En un encuentro marcado por la polémica arbitral y la falta de contundencia ofensiva, el conjunto de Núñez no pudo quebrar el cerrojo visitante. A pesar del dominio territorial y la tenencia de la pelota, los de Damián Ayude se llevaron tres puntos de oro gracias a un tanto de Gonzalo Morales, en una noche donde las decisiones de Nazareno Arasa y la ausencia de revisión del VAR generaron un profundo malestar en el local.
En la reanudación de la actividad oficial, el escenario del Antonio Vespucio Liberti se vistió de gala para recibir el inicio del Torneo Clausura 2026, pero la celebración se tornó en preocupación para la afición millonaria. El conjunto dirigido por Eduardo Coudet, que saltó al césped con la solidez de Nicolás Otamendi en la retaguardia y el desequilibrio de Ángel Correa en el frente de ataque, sufrió un duro revés al caer por la mínima diferencia frente a un pragmático Barracas Central. El único destello de gol de la noche lo firmó Gonzalo Morales, un zarpazo que bastó para que los de Damián Ayude se adueñaran de tres puntos vitales en su estreno liguero, dejando a la escuadra local con la obligación de reaccionar de manera inmediata para no descolgarse en la pelea por la cima.
El devenir del encuentro se tiñó de frustración para los dueños de casa a los veintidós minutos del primer acto, cuando una jugada de aparente poca monta dentro del rectángulo chico se convirtió en una pesadilla. Tras una maraña de rebotes en el área pequeña, el esférico quedó servido para Morales, quien con sangre fría definió ante la salida del guardameta local, aprovechando una de las contadas aproximaciones que los visitantes lograron gestar en todo el partido. Ese tanto, gestado en el error defensivo y la fortuna del rechace, condicionó por completo el guion del cotejo, obligando al Millonario a abandonar cualquier atisbo de especulación para lanzarse con desespero en procura de la paridad.
A partir de ese instante, la tónica del partido se volvió un monólogo del conjunto de la banda roja, que acaparó la posesión del cuero y cercó el arco defendido por el arquero de Barracas. Sin embargo, el ímpetu y la voluntad no encontraron eco en la precisión ni en la claridad de ideas en los metros finales. A pesar de la movilidad de sus artilleros, la producción ofensiva del elenco local careció de la profundidad necesaria para desarmar el bien plantado sistema defensivo rival, que se replegó con orden y disciplina. Con el correr de los minutos, la desesperación hizo presa de los futbolistas de Coudet, quien en el complemento agitó el banquillo con variantes tácticas y futbolísticas en un intento desesperado por oxigenar el ataque y torcer el destino de la contienda. No obstante, el conjunto del Guapo resistió el vendaval con uñas y dientes, administrando la ventaja y desgastando el reloj hasta que el silbato final dictó sentencia.
Más allá del resultado adverso, lo que monopolizó la conversación en los corrillos post-partido fueron las controvertidas actuaciones del juez principal, Nazareno Arasa, y la pasividad del sistema de videoarbitraje. El clima de indignación se apoderó de las gradas y del banco local ante dos acciones puntuales que, a juicio de los reclamantes, debieron cambiar el signo del marcador. La primera de ellas tuvo como protagonista a Nicolás Otamendi, quien cayó en el área chica tras un forcejeo con un defensor durante el primer tiempo. A pesar de los clamores de los jugadores y el cuerpo técnico, el colegiado hizo caso omiso a la protesta, y la tecnología no fue convocada para revisar la jugada, dejando una sensación de agravio que flotó en el ambiente.
Sin embargo, la controversia alcanzó su punto más álgido en los estertores del primer período, cuando Lautaro Pereyra, tras una veloz incursión, se desplomó dentro del rectángulo penal luego de un contacto manifiesto con Rafael Barrios cuando ya se aprestaba a definir ante el arquero. Todo el estadio, en un rugido unánime, exigió la pena máxima. Pero para sorpresa y enojo de los presentes, Arasa volvió a desestimar la infracción, y desde la cabina del VAR no hubo señales de intervención, dejando la jugada en el terreno de la impunidad arbitral y sembrando dudas sobre la consistencia de los criterios de revisión en el certamen.
El sabor amargo de la derrota se vio reflejado en las declaraciones de los protagonistas, quienes no ocultaron su decepción. El experimentado defensor, al ser consultado, fue tajante al definir su compromiso con la camiseta, despejando cualquier especulación sobre su presente. Manifestó que su retorno al país no tiene como fin un período de descanso, sino la firme intención de batallar por cada objetivo y alcanzar la gloria, para lo cual se ha preparado con la máxima exigencia física y mental, con el único propósito de brindar satisfacciones al pueblo riverplatense. Asimismo, reconoció que la derrota es un golpe duro de asimilar en un club donde la obligación de ganar es moneda corriente y cada revés se vive con una intensidad particular, y subrayó que la única vía para revertir esta situación pasa por generar más juego y asociaciones que permitan sumar de a tres en la próxima fecha.
En el análisis del juego, el zaguero fue autocrítico al admitir la carencia ofensiva de su equipo, señalando que el esfuerzo y la tenencia no fueron suficientes para vulnerar la muralla defensiva adversaria. Insistió en que, a pesar de los intentos, faltó la mordida final, la claridad en los últimos metros para generar ocasiones francas de gol, que era el objetivo primordial y lo que finalmente habría permitido cambiar la historia de un partido que se escapó por detalles. Con este panorama, River deberá recomponer el rumbo en los próximos compromisos para no dejar escapar más puntos en un campeonato que recién comienza, mientras que Barracas celebra un inicio soñado que lo coloca como un incómodo hueso de roer para los grandes del fútbol argentino.
