Un informe reservado de la consultora GS1 revela que los productos retirados de las góndolas por falta de rotación se incrementaron un cien por cien desde la asunción de Javier Milei. El rubro de las bebidas iguala ya en pérdidas a los artículos perecederos, mientras que las cadenas mayoristas ensayan una estrategia inédita: ceder sus metros cuadrados a gimnasios y canchas de pádel para mitigar el desplome de la demanda, que en ciertos sectores alcanza contracciones interanuales de hasta el veinte por ciento.
Los guarismos no admiten matices y se erigen como el termómetro más fidedigno de la agonía que atraviesa un eslabón clave del entramado comercial, cuyo malestar, según voces del sector, “se palpa en cada esquina”. La debacle del consumo, fenómeno que comparte podio con la industria y la construcción entre los segmentos más castigados por la recesión, ha escalado durante la gestión de Javier Milei a cotas que los analistas más pesimistas apenas se atrevían a pronosticar. Lo que en los albores del mandato libertario se circunscribía a un murmullo de inquietud entre los fabricantes de víveres y los operadores de cadenas de distribución, ha mutado en una espiral de urgencias que obliga a redefinir hasta los cimientos del negocio. La atonía persistente de las ventas, alimentada por el estancamiento de los salarios reales —retenidos deliberadamente como ancla para domar la espiral inflacionaria—, ha provocado un fenómeno tan sencillo como demoledor: los productos permanecen ociosos en los estantes, su fecha de caducidad se acerca implacable y, finalmente, son apartados sin haber cumplido su función comercial.
El diagnóstico más crudo llega de la mano de un estudio de la consultora GS1, al que este diario ha tenido acceso, cuyas cifras dibujan un panorama desolador. Según ese relevamiento, el volumen de artículos que se desechan por obsolescencia o deterioro se ha duplicado con creces desde que el actual inquilino de la Casa Rosada asumió el mando. Este salto exponencial no es un accidente estadístico, sino la consecuencia lógica de una curva de demanda que no encuentra piso y de un poder adquisitivo que permanece inmóvil por decisión de política económica. Pero lo más alarmante, lo que enciende todas las alarmas en los pasillos de los centros de distribución, es la equiparación de categorías que hasta hace poco tiempo tenían comportamientos disímiles. Los productos de stock prolongado, aquellos que por su naturaleza química o conservación podían aguardar meses en la góndola, ya igualan en términos de merma a los frescos, esos que por su propia esencia biológica tienen un ciclo de vida brevísimo y exigen una rotación vertiginosa. La convergencia de ambos universos en un mismo nivel de descarte es una señal que los especialistas interpretan como un quiebre estructural, no como una anomalía coyuntural.
En este contexto de estrechez, el rubro de las bebidas emerge como un termómetro particularmente sensible. Tradicionalmente asociado a un consumo dinámico y de alta frecuencia, este sector ha visto cómo sus productos comienzan a ser retirados de la circulación al mismo ritmo que los lácteos, las carnes o las verduras, una paradoja que evidencia la profundidad del ajuste en los hábitos de compra. La gente no solo compra menos, sino que posterga decisiones y reduce su cesta al mínimo indispensable, lo que condena a los artículos no perecederos a un envejecimiento prematuro en los depósitos. La sangría se extiende a lo largo de toda la cadena, pero son los supermercados quienes reciben el impacto más directo en su balance, viendo cómo el margen se esfuma entre la mercadería que no logra venderse y los costos fijos que no cesan.
Ante esta tesitura, la inteligencia de supervivencia ha llevado a las grandes cadenas a explorar veredas inéditas. La crisis ha demolido un modelo de negocio de alto volumen que, gestado en la era menemista y mantenido con altibajos durante décadas, se daba por sentado como un pilar inquebrantable del consumo masivo. Hoy, ese edificio se resquebraja, y los operadores responden con una batería de medidas que incluyen el cierre de bocas de expendio, la reducción de plantillas laborales y, como recurso de desesperación, el alquiler de sus propias superficies. La novedad, que irrumpe con fuerza en el paisaje urbano, es la transformación de amplios sectores de estos espacios comerciales en enclaves deportivos: gimnasios de última generación, canchas de pádel y campos de fútbol cinco ocupan ahora el lugar que antaño destinaban a estanterías repletas de ofertas. Esta reconversión funcional, que algunos empresarios definen como “la única tabla de salvación”, no solo evidencia la gravedad de la caída en el consumo, sino que también esboza un nuevo mapa del comercio minorista, donde la necesidad de generar ingresos alternativos se impone sobre la identidad original del negocio.
La fotografía que arroja el 2026 es, en rigor, la de una economía que deshecha mientras intenta reinventarse. Los números que espantan no son fruto de la especulación, sino el reflejo de una realidad que se impone en las góndolas y en los salones vacíos. La duplicación de la mercadería descartada, la igualación de los vencimientos entre lo perecedero y lo estable, y la mutación de los supermercados en polideportivos son los trazos gruesos de una postal que el gobierno nacional aún no logra reencuadrar en su relato de recuperación en V. Mientras tanto, los consumidores recorren pasillos con fechas de caducidad acechantes y los comerciantes negocian con la angustia de quien ve cómo su inventario se convierte en pérdida antes de llegar a la caja. La recesión no da tregua, y el ingenio para subsistir se convierte, paradojalmente, en el único motor de una actividad que, por naturaleza, debería ser el motor del resto.
