La sombra de un imperio: cómo la interna libertaria tiñó de gris el Día de la Bandera

La sombra de un imperio: cómo la interna libertaria tiñó de gris el Día de la Bandera

En un acto que debía ser de comunión patriótica, la administración de Javier Milei desplegó un elaborado operativo de protección política alrededor de la figura del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, mientras la vicepresidenta, Victoria Villarruel, orbitaba como un satélite incómodo, desafiante y solo. La celebración en Rosario se convirtió en un escenario de ajedrez político, donde la historia, la economía y las grietas del oficialismo se entrelazaron bajo el sol del Monumento.

La ciudad de Rosario amaneció este sábado con el río Paraná como testigo de un desembarco político orquestado con precisión quirúrgica. La administración de Javier Milei había dispuesto que un verdadero escuadrón de funcionarios de primera línea cercara al jefe de Gabinete, Manuel Adorni, en un movimiento táctico que buscaba diluir la inevitable incomodidad de su presencia en la comitiva oficial. El objetivo era claro: evitar que las miradas inquisidoras y los comentarios de los asistentes se concentraran de manera exclusiva sobre la figura del funcionario, cuya permanencia en el cargo se ha vuelto indigesta para amplios sectores de la política y la sociedad. Mientras tanto, los anfitriones locales, el gobernador Maximiliano Pullaro y el intendente Pablo Javkin, optaron por una prudente distancia, negándose a enredarse en un juego de espejos que no les pertenece, sorteando con habilidad las trampas de la liturgia oficial.

Sin embargo, la coreografía planeada por la Casa Rosada encontró un obstáculo en la figura de la vicepresidenta, María Victoria Villarruel, quien se ha erigido como la dueña de un libreto alternativo. Con la sutileza de un estilete y la puntería de una experta en las redes sociales, Villarruel lanzó su dardo: «No hay nadie más peleado con los valores de Belgrano que Adorni». La frase, breve y titulable, fue diseñada para volar como pólvora en el ecosistema mediático. No se trató de un exabrupto, sino de un cálculo milimétrico para ganar protagonismo a la par del presidente, desafiando el ostracismo al que, según sus propias percepciones, pretende confinarla el núcleo duro del gobierno. La vicepresidenta se gestionó su propia presencia en el acto, un desafío que, sabía de antemano, incomodaría profundamente a la Rosada, y cada uno de sus gestos, por más ambiguos que fueran, se convertirían en materia de interpretación política.

Villarruel se mueve como un átomo suelto en la estructura del poder, un cuerpo extraño dentro del sistema político que, aunque adolece de la capacidad para movilizar masas o condicionar decisiones estructurales, tiene muy claro que su fortaleza y su supervivencia dependen de incomodar al presidente y su círculo íntimo. Su estrategia consiste en hacer realidad el viejo adagio de que no hay peor astilla que la del mismo palo, y cada una de sus intervenciones públicas parece estar calculada para recordarle a Milei que ella es la única pieza del tablero que él no puede controlar por completo. La interna libertaria se ha convertido en un dislate digno de un culebrón político, y las horas previas al acto en Rosario fueron la prueba más evidente de esta tensión.

El operativo de Protocolo de la Casa Rosada se volcó por completo a una tarea casi obsesiva: garantizar que la vicepresidenta no se cruzara con el presidente, que no hubiera saludo alguno entre ambos y, sobre todo, que no se le concediera ni un segundo de protagonismo no deseado en la transmisión oficial. La situación alcanzó ribetes casi absurdos cuando se decidió que el tradicional izamiento de la bandera al compás de la marcha «Aurora», uno de los momentos más emotivos y simbólicos de la fecha, fuera operado por una empleada municipal. La decisión, que escapa a cualquier lógica protocolar, tuvo como único fin evitar que Milei tuviera que compartir el momento icónico con Villarruel, ya que, de haber sido así, la transmisión oficial no habría podido eludir la imagen conjunta que el gobierno se niega a conceder. Dónde ubicar a la vicepresidenta en el palco fue otro motivo de extensas idas y vueltas; finalmente, se dispuso que ocupara un lugar en la primera fila, como su investidura lo exigía, pero estratégicamente aislada, en el sector destinado al funcionariado local, flanqueada por la presidenta de la Cámara de Diputados, Clara García, y el presidente provisional del Senado, Bartolomé Abdala, quien, a diferencia del jefe de Estado, sí la saludó.

