Francia rompió el muro paraguayo con un penal y avanzó a cuartos tras un duelo cargado de tensión

Francia rompió el muro paraguayo con un penal y avanzó a cuartos tras un duelo cargado de tensión

El seleccionado europeo encontró la diferencia recién en el complemento gracias a un penal convertido por Kylian Mbappé, luego de un partido en el que Paraguay apostó todo a su fortaleza defensiva. El conjunto dirigido por Gustavo Alfaro se despidió del Mundial con una actuación combativa que complicó durante largos pasajes a uno de los grandes candidatos al título.

Paraguay dejó el Mundial fiel a la identidad que construyó a lo largo de toda la competencia. Con un planteo defensivo extremo, orden táctico y una entrega innegociable, el equipo dirigido por Gustavo Alfaro estuvo muy cerca de forzar la definición por penales frente a Francia, pero un error en el momento menos indicado terminó inclinando la balanza a favor del vigente subcampeón del mundo. El triunfo por 1 a 0 le permitió al conjunto europeo sellar su clasificación a los cuartos de final, instancia en la que se medirá con Marruecos en Boston.

Durante gran parte del encuentro, el seleccionado francés se mostró incómodo, sin la claridad ofensiva que había exhibido en sus presentaciones anteriores. Acostumbrado a imponerse desde el talento de sus figuras y la potencia de su ataque, el equipo de Didier Deschamps chocó una y otra vez contra un rival que cerró todos los caminos hacia su arco. Paraguay volvió a demostrar que su principal fortaleza radica en la disciplina táctica, la concentración y la capacidad para reducir al mínimo los espacios.

El desarrollo favorecía claramente el plan paraguayo. Francia monopolizaba la posesión de la pelota, adelantaba sus líneas y acumulaba hombres en campo rival, aunque sin encontrar la profundidad necesaria para quebrar la férrea resistencia sudamericana. La ansiedad comenzó a ganar terreno en los europeos, que veían cómo el reloj avanzaba mientras sus principales figuras quedaban atrapadas en la red defensiva diseñada por Alfaro.

Ni Ousmane Dembélé, constantemente controlado por Junior Alonso, ni Bradley Barcola, neutralizado por Julio Cáceres, lograban desequilibrar por las bandas. Michael Olise, uno de los futbolistas más destacados del certamen por su capacidad para asistir a sus compañeros, tampoco encontraba espacios para desplegar su creatividad. Incluso Kylian Mbappé, máximo referente ofensivo de Francia, atravesaba una de sus actuaciones más discretas, absorbido por la intensa marca paraguaya y envuelto en permanentes discusiones con sus rivales.

La historia cambió cuando transcurrían 23 minutos del segundo tiempo. Didier Deschamps había recurrido al banco de suplentes en busca de soluciones ofensivas y el ingreso de Désiré Doué terminó siendo determinante. El delantero encaró cerca del área y fue derribado por Diego Gómez, quien cometió una infracción innecesaria cuando la jugada no representaba un peligro inmediato para el arquero Orlando Gill. Tras la revisión del VAR, el árbitro uzbeko no dudó en señalar el punto del penal.

Antes de la ejecución se produjo una escena que reflejó el clima caliente del encuentro. El defensor Gustavo Velázquez dañó deliberadamente el punto penal con la intención de dificultar el remate, una práctica cada vez más frecuente en el fútbol sudamericano. Mientras Dembélé observaba la situación con una sonrisa de incredulidad, Mbappé mantuvo la calma y definió con precisión, engañando completamente a Gill para establecer el único gol de la noche.

El tanto prácticamente sentenció el encuentro. Paraguay había realizado un enorme desgaste físico para sostener su esquema y ya no contaba con la energía suficiente para modificar el desarrollo. Además, sufrió las salidas por lesiones musculares de Julio Enciso, Omar Alderete y Miguel Almirón, tres piezas fundamentales dentro del funcionamiento del equipo. Sin sus principales referentes y obligado a adelantar sus líneas, el conjunto guaraní perdió consistencia y nunca encontró la forma de generar verdadero peligro sobre el arco francés.

El partido, sin embargo, mantuvo un alto nivel de tensión hasta el pitazo final. Paraguay procesó con bronca la eliminación y multiplicó las discusiones dentro del campo de juego, aunque llamativamente terminó el encuentro sin recibir tarjetas amarillas, pese a protagonizar numerosos cruces verbales y constantes provocaciones. Esa intensidad quedó reflejada también en las declaraciones posteriores de Mbappé, quien resumió el desarrollo del compromiso con una frase contundente: “Sabíamos qué tipo de partido nos esperaba. Si tenemos que meter las manos en la mierda, podemos hacerlo. Podemos jugar un fútbol feo. Pensaban que íbamos a aparecer en esmoquin, pero allí estuvimos”.

La propuesta paraguaya volvió a evidenciar una planificación meticulosa. Alfaro apostó por una línea de cinco defensores, cuatro mediocampistas y prescindió desde el inicio de un centrodelantero tradicional. Julio Enciso fue el futbolista ubicado más cerca del área rival, con libertad para intentar aprovechar algún contragolpe o una recuperación rápida. El objetivo nunca fue discutir la posesión del balón, sino impedir que Francia pudiera explotar el enorme potencial de un ataque que llegaba al encuentro después de haber convertido 13 goles en sus cuatro presentaciones anteriores.

El planteo dio resultados durante buena parte del partido. Francia manejó la pelota, adelantó incluso a sus defensores centrales para instalarse en campo rival, pero acumuló futbolistas sin conseguir generar superioridad. La ausencia de Aurélien Tchouaméni, preservado por una molestia muscular, también redujo la capacidad del mediocampo francés para distribuir el juego con claridad. Manu Koné aportó despliegue y dinámica, aunque el equipo perdió precisión en la elaboración y terminó abusando de remates desde media distancia.

En ese contexto volvió a sobresalir Orlando Gill. El arquero respondió con solvencia cada vez que fue exigido y confirmó el crecimiento que experimentó durante el torneo. Su actuación no solo sostuvo con vida a Paraguay durante largos pasajes, sino que además incrementó su valor deportivo y económico de cara a su regreso a San Lorenzo.

El conjunto europeo terminó resolviendo un compromiso mucho más complejo de lo esperado. Sin brillo, con escasas sociedades ofensivas y por momentos dominado por la frustración, encontró la clasificación gracias a una acción aislada. Paraguay, en cambio, cerró su participación mundialista manteniendo intacta la identidad que lo llevó hasta esta instancia: sacrificio, disciplina y una enorme capacidad para competir frente a rivales de mayor jerarquía, aunque esta vez esa resistencia no alcanzó para seguir escribiendo otra página histórica.

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