En un vibrante encuentro disputado en el coliseo angelino, la escuadra ibérica doblegó por 2 a 1 al combinado belga con un gol de oro en los instantes finales. El conjunto de Luis de la Fuente se medirá ahora ante la temible Francia, en una reedición de la vieja rivalidad europea por un lugar en la gran final.
En una noche que quedará grabada en la memoria de la afición futbolística, el césped del imponente estadio de Los Ángeles fue testigo de un duelo de altísima intensidad donde la resiliencia y el instante de lucidez individual terminaron inclinando la balanza. La representación española, con su característico sello de toque y posesión, consiguió doblegar por un ajustado 2 a 1 a una obstinada Bélgica, convirtiéndose así en la segunda escuadra en perforar el muro de los cuartos de final y asegurar su billete para la antesala de la definición del máximo torneo planetario. El próximo escollo en esta apasionante travesía hacia la gloria será, nada menos, que el vigente subcampeón del mundo: el poderoso combinado galo de Francia.
El arranque del primer choque europeo de esta instancia eliminatoria mostró a dos contendientes que se estudiaron con la meticulosidad de un duelo de ajedrez, reflejando esquemas tácticos casi especulares. La presencia de Kevin De Bruyne, recuperando su estelaridad tras ausencias, se erigía como el faro y timón del ataque belga. A su alrededor, el bullicioso y desequilibrante Doku se movía cual esquirla entre las líneas rivales, alternando su ubicación en ambos flancos para desconcertar a las marcas, mientras que la temible zancada y olfato de gol de Charles de Ketelaere mantenía en vilo a la retaguardia adversaria.
Del otro lado del tablero, el entramado español funcionaba con la brújula impecable de Rodri en la zona de gestación, orquestando los tiempos y dando fluidez a la circulación del balón. La conexión por el carril diestro, un engranaje perfectamente aceitado entre el incansable Porro y la jovencísima estrella Lamine Yamal, prometía ser el martillo para golpear la defensa rival. No obstante, los primeros compases transcurrieron con un exceso de precaución mutua, donde las aproximaciones al área escaseaban y la calculadora del medio campo primaba sobre la audacia en los últimos metros.
Superado el primer tiempo de hidratación, el panorama no parecía presentar señales de un dominio claro por parte del elenco dirigido por Luis de la Fuente. Sin embargo, la experiencia y el oportunismo se conjugaron para desbloquear el marcador. En una acción que nació por la banda derecha, la sociedad Yamal-Porro funcionó a la perfección: el pase filtrado hacia el corazón del área encontró a Dani Olmo, cuyo violento disparo, aunque contenido en primera instancia por el gigante Thibaut Courtois, derivó en un rebote que Fabián Ruiz empujó con contundencia al fondo de las mallas, desatando la euforia en el sector de la hinchada ibérica.
El tanto supuso un mazazo anímico para los diablos rojos, que vieron como el ímpetu ofensivo español no hacía más que incrementarse. Acto seguido, una ejecución magistral de tiro libre puso a prueba los reflejos del arquero del Real Madrid, quien desvió el esférico con apuros, aunque la pasividad de la última línea belga en el rechace impidió a los atacantes hispanos sentenciar el partido. Poco después, una veloz incursión de Baena por el flanco izquierdo terminó en un remate que no encontró la dirección deseada. La selección de Rudi Garcia se hallaba aturdida, y para colmo de males, una genialidad individual de Yamal, que quebró la cintura de varios defensores antes de soltar un zurdazo, se estrelló contra el lateral de la red, anunciando un vendaval que parecía imparable.
Cuando el partido se encaminaba hacia un dominio plácido de los ibéricos, la resistencia belga emergió desde la entereza y la jerarquía de sus jugadores más experimentados. Una construcción paciente, hilvanada con la precisión de un joyero a través de Trossard, De Bruyne y Castagne, culminó con un centro milimétrico de este último hacia la testa de Charles de Ketelaere. El delantero, imponiendo su poderío físico sobre la defensa, conectó un cabezazo impecable que perforó la portería de Unai Simón, poniendo fin a una racha de imbatibilidad de 649 minutos que el guardameta vasco atesoraba en la presente cita mundialista. Este tanto, además de reabrir el partido, dejó en un segundo plano el histórico récord de imbatibilidad que el italiano Walter Zenga había establecido en la edición de Italia 1990, con 517 minutos.
Tras el descanso, la escuadra española saltó al terreno con una determinación renovada, adelantando sus líneas con una audacia que convertía a los laterales Cucurella y Porro en auténticos extremos. Sin embargo, la réplica belga no se hizo esperar, mostrando una paciencia de arácnido para tejer trampas a la contra. Una jugada iniciada por el imparable Doku, quien sembró el caos en el área española con su regate, fue a punto de ser aprovechada por De Cuyper, cuyo remate no encontró el destino deseado.
El devenir del encuentro se fue tiñendo de un ritmo frenético, con los banquillos moviendo fichas para oxigenar las piernas. Mientras Yamal y Oyarzábal continuaban hostigando al arco defendido por Courtois, la entrada del corpóreo Lukaku y la persistente amenaza de Doku otorgaban un peligroso contragolpe a Bélgica, obligando a España a replegarse con urgencia en múltiples ocasiones. En una de esas vertiginosas transiciones, el cuero impactó en el brazo de Rodri dentro del área propia, generando un momento de incertidumbre que el árbitro inglés resolvió con el clásico gesto de continuidad, una decisión que los jugadores belgas acataron sin el menor atisbo de protesta.
Cuando el cronómetro marcaba el minuto setenta, el destino del partido se tiñó de un ingrediente dramático impensado. En su vigésimo primer partido en una fase final del Mundial, el coloso Courtois debió abandonar el terreno de juego por una dolencia muscular, cediendo sus guantes al joven Lammens. El golpe de efecto fue inmediato: España, oliendo la fragilidad del arco rival, volcó todas sus fuerzas en el ataque, mientras que una ordenada Bélgica, sin inmutarse por el revés, se replegaba con orden y apostaba a la velocidad de sus puntas para asestar un golpe letal.
Y en el momento más álgido de la agonía, cuando el empate parecía un desenlace inevitable, la figura del héroe inesperado emergió desde el banquillo. Mikel Merino, el mismo que ya había sellado victorias cruciales con su oportunismo, ingresó al campo y, en su primera intervención, cazó un rechace del portero suplente Lammens tras un potente sablazo de Cubarsí. El balón, huérfano de dueño, fue empujado a la red por el centrocampista navarro, desatando la locura y decretando que la ilusión española continuará su camino. El combinado de Luis de la Fuente disputará así una nueva y apasionante llave de tintes europeos contra la poderosa Francia, en un duelo que promete ser una auténtica final anticipada por un puesto en la máxima definición del planeta fútbol.
