En medio de la tensión previa al choque decisivo por el pase a la final, el estratega alemán confesó su total desinterés por los aspectos extracancha y sorprendió al confesar que ignoraba por completo la indumentaria que vestirá el combinado albiceleste, desatando una ola de risas y evidenciando su particular enfoque en lo estrictamente táctico.
La antesala del enfrentamiento más esperado del certamen global suele estar teñida de declaraciones encendidas, análisis pormenorizados y un sinfín de lecturas sobre cada mínimo detalle que rodea a los protagonistas. Sin embargo, la comparecencia pública de Tomás Tuchel, timonel del combinado inglés, rompió con todos los pronósticos y ofreció un instante de distensión genuina en un clima que, por lo general, se caracteriza por la opresión y la seriedad máxima. Lejos de los discursos milimétricamente calculados o de las arengas bélicas, el director técnico germano se mostró tan despreocupado por los símbolos y las anécdotas históricas que su reacción ante una consulta nimia pero cargada de significado terminó por robarse todas las miradas y generar un semblante cómplice entre los periodistas acreditados.
El momento de esparcimiento tuvo como detonante una pregunta dirigida al entrenador acerca de la casaca de color azul que la escuadra conducida por Lionel Scaloni lucirá en el terreno de juego durante el trascendental compromiso de esta jornada. Lo que para cualquier aficionado o cronista deportivo representa un dato de sobra conocido, para el estratega europeo se convirtió en una auténtica revelación. Con una mezcla de inocencia y franqueza que desarmó a los presentes, Tuchel admitió sin ambages que su conocimiento sobre la indumentaria rival era prácticamente nulo, y que ni siquiera había reparado en la elección cromática que efectuaría el conjunto sudamericano para este cotejo de alto voltaje.
“Le están hablando a la única persona en este recinto que desconoce hasta el mismo calentamiento de mañana qué tonalidad vamos a emplear nosotros. Pero, aguarden un momento… ¿Acaso los argentinos saltarán al césped vestidos de azul? ¿Y nosotros lo haremos de blanco?”, inquirió el alemán con un gesto de genuino desconcierto, desatando una cascada de risas contenidas que pronto se transformó en un rumor cómplice a lo largo y ancho de la sala de prensa. Su reacción, tan espontánea como alejada de cualquier protocolo, puso en evidencia la filosofía de trabajo de un técnico que prefiere mantenerse al margen de cualquier elemento que no incida de manera directa en el rendimiento táctico o en la estrategia de juego, desentendiéndose por completo de los aspectos que suelen alimentar las crónicas y los debates precompetitivos.
Pero lejos de detenerse allí, el exentrenador del Chelsea y del París Saint-Germain profundizó en su ignorancia confesa al ser informado sobre la relevancia simbólica que esa prenda particular atesora en la memoria colectiva del pueblo argentino. Al escuchar que aquella camiseta no era un elección caprichosa ni una mera cuestión de logística, sino que estaba investida de un aura casi mística por su vinculación con gestas pretéritas, el estratega no pudo ocultar su sorpresa y volvió a responder con ese tono despreocupado que lo caracteriza: “¿Y eso se debe a que es una indumentaria que trae fortuna para ellos, o acaso la seleccionaron sin más? Porque les confieso que, de haber existido algún tipo de superstición en torno a ello, yo sin dudarlo habría obrado del mismo modo. Así que no puedo sino darles la razón y reconocer su acierto. Desconocía por completo esa historia. Yo, por mi parte, mantengo mis propias rutinas, y si a eso le quieren llamar manías o rituales, que así sea, pero son las que me acompañan y me dan seguridad”.
