En el templo techado de Dallas, la albiceleste doblegó a un combativo conjunto europeo con una actuación mayúscula de su máximo estandarte, quien, tras errar un penal y fallar ocasiones claras, redimió su noche con dos conquistas que lo catapultan como el máximo artillero histórico de los Mundiales, dejando atrás a leyendas como Klose o Ronaldo. Más allá de los números, el combinado nacional exhibió la solidez de un bloque que, en los momentos de mayor adversidad, encontró en el juego colectivo la herramienta para sortear las turbulencias y demostrar que el camino hacia la gloria se transita en grupo, tal como lo pregona el propio astro en su mensaje post partido.
En una era donde el individualismo se erige como discurso predominante, y en un país que suele ser visto como el epicentro del «sálvese quien pueda», el fútbol volvió a brindar una lección de hermandad y esfuerzo compartido. Apareció el equipo, apareció la Selección, y lo hizo justo en el instante en que Lionel Messi, el mejor jugador del planeta, más requería del respaldo de sus compañeros. Aquella máxima que asegura que la salida a los infiernos deportivos es colectiva encontró su máxima expresión en el cotejo que Argentina sostuvo ante Austria, donde un contundente 2 a 0 no solo le otorgó la clasificación a los dieciseisavos de final del certamen ecuménico, sino que, además, inscribió en los anales de la historia una nueva página magistral del crack rosarino, quien, a dos días de soplar las velas de su 39º primavera, desafía una vez más los designios del calendario y la lógica del rendimiento físico.
La antesala del compromiso ya había dejado entrever el talante del cuerpo técnico. «Que sea feliz. Haceme caso», manifestó Lionel Scaloni en la rueda de prensa previa, respondiendo acerca de su anhelo para el cumpleaños de su capitán. Y el plantel, fiel a su entrenador, hizo caso omiso a las dudas y se abocó a la tarea de brindarle al diez un escenario propicio para el lucimiento. Sin embargo, el destino parecía haber dispuesto un guion teñido de dramatismo para la estrella argentina, quien experimentó un comienzo de partido tan vertiginoso como adverso. Como si los dioses del balompié le reclamaran una factura por la osadía desplegada en el encuentro previo frente a Argelia, el capitán sumó en poco más de treinta minutos de juego dos yerros que helaron la sangre de los 70 mil espectadores congregados en el imponente estadio cubierto de Dallas: un penal malogrado de manera execrable y un par de ocasiones mano a mano ante el portero rival que se esfumaron en el limbo de la oportunidad perdida.
Esos instantes posteriores a la pena máxima, señalada por una falta cometida sobre Lautaro Martínez en el interior del área que tuvo su origen en una vistosa combinación ofensiva iniciada por la audacia de Molina desde su propio terreno, se tornaron particularmente angustiosos. La incertidumbre se apoderó no solo del vestuario albiceleste, sino también de las graderías, que, a diferencia del potentísimo sistema de climatización que refrigeraba el recinto de Dallas, se mostraron notablemente apagadas. Durante un lapso de aproximadamente diez minutos, el silencio argentino fue roto únicamente por el insistente cántico de los cuatro o cinco millares de seguidores austríacos, ataviados con su característica camiseta roja, quienes hicieron valer su presencia en un estadio que, en su mayoría, vestía los colores celeste y blanco.
Pero en el fútbol, como en la vida, las adversidades suelen ser el catalizador de las grandes reacciones. Y el combinado nacional, ya sea por una cuestión de carácter, ya sea por el bendito respiro que brindó la pausa para la hidratación, logró reordenar sus piezas en el tablero. El mediocampo, ese engranaje vital que había sido desbordado en los compases iniciales, recuperó el dominio de la esférica, como si hubiera logrado adaptarse a la presión psicológica que imponían las cuatro pantallas gigantes suspendidas sobre sus cabezas. Así, comenzaron a sucederse tramos de toqueteo exquisito, donde la figura de Alexis Mac Allister se erigió como el faro que guiaba el tránsito del balón, hilvanando pases con una precisión milimétrica. Fue cuestión de paciencia y de confianza para que el merecido tanto hiciera acto de presencia, una conquista que nació de un quite monumental del «Colorado» en campo contrario, fue pergeñada por la magia de Thiago Almada, cuyo talento se manifestó en una jugada deliciosa, y culminó con la asistencia de Facundo Medina, quien, con una claridad meridiana, puso el balón en los pies del capitán.
