Un único triunfo, seguido de dos reveses consecutivos, bastaron para sepultar las aspiraciones de los surcoreanos en Norteamérica 2026. La temprana eliminación desató una tormenta de críticas que alcanzó al presidente del país y precipitó la renuncia del seleccionador, quien no logró enderezar el rumbo de un equipo que tampoco superó la primera ronda bajo su mando en Brasil 2014.
La ilusión que envolvía a la expedición surcoreana se quebró mucho antes de lo previsto. Con apenas una victoria en su haber y dos caídas estériles, el combinado asiático se despidió del torneo orbital sin siquiera rozar la posibilidad de acceder a la plaza reservada para uno de los mejores terceros. La pobre cosecha obtenida en el grupo no solo generó un ambiente de consternación entre la afición, sino que además selló el destino del estratega al frente del conjunto nacional. Hong Myung-bo, otrora capitán emblemático y referente histórico del fútbol de su país, optó por apartarse del cargo este mismo domingo, después de que su segundo intento como timonel en una cita máxima volviera a concluir con un saldo adverso en la ronda inicial, reproduciendo el mismo desenlace que ya había vivido en Brasil 2014.
El periplo de Corea del Sur en el certamen mundialista arrancó con un destello de optimismo gracias al ajustado triunfo ante la República Checa, un 2-1 que alimentó la esperanza de repetir actuaciones memorables. No obstante, ese fugaz espejismo se esfumó con la misma rapidez con que llegó, pues las subsiguientes presentaciones ante México y Sudáfrica se saldaron con sendos reveses por la mínima diferencia, ambos con idéntico marcador de 0-1. Esos dos mazazos consecutivos no solo frustraron cualquier opción de avanzar a la siguiente instancia, sino que removieron los cimientos del proyecto deportivo y despertaron una oleada de reproches que trascendió el ámbito estrictamente balompédico. El propio mandatario del país, Lee Jae Myung, alzó su voz para manifestar su descontento y, en un gesto inusitado, extendió una disculpa pública a la nación, al tiempo que arremetía veladamente contra la conducción técnica al hacer alusión a la presencia de «personas sin capacidad» en los puestos de liderazgo del combinado patrio.
La decepción instalada en la sociedad surcoreana alcanzó magnitudes tales que el primer mandatario decidió emitir un comunicado de tono reflexivo y crítico, en el que no ocultó su sorpresa ni su perplejidad ante lo que calificó como un resultado inesperado. Lee Jae Myung, quien además recordó su vínculo sentimental con el deporte rey al mencionar su rol como expresidente honorario de un club profesional y su pertenencia al corazón de la afición conocida como los Red Devils, aprovechó la ocasión para cuestionar con dureza los criterios de selección y administración dentro de la federación. En sus palabras, quedó en evidencia que las designaciones de personal constituyen un factor determinante, y cuando la camaradería y el faccionalismo priman por encima de la idoneidad, el fracaso se vuelve una consecuencia casi ineludible. Su mensaje, cargado de un tono autocrítico, prometió además una intervención ágil para reformar la estructura deportiva y evitar que episodios semejantes vuelvan a repetirse en el futuro.
Para Hong Myung-bo, esta era su segunda oportunidad al frente de la escuadra nacional, y nuevamente el desenlace resultó adverso. Pese a que Corea del Sur cuenta con una trayectoria habitual en las fases finales del Mundial, acumulando once presencias consecutivas en la cita ecuménica, en esta ocasión el desempeño distó mucho de aquel techo histórico alcanzado en 2002, cuando el país ejerció de anfitrión junto a Japón y logró una gesta que lo llevó hasta las semifinales. Aquella gesta, sin embargo, parece hoy un recuerdo lejano ante la fragilidad mostrada por el conjunto en Norteamérica. El propio entrenador, al despedirse de los periodistas en tierras mexicanas, quiso dejar claro que su renuncia no implicaba un alejamiento definitivo del balompié coreano, sino más bien un cambio de rol desde el cual continuará respaldando al equipo con la misma pasión de siempre, con la esperanza puesta en que la selección recupere la confianza y el cariño de su pueblo. No obstante, su figura ya arrastraba una profunda impopularidad entre los seguidores y la prensa especializada mucho antes de que se consumara el desastre en Estados Unidos, México y Canadá.
Una de las decisiones más controvertidas que marcaron el rumbo del equipo y encendieron la mecha de las críticas fue la exclusión del capitán y referente absoluto, Son Heung-min, en el once titular para el decisivo compromiso ante Sudáfrica, un duelo en el que bastaba un empate para mantener vivas las esperanzas. Esa apuesta táctica, sin embargo, resultó contraproducente y terminó por sepultar cualquier opción de clasificación. Son, que en las próximas semanas alcanzará los 34 años, disputó su última contienda en un Mundial y ya había dejado entrever la posibilidad de poner fin a su trayectoria con la camiseta nacional, cerrando así un ciclo plagado de éxitos individuales pero que no pudo coronarse con una actuación colectiva memorable en su ocaso.
La paradoja que envuelve a Hong Myung-bo es ineludible: siendo considerado uno de los futbolistas más excelsos que ha dado Asia, con el honor de haber participado en cuatro ediciones del Mundial, desde Italia 1990 hasta aquel histórico 2002 compartido, y atesorando incluso un Balón de Bronce en la justa del 2002, su legado como entrenador dista enormemente del brillo que supo tener como jugador. Su paso por el banquillo en Brasil 2014 ya había dejado un sabor amargo, con un empate ante Rusia y derrotas ante Argelia y Bélgica que ratificaron su incapacidad para sacar rendimiento a una generación que, si bien no era la más brillante, al menos albergaba expectativas razonables. La historia, lamentablemente para él y para el fútbol surcoreano, se repitió con idéntico guión en esta edición, y ahora el desafío inmediato consiste en recomponer el rumbo de un programa deportivo que ha quedado sumido en una profunda crisis de identidad y credibilidad.
