En una jornada que combinó la histórica protesta de los adultos mayores con el regreso de las centrales obreras a las calles, los líderes gremiales advirtieron que no se trata de un episodio aislado sino del comienzo de una escalada de medidas contra el ajuste. La movilización, que contó con un amplio arco político y social, dejó críticas cruzadas, reclamos de unidad interna y un contundente respaldo a los jubilados, mientras la represión se hizo sentir en el conurbano contra los trabajadores de la economía popular.
La plaza del Congreso fue testigo este miércoles de un fenómeno que trascendió la rutina semanal de los adultos mayores. Lo que comenzó como una marcha más en defensa de los haberes jubilatorios y la reposición de los medicamentos gratuitos, mutó en un escenario de confluencia multitudinaria donde las tres centrales sindicales del país decidieron plantar bandera. No hubo discursos vacíos ni promesas de campaña: los secretarios generales de la CGT, las dos CTA y las organizaciones sociales se fundieron entre los manifestantes para dejar en claro que el descontento social ha encontrado un cauce común y que la protesta callejera, lejos de ser una novedad, es la prolongación natural de un plan de lucha gestado al inicio de la gestión libertaria.
Cristian Jerónimo, uno de los triunviros de la CGT, fue contundente al despejar cualquier especulación sobre el carácter de la convocatoria. “No estamos ante un nuevo plan de lucha, sino ante la prosecución del que pusimos en marcha desde el mismo instante en que Javier Milei asumió la presidencia”, sentenció el dirigente, en un intento por enmarcar la movilización dentro de una estrategia de resistencia que no ha cesado. Sin embargo, la novedad residía en la elección del blanco: esta vez, el gigante sindical decidió abrazar la causa de los jubilados, el colectivo que quizás ha soportado con mayor crudeza el rigor del ajuste. “Somos solidarios con nuestros compañeros de la tercera edad, que apenas subsisten con sus ingresos mientras los senadores se aumentan sus dietas en el otro extremo de la avenida”, disparó Jerónimo, quien ya adelantó que el próximo 7 de agosto la confrontación volverá a las calles bajo el lema de “Paz, Pan, Tierra, Techo y Trabajo”.
La presencia de las columnas sindicales fue recibida con una mezcla de gratitud y amargura por parte de los veteranos manifestantes. Si bien agradecieron el respaldo, no ocultaron el resentimiento hacia un gobierno que, denunciaron, los ha condenado a la precariedad más absoluta. La mayoría de los miércoles, recordaron, se enfrentan en soledad a los embates de las fuerzas de seguridad; pero en esta ocasión, la abrumadora concurrencia gremial obligó a los operativos policiales a moderar sus instintos represivos, al menos en el centro de la ciudad. No corrió la misma suerte en el Puente Pueyrredón, donde los efectivos desplegaron toda su artillería contra los militantes de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), que protestaban con cortes de ruta y acampes en plazas del interior contra el cierre del programa «Volver al Trabajo». Ese plan, que asiste a novecientas mil personas con un magro estipendio de 78 mil pesos mensuales—una cifra que en la administración anterior equivalía a la mitad del salario mínimo, pero que hoy apenas sirve para adquirir dos garrafas de gas—, fue liquidado por decisión del Ministerio de Capital Humano que conduce Sandra Pettovello, quien obtuvo un fallo judicial favorable que anuló la cautelar que lo mantenía vigente.
Mientras los incidentes se sucedían en la periferia, la columna principal avanzaba con un ritmo pausado pero firme. Octavio Argüello, otro de los referentes de la CGT, se sumó a la vanguardia sobre el final de la recorrida, aunque antes prefirió caminar junto a su gremio de camioneros, flanqueado por Pablo Moyano. “Con el ajuste feroz que implementa este Presidente, resulta imperioso movilizar a la ciudadanía porque, de otro modo, nada cambiará”, reflexionó Argüello en voz alta, mientras los cánticos se multiplicaban a su alrededor. Su colega en el triunvirato, Jorge Sola, ofreció un diagnóstico aún más sombrío: desde la asunción de Milei, aseguró, se han perdido más de trescientos mil puestos de trabajo y han cerrado sus puertas veintitrés mil pequeñas y medianas empresas. “La Casa Rosada ha abandonado por completo la producción y el desarrollo industrial”, enfatizó Sola, quien puso el acento en el avance imparable de la informalidad laboral, un fenómeno que, sumado al retiro del Estado, está perforando el sistema de salud y alimentando un creciente malestar social que, a su juicio, no tardará en estallar.
