En un cotejo correspondiente a la tercera jornada del Torneo Clausura, el conjunto de Liniers prevaleció por la mínima diferencia ante el elenco de Avellaneda, apoyándose en la explosividad de sus jóvenes valores para desnivelar un trámite que exigió paciencia y astucia. El homenaje previo al estratega Gustavo Quinteros añadió un condimento emotivo a una velada donde la táctica y la juventud marcaron las diferencias.
En el emblemático escenario del José Amalfitani, bajo el influjo de una noche que prometía emociones encontradas, se desarrolló el enfrentamiento más atractivo de la fecha, aquel que medía a los dos únicos elencos que hasta entonces mantenían su foja de honor inmaculada en el Grupo A. El desenlace, ajustado y vibrante, sonrió al anfitrión, que con un solitario tanto construyó un triunfo de peso específico, otorgándole la cima exclusiva de la zona y consolidando su candidatura en el certamen doméstico. La victoria por la cuenta mínima no solo refleja la eficacia defensiva del equipo dirigido por los hermanos, sino también la irrupción de una camada juvenil que promete ser el sostén del futuro inmediato.
La velada tuvo un preludio cargado de sentimentalismo y reconocimiento institucional, cuando los directivos del club local hicieron entrega de una distinción honorífica a Gustavo Quinteros, el técnico que en la actualidad conduce los destinos del conjunto visitante pero que en el pasado reciente grabó su nombre en la historia del Fortín al conquistar el campeonato dos temporadas atrás. Aquel gesto, más allá de las formalidades del protocolo, subrayó el vínculo irrompible entre el estratega y una afición que aún atesora aquellos momentos de gloria, aunque el afecto quedó momentáneamente suspendido cuando el balón comenzó a rodar y la competencia reclamó su imperio.
Los compases iniciales del trámite evidenciaron un equilibrio casi matemático, con ambos combinados midiendo sus fuerzas en el terreno de juego sin conceder ventajas sustanciales. El conjunto de Avellaneda, sin embargo, pareció desplegar una intención levemente más ordenada en la construcción de sus ofensivas, aprovechando la movilidad y el criterio de sus creadores de juego, especialmente a través de las proyecciones de Montiel y la agudeza de Abaldo, quienes ensayaron las primeras aproximaciones con cierto criterio táctico. No obstante, el primer sobresalto correspondió al dueño de casa, cuando un disparo del chileno Valdés, tras un rebote fortuito en la zaga adversaria, besó el lateral de la red tras un trayecto engañoso que mantuvo en vilo a la platea. La respuesta del Rojo no se hizo esperar, y una jugada laberíntica culminó en una carambola prodigiosa entre el guardameta Marchiori y el defensor Magallán, que desactivó con oportunidad una clara incursión de Montiel que prometía ser peligrosa.
A medida que el cronómetro avanzaba, el esquema táctico de ambos se fue delineando con mayor claridad. En las filas del visitante, el delantero paraguayo Ávalos optaba por replegarse algunos metros para convertirse en un enlace ofensivo, buscando asociarse con sus compañeros y pivotar con inteligencia para generar espacios. En las antípodas, el ariete local Godoy padecía un ostracismo preocupante, víctima del escaso abastecimiento y de la poca profundidad que su socio ofensivo, Lanzini, conseguía imprimir a las acciones ofensivas, mostrándose menos incisivo de lo que su historial sugiere. Si bien la retaguardia del Rojo, con las destacadas actuaciones de Fedorco y Lomónaco, se mostró firme y segura, y el experimentado Marcone cumplió con solvencia como único volante de contención, al equipo de Avellaneda le faltó aquella chispa de determinación en los metros finales y una mayor cuota de participación del talentoso chileno Gutiérrez, cuyo desborde y desequilibrio resultaron insuficientemente explotados.
