Tras la humillante eliminación en la Copa Argentina a manos de Atlético Tucumán, el entrenador del Rojo no esquivó las balas, pidió disculpas públicas, defendió su continuidad y apuntó contra las carencias en la planificación deportiva, mientras el equipo queda reducido a una sola competencia en el semestre.
El eco del silbato final en el estadio de San Juan aún retumbaba en los oídos de los hinchas de Independiente cuando Gustavo Quinteros, con el rostro desencajado y la voz entrecortada, compareció ante los micrófonos para ponerle palabras a lo que ya era un baldón histórico: la caída por 4 a 0 ante Atlético Tucumán, un resultado que no solo significó la despedida prematura de la Copa Argentina, sino que abrió un interrogante feroz sobre el rumbo de un club que lleva años a la deriva. El estratega, lejos de escurrir el bulto, cargó con el peso de la derrota como un lastre y, entre confesiones y reproches velados, trazó un diagnóstico implacable que dejó más preguntas que certezas.
“La verdad es que fue una derrota muy dura, que nos hace muchísimo daño”, admitió el entrenador en un tono que bordeaba la autocrítica más descarnada. “Como entrenador me da vergüenza. Asumo toda la responsabilidad que me corresponde”. Y en un gesto que pocos esperaban, extendió un perdón directo hacia la parcialidad roja: “Le quiero pedir disculpas a la gente, era algo que no se nos pasaba por la cabeza”. Esas palabras, dichas con la garganta seca, sintetizaron el shock de un equipo que había llegado a los octavos de final con la ilusión de dar el golpe, pero que terminó siendo víctima de sus propias fragilidades.
Al desmenuzar el desarrollo del encuentro, Quinteros no encontró atenuantes. Señaló con crudeza el momento del penal fallido como un punto de inflexión que, en lugar de empujar al equipo hacia adelante, terminó por hundirlo en un abismo de desconcierto. “Nos meten un gol y nos derrumbamos”, resumió, como si esa acción hubiera sido el detonante de un derrumbe colectivo. A partir de allí, el Rojo se desdibujó por completo: regaló espacios con una generosidad imperdonable, perdió casi todas las pelotas divididas y vio cómo el rival, con una facilidad pasmosa, se adueñaba del mediocampo y vulneraba una defensa que parecía de papel. “Perdimos todos los duelos defensivos. El rival nos gambeteó fácil. No tuvimos el carácter, ni la personalidad para jugar un partido así”, sentenció, sin ahorrar en calificativos que retrataban una noche para el olvido.
Sin embargo, el momento de mayor tensión llegó cuando la prensa lo interpeló directamente sobre su futuro en el cargo. ¿Renunciará?, preguntaron. Y la respuesta de Quinteros fue un muro de convicción: “Yo al menos como entrenador siempre cumplo con mis contratos. A mí ni se me pasa por la cabeza irme. Salga último o primero, nunca pienso en irme antes”. Lejos de mostrar flaqueza, el técnico transformó la pregunta en un envión anímico: “Al contrario, me da energía para dar vuelta esto”. Con esa declaración, el DT dejó en claro que, pese al golpe, no piensa dar un paso al costado, y que su compromiso con el cargo trasciende los resultados adversos.
Pero la conferencia también tuvo un costado político, casi un mensaje cifrado hacia los despachos de la dirigencia. Quinteros, con la sutileza de quien sabe que cada palabra pesa, trazó un paralelismo entre su llegada al club y la herencia que recibió. Recordó que cuando asumió, el equipo venía de once partidos sin ganar, y que a ellos les llevó cuatro encuentros más romper esa racha negativa. “Se fueron quince jugadores y las cuentas son claras. Es difícil”, enfatizó, para luego lanzar una frase que sonó como un reproche soterrado: “Ni estos jugadores ni el cuerpo técnico somos responsables de una continuidad de fracasos en un club tan grande como Independiente, que hace años no gana títulos”. De esta manera, el entrenador deslindó responsabilidades históricas y puso el foco en la necesidad de un respaldo integral, reclamando lo que consideró una ayuda impostergable para devolver al club al sitial que su grandeza demanda.
En ese mismo tono, Quinteros abordó la espinosa cuestión de los juveniles, sobre todo tras la irrupción del defensor Juan Miguel Arrayago, de apenas diecisiete años, quien ingresó en los minutos finales del partido. Lejos de verlo como una apuesta al futuro, el DT lo planteó como una consecuencia forzada: “Ahora es probable que Arrayago siga jugando porque Fedorco salió con una molestia y Lomónaco con un dolor en el hombro”. Y acto seguido, soltó un comentario que reveló la precariedad del plantel: “Arrayago tiene 17 años y Closter también, con eso contesto muchas cosas”. La frase, cargada de ironía, fue un aldabonazo sobre la falta de recambio y la exigencia desmedida que recae sobre chicos que aún necesitan formación y rodaje para competir al más alto nivel.
El balance global de su gestión, expuesto con crudeza, no dejó lugar a dudas sobre su percepción de la realidad. Quinteros reconoció que el semestre pasado el equipo mostró altibajos —partidos regulares, malos y buenos— y que terminó quinto, una posición que ahora se repite en el Torneo Clausura, donde Independiente ocupa el sexto lugar en la Zona A. Pero su análisis fue más allá: “El plantel es el mismo y necesitamos jugadores con ciertas características que no llegaron como acordamos con la dirigencia. Va a seguir pasando lo mismo, que tengamos partidos buenos como con Estudiantes y otros como hoy”. Esa confesión, casi un lamento, dejó entrever la frustración por las promesas incumplidas en el mercado de pases, y el temor de que la irregularidad se convierta en un mal crónico.
A pesar del golpe anímico y la eliminación, Quinteros no perdió la fe en el certamen local. Con una frase que resume la idiosincrasia del fútbol argentino, afirmó: “Si tenés tres o cuatro partidos que ganás, podés salir campeón”. Y aunque la lógica indique que el camino es cuesta arriba, el entrenador prefiere aferrarse a esa posibilidad antes que rendirse al pesimismo. Su mensaje final, sin embargo, fue una mezcla de autocrítica y pedido de auxilio: “Confío en el trabajo que hacemos y que nos dio alegrías hace poco tiempo, pero por una cosa u otra todavía en Independiente no salió. Esperemos que podamos darle a Independiente lo que merece”.
El horizonte inmediato del Rojo se reduce ahora al Torneo Clausura, y la próxima parada será este lunes a las 17, cuando visite a Lanús en el sur del conurbano. Un partido que, más allá de los tres puntos, se presenta como una prueba de fuego para el ánimo de un plantel golpeado y para la continuidad de un entrenador que, pese a su voluntad férrea, sabe que en el fútbol los contratos a veces pesan menos que los resultados. Mientras tanto, la hinchada de Independiente, que soñaba con una Copa que se esfumó, se pregunta hasta cuándo la historia de fracasos será solo un mal recuerdo o si, por el contrario, seguirá escribiéndose con las mismas páginas amargas.
