La titular del organismo, Kristalina Georgieva, recorrerá el yacimiento neuquino junto al Presidente, en una visita que trasciende lo protocolar. Mientras el Fondo supervisa el cumplimiento de las metas fiscales y la rentabilidad extraordinaria del shale, la sombra del megacrédito a Macri y la histórica entrega de soberanía económica vuelven a plantearse como el eje de una nueva etapa de dependencia.
La escena parece extraída de un guion donde la política y las finanzas globales se entrelazan con la crudeza de una novela de traiciones y realineamientos. Antes de que el silencio de la clandestinidad lo envolviera, aquel que oficiara como la voz y el eco del entonces mandatario Mauricio Macri, el joven Marcos Peña, deambulaba por los pasillos del poder con una arrogancia equiparable a la de cualquier prohombre del conurbano. Sin embargo, el 28 de diciembre de 2017, fecha marcada por el cinismo del Día de los Santos Inocentes, su destino quedó sellado. Al frente de una conferencia de prensa que desencadenaría la fuga de capitales y sumiría a la Argentina en una nueva postración ante el Fondo Monetario Internacional, Peña comprendió, quizás demasiado tarde, que el fragor de la primera línea política resultaba incompatible con la existencia plácida que anhelaba para sí.
A su lado, aquella jornada fatídica, se alineaban los artífices de la economía nacional: Nicolás Dujovne, al frente de la cartera de Hacienda; Luis «Toto» Caputo, en Finanzas; y el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger. El anuncio, transmitido por cadena nacional, versaba sobre la modificación de las metas de inflación, un eufemismo técnico que encubría la burda intervención en la política monetaria. En el instante en que los titanes del poder financiero y los custodios del capital intuyeron que la autonomía del BCRA era violada por un gobierno que había edificado su discurso sobre la promesa de lo contrario, el vendaval se desató con furia incontenible.
Para agravar el cuadro de situación, el número dos de Sturzenegger, el economista Demian Reidel, quien más tarde encontraría cobijo en la administración de Javier Milei al frente de Nucleoeléctrica SA, había sostenido en foros públicos que «alterar las metas de inflación era tanto como carecer de ellas». La repentina desconfianza de los mercados fue conjurada gracias a un rescate relámpago orquestado por los gigantes de la inversión Blackrock, Pimco y Templeton. Estos mismos fondos, apenas seis meses después, serían los destinatarios de los 45 mil millones de dólares frescos que el FMI otorgó al tambaleante gobierno de Macri, en lo que constituyó el desembolso más cuantioso en la historia del organismo multilateral.
El actual presidente, en aquellas conversaciones informales con el periodista Alejandro Fantino, cuando aún no percibía la necesidad de tejer alianzas con la casta política para sostener su gestión, dirigía su ira hacia Caputo y Sturzenegger, a quienes acusaba de haber facilitado la fuga de divisas de los círculos íntimos del macrismo, hipotecando el futuro del país por generaciones enteras con el endeudamiento externo. Altri tempi, podrían decir los italianos. Hoy, el escenario es otro, pero los actores parecen repetir sus papeles con una docilidad inquietante.
En este nuevo acto, Milei se apresta a viajar junto a Kristalina Georgieva hacia los parajes desolados de Vaca Muerta. Apenas pise suelo argentino, la búlgara que comanda el FMI ofrecerá un discurso en el Centro Cultural Kirchner ante la elite empresarial y financiera, la misma que antaño vitoreara las políticas de ajuste. Posteriormente, el mandatario la escoltará hasta Loma Campana, la zona neuquina donde la sociedad entre YPF y Chevron inició la epopeya del shale en 2013, bajo el mandato de Cristina Fernández de Kirchner. De aquel lugar emblemático brotaron los primeros 100 mil barriles diarios de petróleo de formaciones no convencionales, un hito que el gobierno actual exhibe como trofeo de su gestión.