El entrenador germano no dejó pasar la oportunidad para reafirmar, entre sonrisas y con su característico acento teutón, su postura inflexible respecto a la separación tajante entre el deporte en su máxima expresión y cualquier otra variable que pudiera contaminar el enfoque de sus pupilos. En ese sentido, fue categórico al subrayar que en el vestuario inglés no se pierden en disquisiciones sobre gestas pasadas ni se detienen a analizar el peso de los enfrentamientos históricos, sino que centran toda su energía en los aspectos susceptibles de ser modificados mediante el trabajo y la planificación. “No tienen cabida en nuestras charlas ni los acontecimientos pretéritos ni los duelos que han quedado grabados en la memoria de los aficionados. Hablamos única y exclusivamente de aquello en lo que podemos influir con nuestro desempeño sobre el rectángulo de juego”, sentenció, dejando claro que su libreta de apuntes está poblada de movimientos tácticos y no de leyendas.
Este episodio, cargado de un humor involuntario que contrastó con la gravedad del escenario, adquiere una dimensión aún más sugerente cuando se repasa la carga emotiva que la camiseta azul posee para la afición argentina. No se trata de una simple muda deportiva, sino de la misma prenda que ha sido testigo de dos de los capítulos más gloriosos y, al mismo tiempo, más polémicos en la historia de los enfrentamientos entre ambas naciones en la máxima cita del fútbol mundial. El primer capítulo de esta leyenda textil se escribió el 22 de junio de 1986, en los cuartos de final del Mundial azteca, cuando el combinado albiceleste, bajo la conducción de Carlos Salvador Bilardo, doblegó a la escuadra británica con un marcador de 2 a 1. Aquella jornada quedaría eternizada no solo por el resultado adverso para los ingleses, sino por la aparición estelar de un Diego Armando Maradona que, con la misma camiseta azul que había sido adquirida y remendada apenas horas antes del pitazo inicial, firmó dos dianas que trascenderían las fronteras del deporte: la primera, ejecutada con la mano y bautizada como la «Mano de Dios»; la segunda, una obra de arte individual que sorteo a media defensa rival y al arquero Peter Shilton, conocida universalmente como el «Gol del Siglo» o «Barrilete Cósmico».
El segundo episodio que reviste de un simbolismo casi sobrenatural a esta indumentaria tuvo lugar en los octavos de final del Mundial de Francia 1998. En esa ocasión, el conjunto dirigido por Daniel Passarella volvió a vestir el azul como color predominante para medirse ante los ingleses, y nuevamente la fortuna sonrió a los sudamericanos. Tras un empate a dos goles en el tiempo reglamentario, la definición desde el punto penal inclinó la balanza a favor de Argentina por 4 a 3, sellando así un nuevo capítulo de predominio con esa camiseta. En aquella velada, el nombre de Javier Zanetti quedaría grabado en la retina de los aficionados gracias a una jugada de laboratorio desde un tiro libre que culminó con un gol que desnudó la fragilidad defensiva rival. Aquella versión de la casaca, con detalles alusivos a la bandera patria en los costados, se sumó al acervo de victorias que han construido una suerte de mitología en torno a su uso en los duelos ante los propiamente ingleses.
De esta manera, el cruce que se avecina en la capital georgiana no solo representa la primera ocasión en que ambas potencias futbolísticas se enfrentan en una instancia de semifinales, sino que además supone el tercer duelo mundialista en el que la Argentina optará por su uniforme suplente para encarar a su verdugo histórico. Este dato, que para muchos es carne de análisis y pronóstico, para Tuchel no era más que una anécdota curiosa que reveló su absoluta indiferencia por el folklore que rodea al balompié. El estratega alemán, con su confesión a corazón abierto, no hizo más que confirmar que su preparación se nutre de conceptos tácticos, de vídeos de movimientos y de diagramaciones en la pizarra, y que cualquier otro ingrediente, por más jugoso que resulte para los cronistas, carece de importancia en su universo particular. Mientras el mundo se debate entre la superstición y la estadística, el entrenador germano prefiere reírse de su propio desconocimiento y reafirmar que, para él, el fútbol se gana en el campo, y no en el imaginario colectivo que envuelve a las prendas que visten los jugadores.