El ritual del poder y la batalla cultural

Milei y Villarruel se movieron en registros opuestos durante toda la jornada. El presidente descendió del helicóptero, se dirigió al palco, leyó su discurso y emprendió el regreso sin mediar palabra con las autoridades provinciales y locales. Quizás no vea ganancia en el diálogo con mandatarios periféricos, o quizás simplemente no quiera escuchar pedidos. Pero lo que resultó más llamativo fue su nulo contacto con el público, ni siquiera con los adherentes movilizados por la diputada nacional Romina Diez. Agradeció los vítores que interrumpían su alocución, pero con un tono inusualmente didáctico, recordó que la jornada era un homenaje a Belgrano, no un mitin político. Fue una rareza mayúscula: el león hervíboro, el outsider gritón que sacudió el statu quo, convertido en un orador de discurso escolar, medido, moderado y casi edulcorado.

El discurso de Milei fue un guiño explícito a su batalla cultural, definiendo a Belgrano como «el primer intelectual liberal económico argentino». Una definición que, convenientemente, omite la evolución del liberalismo a lo largo de dos siglos de cambios sociales profundos, para reducirlo a la expresión más extrema del libertarismo de ultraderecha. Es la distancia sideral que existe entre el Belgrano que promovía la industria como herramienta de desarrollo soberano para revertir los términos de intercambio heredados de la colonia, y el Milei que proclama la «premisa caiga quien caiga» y que su «mejor política industrial es no tener política industrial». Mientras tanto, los bostezos de la vicepresidenta, captados por las cámaras, se convirtieron en un meme instantáneo, un contrapunto perfecto a la «versión Billiken» del presidente. La escena fue un resumen de la grieta: elige tu propio Belgrano, elige tu propia interna.

Un rato antes, el gobernador Pullaro había ofrecido una interpretación históricamente más ajustada y matizada del prócer. «Era un hombre que pensaba en los que quedaban afuera», afirmó. «Sabía que la libertad sin educación y saber no tenía sentido. Los que se oponían a esas ideas para él eran tiranos». Con esta cuidada retórica, Pullaro, y a su turno Javkin, encontraron una vía amable pero firme para marcar distancia con el presidente. Sin necesidad de explicitudes, reafirmaron su rol como constructores de una alternativa electoral a La Libertad Avanza para el 2027, defendiendo la obra pública con transparencia en la provincia, en contraposición al ideario libertario. Sin embargo, la paradoja de la política argentina se hizo presente: pese a marcar estas diferencias, Pullaro y otros gobernadores no peronistas se oponen a que el Congreso avance esta semana con la moción de censura contra Adorni. Argumentan que la herramienta constitucional, aunque adecuada para un caso que encaja perfectamente en las previsiones de los constituyentes del ’94, podría generar una turbulencia política que dañe la economía o agite los fantasmas de un gobierno que, aunque débil, ha logrado cierta gobernabilidad.

La fiesta, los costillares y la política en las sombras

La tensión política no logró empañar por completo la celebración popular. La fiesta mayor de la ciudad expuso su mejor versión: la belleza escénica de la costa central, el Monumento reluciente, las promesas de lealtad a la bandera de los niños, las marchas patrias que llegaron a almas que los otros 365 días del año permanecen indiferentes. La zona céntrica se transformó en un hervidero de autos y personas, un mosaico de diversidad que olía a grasa de pastelitos y empanadas, y al humo de los costillares a la estaca. En la tribuna, el clima fue medido; ni los dirigentes de Unidos ni los de La Libertad Avanza se mezclaron, pero ambos compartían un mismo adversario: el peronismo, al que identifican como el principal contradictorio que los unió en las urnas.

La ausencia de dirigentes peronistas en el palco institucional fue un vacío notorio, aunque no en el festejo popular, donde se los pudo ver caminar entre el gentío. Y al caer la tarde, cuando el sol dijo que llegaba el final y las brasas de los asadores comenzaban a apagarse, un periodista perspicaz, de esos que se quedan hasta el último minuto, soltó una observación que en la Argentina de Milei sugiere más de lo que dice: «Nunca sobraron tantos costillares sin vender… tremendo». Un detalle menor, casi gastronómico, que resuena como un eco de la crisis económica, un recordatorio de que, mientras la política juega sus partidas en el Monumento, la realidad cotidiana de la gente, esa que come o deja de comer, sigue su curso implacable.

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