La cabecera de la manifestación se convirtió en un verdadero muestrario del arco opositor. Allí confluyeron Hugo «Cachorro» Godoy, titular de la CTA de los Argentinos; Hugo Yasky, líder de la CTA de los Trabajadores y diputado de Unión por la Patria; el histórico Roberto Baradel; Juan Carlos Schmid, por la CATT; Hugo Benítez, de la Unión Obrera Textil; el «Tano» Catalano, de la CTA Capital; y el ministro de Trabajo bonaerense, Walter Correa, quien asistió en representación del Movimiento Derecho al Futuro y del gobernador Axel Kicillof. La heterogeneidad de la concurrencia no fue casual: las centrales obreras, junto a las organizaciones de la economía popular, han trazado un cronograma de acciones para los próximos meses con el único fin de repudiar el ajuste que Milei exhibe como su principal bandera.
Los discursos se sucedieron con un tono de épica contenida. Godoy definió a los jubilados como “el espejo de la dignidad del pueblo” y aseguró que la nueva fase del plan de lucha se nutre de su ejemplo para derrotar al gobierno. Yasky, por su parte, subrayó la unidad de las centrales para “enfrentar las políticas de hambre y saqueo” y advirtió que la marcha de los miércoles es apenas la primera de una batería de medidas que buscarán demostrar que ninguna protesta podrá ser aislada o dividida, tal como anhela el oficialismo. No obstante, en medio de la aparente cohesión, se colaron reclamos de mayor amplitud política. Jerónimo, sin vueltas, lamentó que no estuvieran presentes todos los sectores que deberían, y su alusión apuntó directamente al peronismo, que ayer tuvo una participación fragmentada: mientras Correa representaba al MDF y La Cámpora desplegaba su propia columna—encabezada por Lucía Cámpora, con un cartel que exigía la liberación de Cristina Fernández de Kirchner, y acompañada por los diputados Horacio Pietragalla Corti y Javier Andrade, la legisladora Delfina Velázquez y el senador Mariano Recalde—, la ausencia de otros referentes dejó entrever las grietas internas que aún no logran soldarse.
Pablo Moyano, quien evitó deliberadamente mostrarse junto al triunvirato, aprovechó la caminata para lanzar un mensaje de esperanza: “Ojalá esto sea el principio de la resistencia ante un gobierno tan dañino”, manifestó, aunque su tono se endureció cuando exigió unidad dentro del peronismo. Con su estilo frontal, lanzó un dardo a los liderazgos: “Que se dejen de joder. Que se junten Axel, Máximo, Massa y Cristina y que dejen de hinchar”. Pero su ira no se detuvo allí; arremetió con dureza contra los gobernadores peronistas que votaron a favor de la reforma laboral en el Congreso—entre ellos Osvaldo Jaldo, Raúl Jalil, Martín Llaryora, Gustavo Sáenz y Hugo Passalacqua—, a quienes acusó de traición y de aliarse con jueces adictos al oficialismo para perjudicar a los trabajadores.
La jornada, que transcurrió sin la masividad de las grandes movilizaciones clásicas de la CGT, demostró sin embargo que la oposición comienza a encontrar un rumbo en las calles. El próximo hito está agendado para el 7 de agosto, con la expectativa de que culmine en un acto multitudinario en Plaza de Mayo. Además, se barajan una movilización al Ministerio de Economía para visibilizar el endeudamiento de las familias trabajadoras y una marcha federal que conecte las protestas en todo el país. El paro general, en tanto, sigue siendo una incógnita que los dirigentes mantienen bajo análisis.
Mientras tanto, en el extremo más radical del espectro, las organizaciones de izquierda—Polo Obrero, Partido Obrero, MST y SUTNA—ya habían ensayado su propia embestida temprano, enfrentando los vallados policiales con reclamos de huelga general. Myriam Bregman, Cristian Castillo y Vilma Ripoll fueron los voceros de un sector que acusó a las grandes centrales de “dormir la siesta” mientras el gobierno acelera su agenda de reformas, un mensaje que, aunque incómodo, resonó entre los manifestantes como un recordatorio de que la batalla contra el ajuste recién comienza y que la unidad de las fuerzas opositoras será puesta a prueba en los meses venideros.