Pero la visita de Georgieva al corazón del superávit energético nacional, que apuntala buena parte de las exportaciones hidrocarburíferas, trasciende el mero apoyo político implícito. Su cometido es doble: vigilar y garantizar. Vigilar que el engranaje económico gire conforme al libreto diseñado desde Washington, y garantizar que la rentabilidad extraordinaria no se desvíe hacia subsidios energéticos –como viene ocurriendo–, comprometiendo así la meta fiscal acordada, en un contexto donde la recaudación mengua a causa del estancamiento recesivo y los beneficios fiscales concedidos por el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI). Para ciertos fines, el erario encuentra recursos; para otros, la sequía es absoluta.
Sin embargo, en la letra menuda de los informes técnicos, el FMI no omite advertir sobre el «síndrome holandés», un fenómeno perverso que se produce cuando la afluencia masiva de divisas por la exportación de recursos naturales erosiona la competitividad de otros sectores productivos, como la industria. En estos casos, la economía se vuelve prisionera de un solo vector, quedando expuesta a la volatilidad de los precios internacionales. Esa es la radiografía del presente y, también, la consecuencia inevitable del modelo neoliberal que el Fondo promueve y Milei ejecuta sin atisbo de contradicción.
Algunos de los documentos internos del organismo evocan aquella estrategia epistolar que Juan Perón desplegaba desde el exilio, diciendo a cada interlocutor lo que anhelaba escuchar. Georgieva es consciente de que los motivos del rescate financiero a Macri fueron, en esencia, políticos, dado que el socio hegemónico del FMI, Estados Unidos, estaba dispuesto a socorrer a un aliado ideológico. No obstante, ante el resto de los miembros, entre ellos China, debe justificar técnicamente la capacidad de repago argentina, una ecuación que desde 2018 no deja de generar escepticismo.
Un dato revelador confirma que la Argentina se ha convertido en el laboratorio fondomonetarista por excelencia: el reciente nombramiento de Silvana Tenreyro, una economista argentina y nieta de un desaparecido tucumano, como directora del Departamento de Investigación del Fondo. Este cargo no es un mero título honorífico; desde allí se diseña la perspectiva técnica sobre inflación, crecimiento, deuda y programas de estabilización. Su currículum, que incluye un paso por el Comité de Política Monetaria del Banco de Inglaterra, plantea una interrogante inquietante: ¿habrá convencido Georgieva a Milei de que, en lugar de dinamitar el Banco Central como prometía en campaña, se limite a modificar su carta orgánica y acepte una veeduría externa permanente? Tal figura no es novedosa; durante la Década Infame, la banca extranjera ya contaba con representantes en el directorio del BCRA, aunque en aquel entonces el FMI aún no existía y los préstamos impagables provenían de los bancos británicos.
Desde que el FMI recuperó la facultad de auditar las cuentas nacionales, tras los años de desendeudamiento de la era K, su influencia resulta determinante en las políticas de ajuste que se abaten sobre una sociedad, entre estupefacta y desamparada, que asiste al desmantelamiento cotidiano de sus derechos elementales, a una escala inédita en democracia. La deuda, en este esquema, opera como un ancla disciplinaria que constriñe al conjunto del sistema político y económico, reduciendo la soberanía del país hasta convertirlo, de manera lenta pero implacable, en una colonia tardía. Esa es la verdadera «campaña antiargentina», silenciosa pero efectiva.
Mientras tanto, el otrora presidente Mauricio Macri se pasea por el mundo con la liviandad de quien comenta que los jugadores de la selección «se pasaron de rosca» al exhibir la bandera que reclama la soberanía sobre las Malvinas. De su antiguo vocero, Marcos Peña, solo se sabe que ha publicado un libro titulado El arte de subir (y bajar) la montaña, donde diserta sobre salud mental, conexión con la naturaleza y desconexión digital. Un verdadero titán, sin duda, que encontró en la cima de la montaña el refugio que la política jamás pudo ofrecerle.
