El Banco Central habilita préstamos en moneda extranjera para firmas sin ingresos genuinos en divisas, siempre que presenten garantías de exportadores. Si bien los especialistas descartan un boom inmediato del financiamiento, la medida reabre el debate sobre la fragilidad del sistema ante futuras devaluaciones y la delicada ingeniería monetaria para sostener la deuda del Tesoro.
En un movimiento que sacude los cimientos de la regulación financiera instaurada tras la debacle del 2001, el Banco Central dio luz verde a una normativa que permite a las entidades bancarias otorgar financiamiento en dólares a aquellas compañías que no generan divisas de manera orgánica. Esta decisión, aprobada el pasado jueves, profundiza el desmantelamiento de los candados preventivos que durante más de dos décadas resguardaron al sistema bancario de los vaivenes cambiarios. No obstante, lejos de generar un aluvión de préstamos, la iniciativa ha encendido las alarmas entre los especialistas, quienes visualizan en esta apertura un riesgo latente que podría reeditar viejos fantasmas financieros, aunque su impacto inmediato en el volumen de crédito parezca acotado.
El núcleo de la controversia reside en la flexibilización del célebre Decreto 905, una normativa concebida en las cenizas de la Convertibilidad para evitar los denominados «descalces» entre activos y pasivos en distintas monedas, una de las principales causas que magnificaron las crisis financieras en la historia argentina. Bajo la nueva reglamentación, las empresas que carecen de ingresos en moneda estadounidense podrán acceder a préstamos en esa divisa, siempre que presenten un aval otorgado por una firma exportadora con la solvencia suficiente para respaldar la operación. Este puente financiero, que busca oxigenar el crédito privado en un contexto de liquidez estancada, es percibido por el oficialismo como una herramienta para dinamizar la economía, pero para un amplio espectro de economistas representa una apuesta peligrosa en un país con una crónica propensión a las devaluaciones.
El regreso del riesgo cambiario y la mirada crítica de los exfuncionarios
El ex presidente del Banco Central, Alejandro Vanoli, no escatimó en críticas al señalar que la disposición debilita un pilar macroprudencial que ha sido clave para preservar la solvencia del sistema financiero argentino durante más de veinte años. En diálogo con este medio, Vanoli enfatizó que el marco regulatorio heredado de la crisis del 2001 permitió sortear episodios de extrema volatilidad, desde la crisis subprime internacional de 2008 hasta las recurrentes corridas cambiarias de la última década, sin que la estabilidad bancaria se viera seriamente comprometida. Aunque reconoció que el alcance de esta modificación resulta, por ahora, limitado, advirtió que sienta un precedente jurídico y político que allana el camino para futuras desregulaciones más profundas. “En un entorno de alta dolarización y con una memoria histórica de colapsos cambiarios, desmontar estas defensas implica asumir contingencias de envergadura que podrían tornarse inmanejables en un escenario adverso”, sentenció el economista.
El peligro subyacente, tal como lo describen los analistas, es gráfico: ante una eventual y abrupta devaluación, el peso de las obligaciones contraídas en dólares se dispararía para aquellas empresas cuyos flujos de fondos permanecen nominados en pesos, reproduciendo el fenómeno de los descalces monetarios que motivó la creación de estas restricciones hace más de dos décadas. Este escenario, que en la teoría económica se conoce como «riesgo de solvencia inducido por el tipo de cambio», podría gatillar una ola de incumplimientos que, aunque en una primera etapa estarían cubiertos por las garantías de los exportadores, eventualmente podrían tensionar el equilibrio patrimonial de las entidades financieras.
Un impacto acotado en la reactivación crediticia
Desde la vereda oficial, el argumento central para impulsar esta medida radica en la necesidad de remover obstáculos regulatorios que, según su diagnóstico, están sofocando la demanda de financiamiento en moneda extranjera. El stock de préstamos sobre depósitos privados en dólares se encuentra en niveles considerablemente inferiores a los picos registrados en 2018, lo que sugiere un amplio margen para la expansión del crédito. Sin embargo, la economista jefe de la consultora Equilibra, Lorena Giorgio, matizó esta percepción al señalar que el verdadero freno no reside tanto en las normas como en las expectativas macroeconómicas. “La dificultad esencial es que, a medida que nos aproximamos al ciclo electoral, la tensión cambiaria tiende a intensificarse, elevando las expectativas de devaluación y desalentando, por ende, la toma de préstamos en dólares”, explicó la especialista.
