La Lepra venció a Talleres con autoridad, mostró fiato competitivo y encontró en las individualidades de Mazzantti y Reinatti las chispas de una noche que promete.
En el césped del Coloso Marcelo Bielsa, el anfitrión leproso ofreció anoche una actuación que evocó sensaciones largamente extraviadas en el ánimo de su fiel seguidor. No solo porque el triunfo acompañó al estreno en el certamen, sino porque la manera en que se construyó ese resultado devolvió al rojinegro una identidad que parecía diluida entre campañas grises. El conjunto local desplegó argumentos sólidos, una determinación férrea para establecer su hegemonía en el terreno y, cuando las fuerzas flaquearon y el ímpetu inicial se tornó jadeo, supo replegarse con un orden defensivo que desnudó madurez táctica. Fue un espectáculo de dos caras: la primera, de osadía y filigrana; la segunda, de resistencia y oficio, todo ello sazonado por destellos individuales que inclinaron la balanza. Las diagonales eléctricas de Walter Mazzantti en el frente de ataque y las intervenciones providenciales de Josué Reinatti bajo los tres palos, especialmente en el tramo final, se erigieron como las estampas más luminosas de una velada que, sin embargo, no estuvo exenta de sobresaltos, incluyendo la expulsión de un jugador visitante y la angustiosa permanencia en el campo de un defensor local lesionado, que obligó a la Lepra a navegar los minutos decisivos con un hombre menos en la práctica, aunque no en el marcador.
Desde el silbato inicial, la escuadra comandada por Sampaoli manifestó su intención de adueñarse de los territorios ofensivos y tejer el juego en campo contrario. Esa pretensión de dominio halló eco durante algunos compases iniciales, pero el cronómetro se convirtió en un aliado inesperado para el dueño de casa. Con el transcurrir de los minutos, la zona de mediocampo rojinegra fue ganando en densidad y eficacia, imponiéndose en cada duelo particulares y cercenando los circuitos de su adversario. La dupla compuesta por Cóccaro y Mazzantti se transformó en un dardo venenoso cada vez que el esférico transitaba por sus botines, desequilibrando con movimientos impredecibles y velocidad endiablada. De esta manera, el onceno local estableció sus condiciones y durante el primer período acumuló las situaciones más nítidas para abrir el tanteador: Cóccaro desperdició una oportunidad clarísima con un disparo que se perdió por encima del travesaño, mientras que Unsain, el guardameta albiazul, se lució al desviar hacia el palo izquierdo un cabezazo peligroso de Cabrera. Sin embargo, la ocasión más clamorosa llevó la firma de Russo, quien, tras una exquisita combinación colectiva, recibió el balón en el corazón del área chica y, con el arco a su merced, envió el esférico a las gradas, desatando un murmullo de incredulidad en la tribuna.
Del otro lado, la línea de cinco defensores que dispuso Talleres naufragó en imprecisiones y falta de sincronía, lo que llevó a Sampaoli a introducir variantes para el complemento, con el ingreso de Schot en busca de mayor presencia ofensiva. No obstante, el guion del partido se mantuvo inalterable en sus líneas gruesas. Newell’s preservó su agresividad competitiva y su ambición por doblegar al rival quedó patente en cada pelota recuperada, en cada transición rápida que iniciaba con furia. Finalmente, la ventaja llegó por una vía inesperada pero legítima: un error grosero de Fascendini, quien, al intentar despejar un balón en su área, derribó a Mazzantti, que ya había ganado la posición en el forcejeo. El juez no dudó en señalar el punto penal, y Cóccaro, con sangre fría, ejecutó un derechazo ajustado al palo izquierdo de Unsain, desatando la explosión de júbilo en el estadio.
A partir de ese instante, la dinámica del encuentro experimentó una mutación. Sampaoli agitó nuevamente su banquillo con las inserciones de Rick y Depietri, dos piezas que asumieron el rol de conductores ofensivos y, con su movilidad constante, lograron trasladar el epicentro del juego hacia los dominios rojinegros. La visita comenzó a acorralar, a bombear balones al área y a probar fortuna con remates de media distancia, aunque sin la puntería necesaria para batir a un Reinatti que crecía en estatura. El arquero local se vistió de héroe al neutralizar un mano a mano frente a Rick, quien había recorrido todo el campo tras recibir en su propio sector, para estrellarse con la firmeza del uno en el momento crucial. Pero la intervención que quedará grabada en la retina colectiva fue la postrera: un cabezazo inapelable de Schot en el área chica, que el cancerbero desvió de manera prodigiosa al córner, certificando su condición de figura excluyente.
Sin embargo, no todo fue luz en el bando leproso. La lesión de Gómez Mattar al ejecutar un tiro libre obligó a un cambio forzado, y el desgaste comenzó a pasar factura: Mazzantti, desfondado, y Guch, con mermada intensidad, vieron cómo su influencia se diluía en el segundo tiempo. Ante la embestida visitante y la imposibilidad de sostener el peligro en ataque durante los últimos veinticinco minutos, el entrenador local optó por una estrategia conservadora, fortaleciendo el fondo con los ingresos de Gianetti y Escobar para resistir el vendaval. Talleres, que terminó con diez hombres por la doble amarilla a Riquelme, no pudo ser castigado por esa inferioridad numérica, ya que la Lepra se quedó sin cambios en su banco y debió soportar los compases finales con Ortega en el campo, cojeando y apenas sostenido por la voluntad, incapaz de salir por una lesión que no le permitía ni siquiera correr. El equipo rojinegro cerró el partido asfixiado, reclamando el silbato final con angustia, pero con la certeza de que el triunfo había sido justo y trabajado. Porque quiso, porque tuvo méritos y porque, en su estreno, recuperó algo tan intangible como valioso: la satisfacción de volver a creer.
