El Parque Lezama se tiñó de celeste y blanco en un multitudinario abrazo a Cristina Kirchner al cumplirse un año de su detención domiciliaria

El Parque Lezama se tiñó de celeste y blanco en un multitudinario abrazo a Cristina Kirchner al cumplirse un año de su detención domiciliaria

Militantes, dirigentes y referentes sociales colmaron el anfiteatro porteño en una jornada que combinó el reclamo por la liberación de la exmandataria con un encendido llamado a la unidad del peronismo, bajo la conducción explícita de Máximo Kirchner, quien evitó sutilezas al marcar el rumbo interno y deslizó críticas sin mencionar nombres hacia quienes eluden visitar a la líder proscripta en su residencia de San José 1111.

En una tarde invernal que pareció desafiar el calendario con un fervor casi primaveral, el histórico Parque Lezama se convirtió una vez más en el epicentro de la resistencia política más palpable del arco peronista. La convocatoria, que no hizo más que engrosar las filas de una militancia que ya había demostrado su capacidad de movilización en la misma locación hace exactamente trescientos sesenta y cinco días, superó todas las previsiones. No se trató simplemente de un aniversario más en el calendario opositor; fue la materialización de un sentimiento agridulce que oscilaba entre la bronca contenida por lo que consideran una persecución judicial sin precedentes y la esperanza renovada de que el horizonte electoral aún puede deparar un desenlace favorable a sus aspiraciones. La fecha, elegida por su simbolismo patrio, engarzó el Día de la Bandera con el primer año de lo que definen como la proscripción de Cristina Fernández de Kirchner, una figura que, pese a su silencio forzado, continúa siendo el imán emocional y político más potente de la oposición.

El sol se alzaba sobre el anfiteatro cuando las primeras corrientes humanas comenzaron a tejer un mosaico diverso, donde convivían la veterana militante con la campera gastada por los años de batalla y el joven que apenas balbuceaba consignas aprendidas en redes sociales. El ambiente, cargado de una adrenalina contenida, se nutría de relatos espontáneos que circulaban entre la multitud como moneda corriente. Una mujer de cabello canoso, con los ojos empañados por una emoción difícil de contener, confió a esta cronista su deuda eterna con la exmandataria, rememorando los años de trabajo no registrado que la sumieron en la precariedad hasta que las políticas de inclusión previsional le tendieron un puente hacia la dignidad. Cerca de ella, un vendedor ambulante de escarapelas, con la voz ronca por el uso, no ocultaba su indignación ante lo que percibe como una doble moral judicial, señalando con énfasis que el encierro de Cristina contrasta con la impunidad que, a su juicio, gozan otros sectores del poder. Los testimonios, tan heterogéneos como los rostros que poblaban el lugar, coincidían en un diagnóstico compartido: la persecución no es un hecho aislado, sino la consecuencia directa de las políticas transformadoras que marcaron una década de gestión.

Esta vez, sin embargo, el escenario presentaba una novedad significativa que alteraba el libreto habitual de estas concentraciones. La ausencia de la palabra de la propia Cristina Kirchner, cuyo discurso siempre había sido el plato fuerte de las convocatorias, desplazó toda la atención hacia la figura de su hijo, Máximo Kirchner. El diputado nacional, único orador de la jornada, asumió el rol de portavoz con una seriedad que rayaba en lo solemne, consciente de que sus palabras no solo eran un mensaje para las masas, sino también un guiño, y un tirón de orejas, hacia la compleja interna del peronismo. Mientras los intendentes del conurbano bonaerense como Mayra Mendoza, Federico Otermín y Mariel Fernández, junto a pesos pesados como Juan Grabois, Guillermo Moreno y Jorge Capitanich, ocupaban lugares de privilegio en la tarima, la pregunta que flotaba en el aire era si este acto lograría sellar las fisuras que el transcurrir del tiempo y las diferencias tácticas han ido abriendo en el campo nacional y popular. La respuesta llegó envuelta en un discurso que, si bien apelaba a la unidad, la condicionaba a una fidelidad militante que pocos están dispuestos a cuestionar abiertamente.

Fue en ese contexto que Máximo Kirchner tomó el micrófono y, con la voz quebrada por la emoción pero firme en el contenido, desgranó un análisis que trascendió el mero reclamo judicial para adentrarse en el terreno pantanoso de la estrategia electoral. «Queremos tenerla a Cristina de candidata y no a candidatos por default», sentenció, en una frase que resonó como un latigazo en el auditorio y que muchos interpretaron como un mensaje cifrado para aquellos dirigentes que, ante la eventual proscripción, ya estarían delineando sus propias ambiciones. El legislador no se detuvo en sutilezas cuando se refirió a la unidad, denunciando con crudeza a aquellos que predican el diálogo desde los estudios de televisión pero no son capaces de cruzar la vereda para visitar a la líder en su encierro. Aunque el nombre de Axel Kicillof no fue pronunciado, la alusión al gobernador bonaerense, ausente en el acto y señalado por no haber renovado sus visitas a la casa de San José 1111, fue un guante que cayó al suelo del escenario y que nadie se atrevió a recoger.

El discurso del diputado se adentró luego en el terreno de la doctrina económica, desmontando con crudeza lo que considera un fetiche tecnocrático: el equilibrio fiscal. En un pasaje que arrancó aplausos cerrados, Kirchner cuestionó la obsesión por los números fríos cuando los hospitales se desmoronan y las jubilaciones no alcanzan para cubrir las necesidades más básicas. Su prédica, que abogaba por una justicia fiscal que imponga mayores cargas a los sectores más ricos, chocaba de frente con las políticas de ajuste que el gobierno actual promueve, y establecía un puente directo con las medidas que su madre implementó en sus dos mandatos. Recordó con orgullo la recuperación de las AFJP, la estatización de Aerolíneas Argentinas y YPF, así como la audacia de enfrentar a los fondos buitres en el terreno internacional, gestos que, a su juicio, sellaron el destino de la exmandataria al despertar la ira de los poderes fácticos. La ironía del destino, señaló, es que esa misma Vaca Muerta que Cristina recuperó para el Estado es hoy el principal motor del superávit comercial que el gobierno libertario festeja, un recordatorio amargo de que el presente triunfo económico tiene sus raíces en una decisión política que sus actuales administradores no dudaron en vilipendiar.

El clímax de la jornada llegó cuando Máximo transmitió el saludo de su madre, revelando la profunda conexión que la exmandataria mantiene con sus seguidores a través de los pequeños gestos cotidianos. Cada bocina que irrumpe en el silencio de su reclusión, cada cántico que se filtra desde la calle, se convierte en un combustible anímico que la mantiene erguida en su batalla legal. Fue entonces cuando la marea humana, que ya había desbordado los límites del anfiteatro, se puso en movimiento hacia la residencia de Constitución, repitiendo el ritual del abrazo colectivo que ya se había convertido en una tradición. La aparición de Cristina en el balcón, sonriente y envuelta en los colores patrios, desató un clamor que estremeció los cimientos del barrio. Era la confirmación de que, pese a las restricciones que la aíslan del mundo y que, según denuncian sus allegados, son más severas que las impuestas a narcotraficantes y genocidas, su figura sigue siendo el faro que guía a un ejército de militantes que no concibe el futuro sin su liderazgo. Mientras el sol se ponía sobre el Riachuelo, el eco de los bombos y las consignas se perdía en el horizonte, dejando la sensación de que, para el kirchnerismo, el tiempo de la proscripción es solo un paréntesis en un relato que aún espera su próximo capítulo.

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