Con una exhibición de contundencia y orden táctico, el conjunto de Victoria goleó 3-1 a Racing en Avellaneda, en un duelo donde los goles de Martínez, Garay y Russo sepultaron las ilusiones locales, mientras el descuento de Vergara solo alcanzó para disimular un rendimiento gris del dueño de casa.
En una noche que prometía emociones encontradas en el sur del Gran Buenos Aires, el conjunto de Diego Dabove desembarcó en el estadio Presidente Perón con un plan tan claro como efectivo: morder desde el silbato inicial y no soltar la presa hasta dejar sin aire a su adversario. Y vaya que lo cumplió. Tigre no solo venció, sino que desnudó las carencias de un Racing que, durante gran parte del encuentro, pareció navegar a la deriva en su propio territorio, sin brújula ni timón, mientras el visitante manejaba los hilos del partido con la soltura de un director de orquesta ante una audiencia desconcertada.
El trámite del encuentro comenzó a definirse desde los primeros compases, cuando el elenco de Victoria mostró una claridad conceptual que su oponente jamás logró alcanzar. Cada avance del Matador era un puñal que perforaba la endeble estructura defensiva local, y no pasó mucho tiempo antes de que el arco de Cambeses comenzara a tambalearse. La primera advertencia fue un aviso tan contundente como ignorado: tras un tiro de esquina mal despejado por la zaga albiceleste, el balón quedó muerto en los pies de Ignacio Russo, quien, con la tranquilidad del artillero experimentado, sacó un remate rasante que besó el palo derecho antes de pasearse por toda la línea de sentencia y salir por el costado opuesto, como un fantasma que se esfuma sin dejar rastro. No fue gol de milagro, sino de esas jugadas que el fútbol guarda para advertir a los distraídos.
Racing, sin embargo, optó por hacer oídos sordos a la señal. Y el castigo llegó en forma de destello individual. Gonzalo Martínez, el Pity, ese eterno niño travieso del fútbol argentino, se anticipó con una picardía inusitada a la salida de Colombo, robándole el balón en la puerta del área con la astucia de un ladrón de guante blanco. Soportó la embestida del marcador, mantuvo el equilibrio como un funambulista, y cuando Cambeses se lanzó desesperado, el enganche definió por encima del arquero con la precisión de un cirujano. Era el 1 a 0, pero también el reflejo de una superioridad que ya no admitía discusión. Para entonces, la visita ya había tomado posesión no solo del balón, sino de la confianza, mientras los locales se enredaban en sus propias dudas, incapaces de hilvanar tres pases seguidos sin que el rival les mordiera los talones.
La segunda conquista llegó envuelta en un costoso error del guardameta local, quien calculó mal la trayectoria de un disparo lejano de Martín Garay. El balón, que no llevaba especial veneno, se coló entre sus guantes como un pez escurridizo, y el silencio sepulcral del Cilindro fue la banda sonora perfecta para el delirio de la parcialidad visitante. Parecía que el partido se encaminaba hacia una goleada de proporciones bíblicas, y Tigre estuvo a punto de sentenciar la historia antes del descanso, cuando Russo empujó el balón al fondo de la red, pero el árbitro, atento a una mano involuntaria del delantero, anuló lo que hubiera sido el tercer tanto, un mazazo que, aunque no se concretó, dejó en claro la diferencia abismal entre ambos equipos en ese primer acto.
Con el reinicio de las acciones, la tónica no varió en lo más mínimo. Racing salió con la intención de recomponer su imagen, pero el guion estaba escrito y Tigre se encargó de leerlo con voz firme. Un contragolpe letal, de esos que hacen las delicias de los entrenadores meticulosos, encontró a Russo solo frente al arco, y el atacante, esta vez sin la sombra del VAR para opacar su festejo, conectó un centro desde la derecha para establecer el 3 a 0 que ya era un reflejo exacto de lo visto en el césped. La superioridad era tan evidente que hasta el más optimista de los hinchas locales comenzaba a buscar consuelo en otros horizontes.
Recién cuando el cronómetro señalaba el tramo final, y con Tigre acusando el cansancio natural de quien ha corrido y peleado cada metro, el conjunto de Avellaneda encontró un atisbo de dignidad. El colombiano Duván Vergara, con una volea espectacular que pareció un destello de luz en medio de la tormenta, logró descontar y encender una mínima llama de esperanza. Sin embargo, más allá de algún intento aislado y de un par de aproximaciones que inquietaron más por el ímpetu que por la claridad, la remontada nunca fue una posibilidad real. Tigre, con la experiencia de quien sabe administrar las ventajas, se replegó con orden y supo sufrir cuando fue necesario, pero sin que su arco corriera peligro inminente.
El pitazo final encontró a un Tigre eufórico, celebrando un triunfo que trasciende los tres puntos y que lo reafirma como uno de los animadores del torneo, mientras que Racing quedó sumido en una profunda reflexión, con más preguntas que respuestas, y con la certeza de que en el fútbol, cuando el rival te muestra los dientes desde el inicio, no queda margen para el lujo ni para la especulación. La noche en Avellaneda fue, para el visitante, una demostración de jerarquía; para el local, un recordatorio doloroso de que los partidos no se ganan con historia ni con camisetas pesadas, sino con fútbol, intensidad y, sobre todo, con la claridad de saber qué se hace con la pelota en los pies.
