En una noche donde el fútbol no fue brillo sino pura épica, la Albiceleste doblegó la resistencia neutral con un vendaval en el tiempo suplementario. Los fantasmas del empate y las críticas acecharon, pero el capitán y su corte de goleadores emergieron para sentenciar un 3-1 que los coloca en la antesala de la gloria, a un paso de repetir la hazaña de los próceres del 86.
En la vasta llanura de Missouri, el reloj pareció detenerse no para conceder una tregua, sino para otorgar una prórroga de gloria. Nadie, absolutamente nadie, iba a osar susurrar al oído de Lionel Messi el instante preciso para colgar los botines en el escenario máximo del balompié. El destino, terco y poético, se negaba a despojar al deporte rey de la posibilidad de deleitarse dos encuentros más con el genio en su última gesta mundialista. Ni la estoica resistencia de los caboverdianos, ni el poderío temible de los egipcios, lograron torcer el rumbo; y este sábado, ni el neutralismo suizo, reforzado por una inusitada oleada de fervor antiargentino que creció en las redes como pólvora, pudo quebrantar la jerarquía establecida. Fue casi una ley no escrita, un asunto de respeto por la jerarquía, tal como aquella máxima que el volante Rodrigo De Paul popularizó entre sus compañeros como un mantra de guerra. El marcador final, un contundente 3 a 1 en el tiempo complementario del Children’s Mercy Park, despejó el camino hacia la semifinal del miércoles en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta, Georgia.
Este combinado nacional demuestra a todas luces que el acervo cultural argentino trasciende con creces la dulce leche, los utensilios de escritura y la desidia de una dirigencia que lo desconoce. Aquí, en la lejana tierra del barbecue y el jazz, el conjunto se erige como un colectivo férreo que sostiene el prestigio del país en la cúspide del orbe. Se trata de una hermandad forjada en los potreros y clubes de barrio, donde la gambeta y la picardía rioplatense son moneda corriente. Estos deportistas, orgullosos de sus raíces, han convertido el mate, el truco y el asado en un ritual sagrado que celebran a diario desde hace más de un mes -con la salvedad de que la parrillada se anticipa al silbatazo inicial, sin caer en excesos-. Sin embargo, ni el combustible más sabroso bastaría para saciar el apetito voraz de competidores que llevan incrustado en el alma. Apelando a la chapa y el corazón, y prescindiendo del fulgor táctico de otras épocas, esta tropa se halla a un solo paso de igualar la gesta de dos finales consecutivas conseguidas por el histórico combinado de Diego Armando Maradona y Carlos Bilardo, y a un paso más de concretar lo que muchos tildan de utopía: vengar, como reza el cántico popular, aquella Copa que las circunstancias escamotearon al legendario 10.
El horizonte próximo depara un choque de alta tensión ante Inglaterra, nada menos que el adversario de toda la vida, aunque esta confrontación adquiere una dimensión inédita al desarrollarse en una fase tan avanzada del torneo. Se perfila como otra final anticipada, pese a la modesta trayectoria mundialista de los Tres Leones. Resulta paradójico el apodo del conjunto británico, en momentos en que la figura del rey de la selva cotiza a la baja en el sentir popular argentino. La cita del miércoles promete ser inigualable en el plano sentimental, incluso por encima de una eventual final. Un día antes, en Dallas, se despejará la incógnita del otro finalista, en un duelo que enfrentará a Francia y España: una revancha de la definición de Qatar 2022 y el tercer cruce consecutivo en mundiales, o la anhelada Finalíssima, ese duelo de campeones que queda grabado en la memoria como una promesa eterna.
Fue precisamente en Kansas City donde se asentó el diapasón de esta Selección, a partir del ya remoto 3 a 0 inaugural ante Argelia: una premisa que reza «todos para Messi y Messi para el gol». En esta ocasión, el capitán se trocó en asistente de lujo para Alexis Mac Allister. Un centro ejecutado desde el banderín por el rosarino encontró la testa del pampeano, quien, con su modesta estatura de 1,76 metros, se impuso en el salto a una zaga suiza cuyos integrantes no bajaban del 1,81. La coincidencia temporal fue notable, pues Messi igualaba en ese instante la marca de los legendarios Julio Olarticoechea y Mario Zagallo al alcanzar los 12 partidos invicto en la historia de las Copas del Mundo.
La ventaja lograda en los minutos iniciales otorgó a la Argentina la licencia para no pisar el acelerador y limitarse a resguardar el resultado ante un oponente que se mostró más inofensivo que nunca, revistiendo una neutralidad exasperante. Es menester reconocerlo: el encuentro se inscribe entre las actuaciones más grises que se recuerdan de este grupo de jugadores. Quizá el desgaste acumulado, tal vez un apagón anímico, lo cierto es que el funcionamiento distó del brillo acostumbrado. En el complemento, otra incursión rival, otra débil respuesta del arquero Dibu Martínez y un nuevo gol en contra sacudieron los cimientos del equipo. De nuevo los viejos fantasmas, que pronto se desvanecieron como espectros de sábana al comprobarse la doble amonestación para el delantero Embolo por simular una infracción dentro del área, una decisión justa que devolvió la balanza a su sitio.
El alargue emergió como una consecuencia lógica ante el desarrollo parejo de ambos conjuntos, en perfecta consonancia con la pedagogía del sufrimiento que este plantel ha convertido en seña de identidad. Tan abismal resulta la diferencia de jerarquía entre los actuales monarcas del mundo y sus adversarios, que hasta el más escéptico podría creer que estos jugadores provocan el suspenso a propósito. La falta de ingenio era evidente, Messi no lograba asociarse, el técnico Scaloni movió el banquillo con mano firme y reemplazó a media humanidad para inyectar frescura. Y el entrenador acertó de lleno, pero manteniendo en el terreno a Julián Álvarez. Qué golazo, hermano, una obra de arte que desataba el nudo. Instantes después, le llegó el turno a Lautaro Martínez, otro de los artilleros que rompía su sequía en el momento más oportuno para firmar la sentencia. Bienvenidos sean los goleadores, a quienes se aguardaba con impaciencia; su aparición en el tiempo de descuento reafirma la mística de un equipo que, contra todo pronóstico y con el arsenal completo, sigue escribiendo las páginas más vibrantes de su historia reciente.
