Treinta y nueve jornadas, cuarenta y ocho selecciones y ciento cuatro batallas han quedado atrás. Solo cuatro escaramuzas separan a la gloria del olvido. Francia, España, Inglaterra y Argentina se disputan el trono en un torneo que ya es leyenda, mientras Messi y Mbappé igualan una marca que parecía eterna y Fontaine sigue sonriendo desde el pasado.
El reloj del fútbol planetario ha consumido casi cuarenta días de una travesía sin precedentes, un maratón que ha llevado al límite la resistencia de jugadores y la paciencia de aficionados, pero que ahora se apresta a escribir su capítulo definitivo. La Copa del Mundo que batirá todos los registros por su duración, su número de participantes y su aluvión de encuentros —ciento cuatro en total, de los cuales únicamente cuatro restan por disputarse— ha destilado su esencia hasta dejar en pie a cuatro colosos que pujan por un lugar en la historia. La fase final del torneo, que incluye la gran definición por el título y el consuelo del tercer puesto, ha quedado reducida a un puñado de duelos que prometen sacudir los cimientos del deporte rey.
El tablero de las semifinales ya ha quedado definido con la contundencia de los favoritos y la épica de los supervivientes. En la primera llave, que se librará el próximo martes a las dieciséis horas, se enfrentarán dos potencias europeas de abolengo: la escuadra gala, que desarboló con autoridad a Marruecos por dos tantos contra cero, y el combinado ibérico, que doblegó a Bélgica con un ajustado dos a uno. Ambos conjuntos llegan con la moral intacta y el hambre de revancha, pues saben que el camino hacia la final exige un rendimiento colosal ante un rival que especula con la posesión y el contragolpe letal.
La otra semifinal, programada para el miércoles en el mismo horario estelar, reviste un cariz aún más dramático si cabe. Allí se medirán la furia británica y la albiceleste, en un cruce que ya despierta pasiones encontradas. Inglaterra logró su billete tras un desgaste sobrehumano frente a Noruega, resolviendo la contienda en el tiempo suplementario con un ajustado dos a uno que dejó huellas de agotamiento. Argentina, por su parte, también necesitó del alargue para doblegar a una resistente Suiza, imponiéndose por tres goles a uno en una muestra de carácter que reafirma su condición de candidata perpetua. La paridad entre estos cuatro gigantes sugiere que cualquier pronóstico resulta osado.
Mientras los entrenadores ultiman sus estrategias y los cuerpos técnicos manejan con cuidado las cargas físicas tras un torneo interminable, la atención mediática se divide entre la inmediatez de los cruces y la fascinación por la lucha individual por los galardones máximos. La carrera por el Balón de Oro, que distingue al mejor jugador del certamen, y por la Bota de Oro, que premia al artillero más eficaz, mantiene en vilo a la afición con cinco protagonistas que aún tienen opciones de alzar los trofeos. El argentino Lionel Messi y el francés Kylian Mbappé encabezan la tabla con ocho dianas cada uno, seguidos de cerca por el noruego Erling Haaland, que suma siete, el inglés Harry Kane con seis y el galo Ousmane Dembélé con cinco. Esta quinteta de ases ha convertido cada jornada en un duelo particular por superar al otro, alimentando la expectativa de que alguno pueda acercarse al récord absoluto que todavía habita en los anales del fútbol.
Precisamente, la sombra del legendario Just Fontaine planea sobre el presente con la fuerza de un mito imbatible. El delantero francés estableció en la Copa de Suecia de 1958 una marca que parece escrita en piedra: trece tantos en tan solo seis partidos, una proeza que ha sobrevivido incólume durante sesenta y ocho años. Detrás de esa cifra astronómica se sitúa el húngaro Sándor Kocsis, con once conquistas en Suiza 1954, y el alemán Gerhard Müller, que firmó diez en México 1970. Sin embargo, la vigencia de Messi y Mbappé, ambos con ocho gritos y al menos dos compromisos por delante, abre la puerta a una posibilidad que muchos consideraban extinta: que la gesta de Fontaine pueda ser igualada o incluso superada en este torneo desmesurado. Cada remate al arco, cada definición en el área pequeña adquiere así una dimensión casi mística, pues los actuales artilleros saben que el tiempo se agota y que la gloria individual corre pareja con la colectiva.
El calendario de los próximos días se presenta como una sucesión de noches electrizantes que paralizarán al planeta. El martes, el estadio será testigo del primer asalto entre franceses y españoles, dos estilos que prometen un choque de trenes: la velocidad y la explosividad de los galos contra el toque y la pausa de la furia roja. Al día siguiente, la pasión argentina y la disciplina inglesa se fundirán en un duelo que trasciende lo meramente táctico para adentrarse en el terreno de los duelos históricos. Quienes logren imponerse en estas dos batallas no solo asegurarán su puesto en la final del domingo, sino que además evitarán el trámite, siempre amargo, del partido por el tercer lugar, una consolación que nadie desea pero que forma parte del ritual mundialista.
Con el aliento de cien mil gargantas y la mirada atenta de millones de espectadores, el Mundial más largo de todos los tiempos se encamina hacia su desenlace. Las piernas pesan, las mentes divagan, pero el corazón de los futbolistas solo late al compás de un balón que rueda hacia la eternidad. Queda apenas un puñado de partidos para coronar a un campeón, para consagrar a un goleador y para que la historia inscriba un nuevo nombre entre los inmortales. El resto, como siempre, será ruido y polvo en el camino de la gloria.