Giorgio añadió que el efecto de esta flexibilización sobre el volumen total de endeudamiento será marginal, en gran medida porque el universo de empresas capaces de sortear el filtro de las garantías se reduce, en su mayoría, a filiales de grupos corporativos que ya poseen estructuras financieras integradas. En esa lógica, las operaciones de crédito que eventualmente se concreten tenderán a canalizarse dentro del mismo conglomerado económico, lo que dificulta imaginar una inyección significativa de liquidez al resto del tejido productivo. Esta percepción se ve reforzada por el antecedente de una flexibilización anterior, implementada a comienzos de 2025, que permitió a los bancos utilizar fondos propios obtenidos mediante colocaciones de deuda para otorgar préstamos en moneda extranjera, y cuyo impacto en la expansión del crédito fue, cuanto menos, decepcionante.
La ingeniería financiera detrás de la liquidez y la deuda del Tesoro
Más allá de la retórica del fomento productivo, el economista del Centro Cultural de la Cooperación, Estanislao Malic, advirtió que la medida esconde una lógica financiera de mayor calado vinculada a la estrategia de financiamiento del Tesoro. Según su análisis, la operatoria permitiría que las empresas que tomen créditos en dólares puedan vender esas divisas en el mercado cambiario, siendo el Banco Central el principal comprador a cambio de pesos. Este mecanismo, lejos de ser inocuo, resulta indispensable para asegurar el roll over de la deuda pública en moneda local, ya que inyecta una mayor cantidad de pesos en la economía que buscan refugio en activos financieros. “Es una forma de monetizar la economía sin emitir directamente, pero que coloca al Estado como garante implícito de un circuito que podría derivar en mayor dolarización de carteras o incluso en fuga de capitales si no se gestiona con extremo cuidado”, subrayó Malic.
El especialista remarcó que, en principio, la operación no modifica el nivel de reservas internacionales, puesto que los dólares prestados ya se encontraban depositados y encajados en el Banco Central. No obstante, el riesgo sistémico aparece si la autoridad monetaria no logra absorber esas divisas y las empresas optan por transferirlas al exterior o mantenerlas fuera del circuito bancario. En tal caso, se produciría una salida de divisas del sistema sin que el stock de depósitos se altere, alimentando potenciales procesos de fuga o dolarización especulativa en lugar de financiar inversiones productivas que generen valor agregado y empleo.
Dólares para el mercado, pero no para las reservas
Por su parte, el economista jefe de la consultora Vectorial, Haroldo Montagú, interpretó la resolución como un nuevo episodio en la búsqueda gubernamental por ampliar la oferta de divisas en el mercado cambiario sin recurrir a la generación genuina de dólares a través de exportaciones o inversiones extranjeras directas. Montagú puso el foco en el contexto de creciente morosidad bancaria observado entre fines de 2025 y comienzos de 2026, un fenómeno que ha llevado a las entidades a extremar los recaudos en sus políticas de desembolsos. En ese marco, la flexibilización persigue simplemente ensanchar el espectro de firmas elegibles para facilitar la colocación de préstamos en moneda dura. “Los bancos prestan con mayor prudencia en la actual coyuntura, y esta herramienta les otorga un mecanismo adicional para canalizar fondos, pero no resuelve el problema de fondo: la ausencia de un flujo neto de divisas que fortalezca las reservas del Banco Central”, concluyó.
En definitiva, la decisión adoptada por la autoridad monetaria configura un tablero de opciones complejo. Si bien representa una bocanada de oxígeno para el crédito y un alivio temporario para las presiones sobre el tipo de cambio, la historia económica argentina está plagada de ejemplos donde la flexibilización de los resguardos cambiarios terminó pagándose cara. La pregunta que sobrevuela el ambiente financiero es si el precio de esta apuesta por la liquidez inmediata no terminará siendo, una vez más, la estabilidad de un sistema que ya ha mostrado sus fisuras ante la menor turbulencia externa o interna. La prudencia de los bancos y la capacidad de las empresas para gestionar el riesgo cambiario serán, en última instancia, los verdaderos termómetros de una medida que, por ahora, levanta más interrogantes que certezas.
