Ayrton Costa, se convirtió en un problema aún mayor. Di Lollo y Pellegrino, quienes habían sido convocados para aportar frescura y seguridad, exhibieron fragilidades alarmantes, siendo superados en velocidad, en el juego aéreo y en la lectura de las jugadas. Riestra, un equipo que se caracteriza por su orden táctico, su rudeza y su contundencia, supo leer a la perfección las virtudes de un rival que se las dio servidas en bandeja de plata. Los dirigidos por Cristian Fabbiani se limitaron, en el complemento, a replegarse en su propio terreno, achicando espacios y tejiendo una telaraña defensiva de la que Boca no pudo escapar.
En el mediocampo, el equipo mostró pinceladas de buena intención y circulación de balón, pero careció por completo de la pimienta necesaria para desnivelar el marcador. La ausencia de un generador de juego y la falta de profundidad en las bandas convirtieron a Boca en un equipo predecible y manso. Apenas dos remates de media distancia ejecutados por Zenón lograron poner en algún aprieto al arquero Arce, quien vivió una tarde plácida bajo los tres palos. Las variantes ofensivas que intentó Arruabarrena en el segundo periodo, con los ingresos de Villa, Aranda, Merentiel y el experimentado Romero, no lograron alterar el guion establecido. Una y otra vez, el ataque xeneize estrellaba su andamiaje contra el muro de cinco defensores y los cuatro volantes de contención de Riestra, que se multiplicaban para cortar cualquier intento de avance.
El final del partido dejó una imagen desoladora: jugadores boquenses cabizbajos, con la mirada perdida en el césped, mientras la parcialidad local celebraba una victoria histórica. El dato escalofriante lo aportó el colega Guillermo Knoll, recordando la última vez que Boca había encajado tres goles en el primer tiempo como visitante. Fue un 27 de agosto de 2014, en la derrota 3-1 ante Estudiantes en La Plata, un resultado que desencadenó el despido del ídolo Carlos Bianchi y abrió las puertas para que el propio Arruabarrena asumiera el cargo. La ironía del destino ahora golpea la puerta del mismo técnico, quien deberá recomponer anímicamente a un equipo que ha recibido un golpe durísimo justo antes de su cita más importante del semestre.
La primera escala de esta crisis será el jueves próximo en Chile, donde Boca deberá enfrentar a O’Higgins con la obligación de remontar una serie que se presentaba accesible. Sin embargo, el nivel exhibido en el Bajo Flores enciende todas las alarmas y siembra un manto de dudas sobre la capacidad de este plantel para sobreponerse a la adversidad. La autocrítica será el primer paso, pero el tiempo apremia y la mejora debe ser exponencial si no se quiere despedir también del sueño continental. El horizonte se torna gris para un Boca que, de la mano de sus propios errores, ha cavado un pozo del que solo podrá salir con un cambio de actitud radical y una reconstrucción defensiva urgente.
