Con una remontada vibrante en Vancouver, el conjunto egipcio firmó su primera victoria en el certamen global y quedó al borde de una hazaña inédita: atravesar la ronda inicial por vez primera en su historia. La estrella Mohamed Salah comandó la reacción, mientras que la solidez defensiva neozelandesa se desmoronó en el complemento.
En la imponente mole del BC Place, bajo el cielo plomizo de Vancouver, la Selección de Egipto escribió una página que podría cambiar para siempre su destino en las Copas del Mundo. No fue un triunfo cualquiera, ni una goleada sin historia: fue la demostración palpable de que estos Faraones, guiados por la luz de su máxima estrella, poseen la jerarquía y el temple necesarios para derribar muros que durante décadas parecieron infranqueables. El 3-1 sobre Nueva Zelanda no solo significó la cima del Grupo G, sino también la confirmación de que el equipo norteafricano está a un solo paso de alcanzar un sueño que ha esquivado durante generaciones: superar la primera fase de un Mundial.
El partido, sin embargo, no comenzó con el libreto esperado. Los All Whites, ese conjunto oceánico que suele ser menospreciado por los pronósticos, golpearon primero con la precisión de un relojero. A los quince minutos, un córner ejecutado con maestría por Tim Payne encontró la testa de Finn Surman, cuyo cabezazo se clavó en las redes como un puñal, silenciando a la parcialidad egipcia. Durante el resto del primer tiempo, el cuadro dirigido por Hossam Hassan pareció atrapado en una telaraña: los neozelandeses tejieron un entramado táctico de orden, posesión y disciplina, desafiando toda lógica estadística. La diferencia de cincuenta y cinco puestos en el ranking FIFA —los egipcios, trigesimoctavos, frente a los oceánicos, octogésimo terceros— se desvaneció en el césped, donde la estructura defensiva de los All Whites incomodó al temible ataque faraónico y dejó a Salah aislado, como una isla en un mar de camisetas blancas.
Pero el fútbol, ese deporte de emociones cambiantes, reservaba su guión para el segundo acto. La reacción egipcia fue tan contundente como inesperada para sus oponentes. A los cincuenta y ocho minutos, Mostafa Zico emergió en el área como un espectro y, con un cabezazo feroz que el arquero Max Crocombe rozó sin poder desviar, restauró la paridad. Ese tanto fue el aldabonazo que despertó a la bestia dormida. De repente, el control del balón, la presión alta y la circulación veloz se convirtieron en los nuevos dueños del partido.
Y entonces, cuando el cronómetro marcaba el minuto sesenta y siete, apareció la figura que trasciende cualquier estadística. Mohamed Salah, el astro que carga con el peso de una nación, rompió un ayuno de ocho años en Mundiales —su último grito había sido en Rusia 2018— para poner el 2-1 con un remate que fue tanto de oportunista como de genio. El gol no solo fue un latigazo en el marcador, sino un golpe anímico que quebró la resistencia neozelandesa. A partir de ese instante, los All Whites se desmoronaron como un castillo de naipes: errores defensivos, falta de reacción y una impotencia manifiesta en todas las líneas que contrastaban con la solidez mostrada en la primera mitad. El colofón llegó a los ochenta y tres minutos, cuando Trezeguet, con la frialdad de un ejecutor, sentenció la contienda con el tercer tanto, un disparo que cerró la herida y dejó a los oceánicos sin argumentos para un intento de epílogo heroico.
Esta victoria, forjada con carácter y oficio, otorga a Egipto el liderato indiscutible del Grupo G con cuatro unidades, seguido muy de cerca por Bélgica e Irán, ambos con dos puntos, mientras que los neozelandeses vegetan en el fondo con una sola unidad. El panorama, de esta manera, se despeja con claridad meridiana de cara a la jornada definitiva, cuando se definirán los dos boletos a los dieciseisavos de final. Los Faraones ya no dependen de terceros; tienen su destino en sus propias piernas, y la inercia de esta remontada les otorga un crédito de confianza que pocos equipos pueden presumir. La historia está a sus pies, y en Vancouver, por una noche, el sueño de trascender la fase inicial dejó de ser una quimera para convertirse en una realidad al alcance de la mano.
