El canciller Pablo Quirno se sumó al coro de funcionarios que reclaman la salida de la vicepresidenta, al calificar sus declaraciones como «desafortunadas» y recordar que «compuso una fórmula de Gobierno». El pedido de dimisión se enmarca en una escalada de tensiones internas que amenaza con fracturar el oficialismo, mientras la propia Villarruel contraataca denunciando un intento de desestabilización por parte de «la casta política».
En un nuevo capítulo de la interna que desgarra al espectro gobernante, el ministro de Relaciones Exteriores, Pablo Quirno, elevó el tono de las críticas hacia la vicepresidenta Victoria Villarruel y se plegó al creciente reclamo oficialista para que abandone su cargo. Al ser consultado en una entrevista televisiva, el jefe de la diplomacia argentina no escatimó en durezas al referirse a la postura de la titular del Senado, a quien acusó de obstaculizar el rumbo fijado por el Ejecutivo y de mantener una actitud que calificó como improcedente e incompatible con la lealtad que debe imperar en el binomio presidencial.
El canciller manifestó su malestar ante las últimas intervenciones públicas de Villarruel, señalando que dichas expresiones no hacen más que evidenciar un profundo desacuerdo con las políticas que impulsa el presidente Javier Milei. «Me parecen declaraciones muy poco afortunadas», sentenció Quirno, para luego remarcar con énfasis que la vicepresidenta integra una fórmula electoral que fue refrendada por la ciudadanía en las urnas, y que, en consecuencia, debería acatar las directrices del proyecto de gobierno. En esa línea, el funcionario fue tajante al plantear una disyuntiva: “Si no está de acuerdo con el camino trazado, lo que corresponde es que dé un paso al costado. No resulta aceptable que se hable del Presidente en esos términos cuando todos los miembros del equipo estamos abocados a un enorme esfuerzo para sacar al país adelante”.
Las declaraciones de Quirno no surgieron en el vacío, sino que se inscriben en una ofensiva orquestada desde diversos estamentos del poder ejecutivo y legislativo para marginar a la vicepresidenta. El canciller profundizó sus críticas al recordar episodios que, según su relato, evidencian una temprana intención de la senadora por desestabilizar al mandatario. Al respecto, reveló que en los albores de la gestión, en diciembre de 2023, Villarruel habría mantenido encuentros reservados con distintos actores políticos y sociales en los cuales les aseguró que, ante cualquier contingencia, se hallaba preparada para asumir la primera magistratura en reemplazo de Milei. Quirno sostuvo que esa conducta resultó determinante para resquebrajar la confianza dentro de la dupla ganadora del balotaje y que desde entonces se ha perpetuado una dinámica de roces permanentes.
Con su intervención, el responsable de la cartera de Exteriores engrosó las filas de quienes exigen la renuncia de Villarruel, sumándose al jefe de Gabinete, Diego Santilli, y a la senadora Patricia Bullrich, aunque esta última, si bien no pidió explícitamente la dimisión, no dudó en cuestionarla con una crudeza inusitada. Santilli había sido el primero en disparar la artillería pesada tras un tuit de la vicepresidenta en el que se mofaba del estado anímico y la estabilidad mental de Milei, un mensaje que el coordinador ministerial interpretó como una provocación deliberada y un atentado contra el orden institucional. “Está conspirando contra la República”, afirmó entonces Santilli, al tiempo que le solicitaba que abandone su puesto para no seguir entorpeciendo la labor del Poder Ejecutivo.
La respuesta de Villarruel no se hizo esperar y, lejos de amilanarse, redobló la apuesta mediante un comunicado en redes sociales en el que tildó a sus detractores de integrantes de «la casta política» a la que el presidente Milei habría derrotado en las elecciones de 2023. La vicepresidenta defendió su rol y su derecho a expresar opiniones divergentes, al tiempo que acusó a sus rivales internos de pretender causar un daño deliberado a la institucionalidad. «Esta fue una fórmula mixta que surgió de manera espontánea para quebrar la hegemonía de estos parásitos. Exijo que sean democráticos y que respeten el veredicto popular», escribió Villarruel, en un mensaje que buscó posicionarla como la defensora de la voluntad ciudadana frente a lo que considera un cerco de los sectores tradicionales de la política.
Por su parte, Patricia Bullrich, quien alguna vez ocupara el ministerio de Seguridad, optó por un enfoque diferente pero igualmente corrosivo al centrar su artillería en la gestión de Villarruel al frente del Senado. La legisladora arremetió contra la decisión de la vicepresidenta de habilitar el voto remoto de la senadora Anabel Fernández Sagasti, quien debido a su avanzado estado de gestación no pudo concurrir al recinto para participar en la sesión que trató la controversial ley que autoriza la compra de tierras por parte de extranjeros. Bullrich calificó esa resolución como un “mamarracho jurídico” y cuestionó abiertamente la legalidad del procedimiento, insinuando que se trató de una maniobra para favorecer determinados intereses en el debate legislativo.
La ola de reproches se extendió también al ámbito de la Cámara de Diputados, donde la legisladora Silvana Giudici, con un extenso recorrido en las filas del radicalismo y el PRO, alzó la voz para censurar lo que definió como una contradicción flagrante en el proceder de Villarruel. Giudici recordó con sarcasmo que la vicepresidenta había sido una férrea opositora a que el pleno del Senado interviniera en asuntos internos cuando los legisladores se otorgaron incrementos salariales desmedidos, pero que ahora, sin embargo, no dudó en dictar una resolución que, a su juicio, contraviene el reglamento de la casa para conceder el sufragio a distancia a una colega embarazada. «Hoy se salta las normas a la torera para permitir un voto que no está contemplado, demostrando que su apego a la legalidad es selectivo y funcional a sus propios intereses», disparó la diputada, sumando así un nuevo flanco de ataque a la ya debilitada posición de la vicepresidenta en el tablero político.
El escenario resultante es el de un oficialismo profundamente dividido, donde las acusaciones de traición y deslealtad se entremezclan con los agravios personales y las disputas por el poder. Mientras el canciller Quirno y el jefe de Gabinete Santilli exigen un gesto de coherencia que se traduzca en la renuncia de Villarruel, la vicepresidenta se niega a ceder terreno y contraataca con la misma moneda, en una confrontación abierta que no parece tener un desenlace cercano y que mantiene en vilo a todo el espectro político, a la espera de que el propio presidente Milei defina su postura ante la creciente beligerancia en el seno de su propia fórmula de gobierno.
