Tras un estreno dubitativo, el combinado nacional desplegó un fútbol arrollador, silenció las críticas con un contundente 4-0 y se adueñó del Grupo H, dejando a los asiáticos al borde del abismo en la cita planetaria.
En la vibrante ciudad de Atlanta, donde el eco del balón retumbó con fuerza en un estadio repleto de expectativas, la selección española borró de un plumazo las sombras de la incertidumbre. Si el primer asalto ante Cabo Verde había dejado un regusto agridulce y un sinfín de interrogantes, la segunda presentación del conjunto ibérico en el Grupo H del Mundial 2026 se convirtió en una declaración de principios, una exhibición de autoridad que se materializó en un aplastante 4 a 0 sobre Arabia Saudita. El combinado que dirige Luis de la Fuente no solo sumó tres unidades de oro, sino que recuperó la esencia de su identidad, aquella que se forja en la posesión y se edifica en la presión asfixiante, para despejar cualquier atisbo de duda que pudiera empañar su candidatura en la cita ecuménica.
Desde el silbato inicial que puso en movimiento el esférico, la escuadra europea evidenció que su propuesta no admitía concesiones. Lejos de aquel ritmo pausado y carente de profundidad del debut, la Roja saltó al césped con una voracidad inusitada, imponiendo su libreto desde los primeros compases y sometiendo a un rival que, a todas luces, careció de argumentos para frenar el vendaval ofensivo que se le venía encima. La manija del partido quedó en manos de un centro del campo que funcionó como un reloj perfectamente engranado, recitando pases con una precisión milimétrica y moviendo el balón de un flanco a otro con una velocidad que desquició por completo la endeble retaguardia saudita, incapaz de hallar el momento para sostener su propio plan táctico.
El guion del encuentro encontró su primer punto álgido con apenas nueve minutos en el cronómetro. Una jugada que nació desde la inteligencia de Álex Baena, quien con una asistencia de esas que se guardan en la memoria, habilitó a la joven promesa Lamine Yamal. El extremo, con una frialdad impropia para su edad, definió con una sutileza exquisita ante la salida del guardameta, perforando la portería y desatando el primer grito de liberación en la parroquia española. Sin embargo, lejos de conformarse y especular con la ventaja, el campeón del mundo en 2010 redobló su apuesta y continuó hurgando en las heridas de un conjunto asiático que comenzaba a mostrar fisuras en su zaga.
La superioridad ibérica se tradujo en un torrente de juego incesante, y el marcador no tardó en reflejar la enorme distancia existente entre ambos contendientes. Antes de que el reloj alcanzara el minuto veinte, Mikel Oyarzábal, con la astucia del delantero que sabe moverse en los espacios reducidos, recibió en el área y batalló lo suficiente para empujar el cuero al fondo de la red, estableciendo el segundo tanto y sentenciando ya, en lo anímico, a un adversario que vagaba sin rumbo por el terreno de juego. La vorágine ofensiva no se detuvo ahí; tan solo tres minutos más tarde, el propio Oyarzábal, imparable en su afán goleador, remató con una violencia certera un preciso centro enviado desde la banda por Dani Olmo. El cabezazo, impecable en su ejecución, se estrelló en las mallas rivales para firmar su doblete particular y decretar un 3-0 que ya olía a goleada histórica. Con esa renta abultada, los pupilos de De la Fuente se retiraron al descanso con la misión prácticamente cumplida, saboreando la tranquilidad que otorga el haber domeñado por completo la voluntad del oponente.
La reanudación del choque no hizo más que confirmar la abismal diferencia de categoría entre ambos equipos. Apenas transcurrido el ecuador del segundo tiempo, el destino quiso ser cruel con la formación árabe, y la desgracia se cebó en la figura del defensa Hassan Al Tambakti. Un intento desesperado por despejar un balón que navegaba peligrosamente por su área se convirtió en un disparo involuntario y desviado que, para su desgracia y la alegría hispana, terminó alojándose en el fondo de su propia portería. Aquel autogol, que rubricó el definitivo 4 a 0, supuso la puntilla definitiva a un adversario que ya no tenía fuerzas ni convicción para intentar siquiera maquillar el resultado. Con el pleito sentenciado, el estratega español, Luis de la Fuente, hizo gala de una sabia gestión de los recursos y optó por oxigenar el once inicial. Movimientos tácticos que dieron entrada a futbolistas del calibre de Ferran Torres, Yéremy Pino, Fabián Ruiz, Nico Williams y Mikel Merino, quienes inyectaron frescura y ritmo a un equipo que ya administraba su energía pensando en los compromisos venideros.
La fiesta ofensiva pudo tener un capítulo extra en el tramo final del partido, cuando el propio Ferran Torres perforó el arco saudita en el minuto cuarenta y seis de la segunda mitad. No obstante, la euforia se tornó en contención, ya que el árbitro, atento a la indicación de sus asistentes en el VAR, decretó la anulación del tanto por una clara y manifiesta posición de fuera de juego que había pasado inadvertida en un primer momento. Pese a la anulación, que no empañó en absoluto la gesta, el resultado final reflejó con justicia lo acontecido sobre el rectángulo verde: una España imperial, dominadora y efectiva, que recobró su mejor versión y asusta a cualquiera que pretenda arrebatarle el trono en este torneo.
Este triunfo contundente no solo sirve para engrosar la cosecha de puntos y acercar matemáticamente a los ibéricos a la siguiente ronda eliminatoria, sino que funciona como un bálsamo espiritual que restaura la fe en su propuesta futbolística. Arabia Saudita, por el contrario, queda sumida en una crisis profunda, con su futuro en la competición pendiendo de un hilo y con la obligación imperiosa de recomponer su imagen si no quiere despedirse prematuramente de la cita mundialista. El desenlace del Grupo H se vivirá con máxima intensidad el próximo viernes a las veintiuna horas, cuando todos los caminos confluyan en una jornada decisiva. España, con la moral por las nubes y el liderato en la mira, se enfrentará a la dura prueba que supone Uruguay, un rival de jerarquía, con la firme intención de asegurar la cima de la clasificación y sellar su pase con honores. Al mismo tiempo, el combinado asiático, herido y contra las cuerdas, deberá medirse ante Cabo Verde en una final anticipada, donde la victoria no será suficiente; necesitará además un milagro matemático que le permita escalar posiciones y alcanzar la ansiada plaza para los octavos de final, en una noche que se prevé cargada de emociones y dramatismo en la máxima cita del fútbol planetario.