Quién habría de presagiar que el acierto más reciente de Scaloni en la planificación del plantel quedaría grabado en la historia de las Copas del Mundo como el tanto que permitiría a Messi superar a Miroslav Klose en la cima de los artilleros máximos del torneo. El autor material de la conquista, si bien fue el propio Messi, contó con el intelecto de Thiago Almada para orquestar la jugada; sin embargo, el mérito final recayó en la frialdad del número diez para batir al guardameta. Ese gol, que elevó su cuenta personal a diecisiete anotaciones en veintiocho presentaciones mundialistas, dejó en el camino a gigantes de la talla del alemán Klose (16), el brasileño Ronaldo (15) o el propio Edson Arantes do Nascimento, «Pelé» (12). Y apenas un rato más tarde, en el epílogo del encuentro, el rosarino ampliaría la cifra a dieciocho, consolidando un récord que, antes del inicio del campeonato, parecía destinado a ser batido por la joven promesa francesa Kylian Mbappé. Pero el dueño de la marca, al menos por ahora, porta la camiseta albiceleste y responde al nombre de Lionel Andrés Messi, un animal competitivo cuya vigencia parece desafiar las leyes del tiempo.
El triunfo, sin embargo, no solo sirvió para engrosar la estadística individual del astro, sino que permitió a la escuadra nacional dejar atrás una prueba de fuego que exigía el máximo de sus capacidades. Más allá de lo que generó un adversario que, a decir verdad, se mostró inofensivo en ataque, con la excepción de un magnífico tiro libre que exigió una estirada de lujo del «Dibu» Martínez, el desafío planteado por Austria fue de otra naturaleza. No se trataba de un rival que deslumbrara con su toque, sino de un conjunto que apostó al juego físico, a la pierna fuerte y a la presión incesante, haciendo honor a su imagen de «malvados» con esa equipación negra y lúgubre que portaban en el pecho. La selección, lejos de amilanarse, aprobó con nota sobresaliente este examen, demostrando el rodaje grupal que la condujo a la cima del mundo y la entereza necesaria para cuando el oponente pretende copar la parada con guapeza.
En este capítulo de corrección y temple, el segundo tanto de Messi adquirió un significado casi poético. Fue un contraataque letal, una definición desde el piso, a la vieja usanza de Mario Kempes en el ’78, ejecutada justo en el minuto 40 del complemento, una fecha que además coincidía con el aniversario de los inolvidables goles de Diego Armando Maradona ante los ingleses. Y si eso fuera poco, el tanto llegó a los 95 minutos, como una sentencia para los incansables corredores austríacos, una demostración de que en esto del fútbol, la inteligencia y la pausa siempre terminan venciendo a la fuerza bruta. Fue un partido completo para el diez, quien probablemente se haya ganado el derecho al descanso en el próximo duelo ante Jordania, nuevamente en Dallas, con la mente puesta en lo que se avecina: un cruce de eliminación directa en Miami, su «casa», donde el fútbol volverá a escribir sus páginas más vibrantes.
Al término del cotejo, con el rostro aún bañado en el sudor del esfuerzo pero iluminado por una sonrisa de satisfacción, Messi compartió sus sensaciones ante los micrófonos. «Hubo instantes en los que la bronca me invadió por haber desperdiciado el penal, pero afortunadamente pude enmendarlo. Me colma de alegría el triunfo, especialmente porque fue trabajado y sufrido, y nos brinda la tranquilidad necesaria para lo que se viene. Todo este colectivo vive esta experiencia con una felicidad inmensa; cuando nos reunimos, disfrutamos de la compañía, de la competencia, de los entrenamientos, de la cotidianidad y de ver a la gente tan entregada. Ya hemos regalado varias alegrías a nuestro pueblo, pero aún aspiramos a dar más», sentenció el capitán. Palabras de un crack épico, de un hombre que ha transcendido la mera condición de futbolista para convertirse en un símbolo histórico, en un ser humano que, en el ocaso de su carrera, sigue encontrando en el juego colectivo la mayor de las felicidades.
