Mientras el Viejo Continente ya saborea un duelo franco-español y aguarda un tercer invitado que podría completar un poker de poder absoluto, la Albiceleste se para esta noche en el filo de la historia en Kansas City. No solo busca la cuarta estrella, sino que pretende perforar el cerco europeo y recordar al orbe que el campeón defiende su cetro con la pasión de quien ha cruzado ríos más profundos que el Rubicón.
El mapa del poder en el fútbol global ha comenzado a replegarse sobre sus viejas coordenadas. Mientras en un costado del tablero ya están confirmados los primeros dos semifinalistas—Francia y España, dos potencias históricas que medirán sus fuerzas en un choque de favoritismos—, en la otra mitad de la llave la expectativa se centra en el desenlace del cruce entre Noruega e Inglaterra. Quien resulte vencedor de aquel duelo se convertirá en el tercer representante de la UEFA en la instancia decisiva. La posibilidad es más que concreta: el fútbol europeo, con su maquinaria de hierro y su táctica milimétrica, podría copar tres de los cuatro sitiales que otorgan el derecho a pelear por el cetro mundial. No obstante, la noche de este sábado, o quizás la madrugada del domingo si la Scaloneta decide hacer padecer la angustia a sus seguidores, alberga un relato alternativo. Si Suiza, ese conjunto áspero y ordenado, llega a propinar el batacazo ante la Argentina en el Arrowhead Stadium, entonces el Viejo Continente se aseguraría un dominio absoluto, una hegemonía total en la definición del Mundial 2026, transformando la copa del mundo en una suerte de Eurocampa expandida.
La estadística, fría e implacable, no hace más que alimentar esa percepción de un poderío que parece cíclico. La UEFA, fundada en 1954—casi cuatro décadas después de la Conmebol—no tardó en tejer su leyenda en la Copa del Mundo. Apenas seis años después de su nacimiento, ya disputaba su primera Eurocopa, y su injerencia en el torneo máximo ha sido una constante. Basta con recordar aquella edición de Italia 1934, donde el local se codeó en semifinales con Austria, Alemania y Checoslovaquia; o el emblemático Inglaterra 1966, que tuvo a los Tres Leones escoltados por la Alemania Federal, la Portugal de Eusébio y la poderosa Unión Soviética. El póker de lujo se repitió en España 1982 con Italia, Alemania Federal, Francia y Polonia; y más recientemente, en Alemania 2006, el cuarteto lo conformaron los germanos, la Azzurra, los galos y los lusos. El último antecedente es aún más fresco: en Rusia 2018, el top cuatro estuvo integrado íntegramente por combinados europeos: Francia, Croacia, Bélgica e Inglaterra. Aquel fantasma del monopolio vuelve a planear, y solo la Argentina, con su estirpe de campeón, puede disiparlo.
Respeto, señores, porque juega el campeón. Esta noche, a partir de las 22, el combinado albiceleste se enfrentará a Suiza con la misión de atravesar los cuartos de final y mantener vivo el sueño de la cuarta estrella. No es un juego de palabras menor, sino una síntesis de una década de gloria. Este ciclo, que este viernes cumplió cinco años de su primera vuelta olímpica, ha logrado hacer borrón y cuenta nueva de tres décadas de desventuras, de finales perdidas y de un pasado en el que la Selección no siempre estuvo a la altura de su propia historia. En el hotel Origin de Kansas City, la intimidad del grupo se mantiene a resguardo de los ruidos externos. Mientras algunos sectores del mundo intentan desprestigiar a este equipo de elite sembrando la sospecha de favores arbitrales, en el búnker celeste y blanco no se desvían un ápice de su objetivo. Es más, esos rumores y opiniones carentes de fundamento se convierten en un combustible extra, una motivación adicional para un plantel que, de por sí, ya encuentra en la gloria pasada su mayor acicate.
Es cierto que la Selección acumula detractores en las redes sociales, una suerte de haters que encuentran en el éxito ajeno un motivo para la crítica. Sin embargo, el respeto que concita en el ambiente futbolístico permanece incólume, salvo por algunas excepciones puntuales—como los reclamos del técnico y los jugadores de Egipto, que parecen más un arrebato emocional que un diagnóstico certero. La realidad es que mientras algunos buscan pormenores para desacreditar, otros se quitan el sombrero ante el juego argentino. El propio Murat Yakin, entrenador de Suiza, ofreció una lección de fair play en la conferencia de prensa previa. “En general, se disputan encuentros justos. La tecnología y el VAR permiten controlarlo todo—señaló el estratega helvético. Argentina ostenta un estilo de juego duro, y demuestra su astucia en cada contienda. Juegan con un fervor arrollador y si no te les plantás con firmeza, es muy difícil superarlos. No creo que haya ocurrido nada malo o negativo. Las discusiones no se resuelven con palabras posteriores; la oportunidad está en los noventa minutos del campo de juego. Insultar después es irrelevante”.
El historial de la Argentina en los cuartos de final es un expediente de dolor y épica. En los últimos veintiocho años, la Selección mordió el polvo en esta instancia en tres ocasiones: en 1998 ante Países Bajos bajo la conducción de Passarella, y frente a Alemania en 2006 (con Pekerman) y 2010 (con Maradona). Alejandro Sabella, en la antesala del cruce con Bélgica en el Mundial de 2014, utilizó una metáfora histórica que quedó grabada en la memoria. “Ojalá podamos atravesar el Rubicón”, expresó el Pachorra, aludiendo a aquella acción determinante de la Antigua Roma que simboliza un paso sin retorno. Esa misma travesía es la que intentará realizar la Scaloneta en tierras norteamericanas. Para ello, el cuerpo técnico deberá ajustar algunas tuercas en el engranaje futbolístico, porque este compromiso ante la sorprendente Suiza no debe convertirse en un calvario para el corazón de los aficionados. En los encuentros anteriores, frente a Cabo Verde y Egipto, el equipo sacó adelante las series gracias al peso específico de sus figuras, a la resiliencia de un grupo que nunca se rinde y a la fe inquebrantable en sus posibilidades.
Ahora es el momento de hallar el equilibrio. El entrenador confía en la base que jugó los octavos, porque son los futbolistas que mejor interpretan su idea. En las charlas íntimas, se ha hecho hincapié en ajustar los retrocesos y en ser más compactos para no sufrir en las transiciones posteriores a la pérdida del balón. Suiza, aunque carece de la calidad individual de Egipto, se presenta como un bloque más sólido y ordenado, una característica que se acentúa ante la ausencia de su figura, Johan Manzambi, quien no estará por lesión. Se prevé un partido de alto voltaje en el Arrowhead Stadium, el mismo escenario donde la Selección inauguró su andar en este Mundial con un contundente 3-0 ante Argelia, con un triplete de Leo Messi. La Albiceleste será local, como lo ha sido en cada estadio que ha pisado. Kansas City ya se ha teñido de celeste y blanco, y el mejor reflejo de ese fervor fue el banderazo en el Mill Creek Park, donde la marea humana se congregó para hacer el aguante. Ese apoyo se trasladará a las tribunas de un recinto con capacidad para 69.045 almas, donde más del ochenta por ciento de los asistentes lucirá con orgullo la camiseta del diez. Porque Messi es el estandarte, y sus compañeros quieren ser el sostén de su leyenda, para que el capitán continúe escribiendo páginas gloriosas en el libro inmortal del fútbol.
Ahí va la Selección. Con los valores claros, con el eco del Maracaná, de Wembley, de Lusail, de Miami retumbando en sus oídos. Y con el sueño intacto, dispuesta a recordarle al mundo que el trono aún tiene dueño.