La primera mitad concluyó con un sabor a poco, con ambos contendientes evidenciando más voluntad que claridad. Un tiro libre ejecutado por Lanzini fue lo más destacado de un cierre de etapa que dejó la sensación de que el encuentro aguardaba su verdadera explosión en el complemento, cuando los cuerpos comenzaran a resentirse y los espacios se hicieran más propicios para la aparición de talentos individuales.
Tras el descanso, la fisonomía del pleito pareció alterarse momentáneamente, con el Fortín mostrando una actitud más decidida a tomar la iniciativa. Apenas reanudado el juego, una transición ofensiva vertiginosa dejó en evidencia las fisuras de la última línea visitante, desbordada por un contragolpe relámpago que Valdés, con el arco a su merced, no supo culminar con la precisión requerida, desperdiciando una ocasión que pudo haber cambiado el rumbo del partido. Esta advertencia, sin embargo, sirvió como catalizador para que el Rojo reaccionara y recuperara el dominio territorial, tejiendo un juego asociado más fluido y vistoso que, no obstante, adolecía de la definición necesaria para quebrar el cero en el marcador.
Fue entonces cuando el banco local movió sus fichas, y el técnico local apeló a la savia de la cantera, otorgando minutos a dos jóvenes de apenas diecisiete años, Escobar y Aguirre, productos genuinos de la prolífica escuela formativa de Liniers. La apuesta por la juventud inyectó una dosis de frescura y desparpajo al ataque local, que comenzó a rondar la portería contraria con mayor asiduidad. Pellegrini, en dos ocasiones consecutivas, dispuso de oportunidades inmejorables para inaugurar el marcador, pero su definición se estrelló una y otra vez contra la seguridad del arquero Rey, quien se erigió como un bastión infranqueable durante largos pasajes del segundo tiempo.
Sin embargo, la ley del fútbol sentenció que el gol, ese elemento escurridizo que tanto se había resistido, acababa por materializarse y lo hizo a través de una acción que encierra la esencia del éxito velezano. El lateral derecho García, con una maniobra habilidosa por el sector derecho, superó a su marcador y envió un centro medido al corazón del área, donde apareció el recién ingresado Thiago Aguirre para conectar un cabezazo certero que se alojó en el fondo de la red, desatando una explosión de júbilo en las gradas del Amalfitani y otorgando una merecida recompensa al empuje final del conjunto local. El festejo, cargado de emoción y adrenalina, fue el reflejo de un triunfo trabajado con inteligencia y paciencia.
Ya con la ventaja en el marcador, el Fortín supo administrar la diferencia con oficio y madurez, replegándose ordenadamente y defendiendo su territorio con uñas y dientes. El visitante, lógicamente, volcó todas sus fichas al ataque en busca de la igualdad, y estuvo a punto de conseguirlo en una jugada individual de Millán, cuyo disparo potente fue contenido de manera magistral por el arquero Marchiori, quien con su estirada evitó lo que hubiera significado un empate dramático en los minutos finales. Esa intervención, de una jerarquía indiscutible, terminó por sellar la suerte del cotejo y confirmar la solidez de un equipo que supo sufrir cuando fue necesario.
Al término del encuentro, la imagen que prevaleció fue la de un Vélez Sarsfield más líder que nunca, erguido en la cima de su grupo con el invicto intacto y la confianza por las nubes. La apuesta por la cantera, la solidez de su estructura defensiva y la capacidad para resolver los partidos cerrados se perfilan como las virtudes de un conjunto que, con esta victoria ante un rival de jerarquía, envía un mensaje contundente al resto de los aspirantes al título. Por su parte, Independiente deberá realizar una autocrítica profunda, especialmente en lo concerniente a su falta de puntería y claridad en el último tramo del campo, aspectos que, sin duda, trabajará para no descolgarse en la pelea. Pero la noche, sin discusión, perteneció al Fortín, que celebró en soledad su condición de puntero absoluto y reafirmó su condición de serio candidato a quedarse con la gloria en este Torneo Clausura.
