El espejismo de la intensidad y la dureza en los cruces opacó la jerarquía individual y el ingenio colectivo. En un encuentro donde la fricción prevaleció sobre la claridad, el Canalla fue de menor a mayor pero careció de la precisión necesaria para vulnerar a un Timao que, aún en inferioridad numérica, supo resguardar el cero. La serie quedará resuelta en el Neo Quimica Arena, con la sombra de las ausencias y la presión económica como telón de fondo.
El fútbol, en su esencia más primitiva, se vistió de pierna fuerte y pierde tiempo en el Gigante de Arroyito. Rosario Central y Corinthians protagonizaron un primer asalto de octavos de final que dejó más dudas que certezas, un empate sin goles que supo a poco y que trasladará toda la emoción a la ciudad de São Paulo. El tablero quedó inalterado, pero el desgaste físico y la acumulación de amonestaciones pintan un escenario de máxima tensión para el desquite del próximo jueves.
El desarrollo del juego evidenció una paradoja: mientras los locales crecían en empuje y ambición a medida que avanzaban los minutos, la producción ofensiva nunca encontró el atajo para perforar la última línea brasileña. La escuadra dirigida por Jorge Almirón mostró una evolución ascendente en su rendimiento, transitando de un inicio errático y sobreexcitado a un cierre donde el dominio territorial fue indiscutible, aunque estéril. La expulsión de Allan, en el tramo final, parecía un salvoconducto para la victoria, pero la férrea resistencia paulista, anclada en sus dos guardianes centrales y en un repliegue organizado, desactivó cada centro y cada pelota detenida con una eficacia que rozó lo quirúrgico.
Los primeros cuarenta y cinco minutos fueron un manual de cómo la ansiedad puede devorar a la estrategia. Agustín Sandez, con tres infracciones en el cuarto de hora inicial, se convirtió en el termómetro de una Central que salió a devorar, pero sin masticar. El tridente ofensivo canalla, conformado por Ángel Di María, Giovanni Cantizano y el recuperado Jaminton Campaz, prometía desequilibrio, pero la conexión entre sus piezas fue intermitente. Campaz, quien regresó a la titularidad en medio de un escándalo por su pretensión de emigrar al fútbol mexicano, fue el más activo en los compases iniciales, con un disparo de media distancia que exigió la primera intervención del arquero Hugo Souza. Sin embargo, la chispa individual no alcanzó para encender un colectivo que se enredaba en pelotazos frontales, un recurso que el propio Almirón cuestionó durante la pausa hidratante, señalando que esa estrategia, al no ejecutarse en diagonal, solo brindaba información anticipada a la zaga rival.
Del otro lado, Corinthians no renunció a su identidad. Bajo la batuta de Fernando Diniz, el Timao se aferró a la tenencia del balón como un dogma, hilvanando salidas desde el fondo con el propio Souza como primer eslabón. La propuesta esteticista, sin embargo, chocó con la asfixia local y derivó en un ida y vuelta donde la interrupción constante fue la protagonista. El árbitro uruguayo Andrés Matonte tuvo trabajo en su planilla, con cinco amonestados en la primera etapa, un reflejo de la aspereza que imperó. En este caldo de cultivo, Rodrigo Garro, el capitán y cerebro paulista que alguna vez fue rechazado en un prueba en Newell’s, no pudo ejercer su rol de director de orquesta, eclipsado por la presión rival y la falta de espacios. La advertencia más clara del conjunto brasileño llegó a través de un remate de Kaio César desde las afueras del área que se perdió por centímetros, y una jugada de pelota parada que estremeció a los rosarinos: un tiro libre de Matheuzinho que cruzó todo el área y encontró a Matheus Bidu en el segundo palo, cuyo remate se estrelló dos veces en el travesaño, un aviso que heló la sangre en las gradas.
El contexto extradeportivo que envuelve al Corinthians añadió una capa de dramatismo al encuentro. El club paulista, actualmente séptimo en el Brasileirao y fuera de la zona de clasificación a la próxima Libertadores, atraviesa una tormenta financiera que amenaza con desestabilizar el proyecto. La decisión de no extender el vínculo con Memphis Depay, el neerlandés mundialista en 2026, provocó un terremoto en la afición y abrió un frente legal que podría costarle al club una cifra cercana a los treinta y cinco millones de dólares entre deudas e indemnizaciones. Esta ausencia, sumada a la baja del artillero Yuri Alberto por una distensión en el muslo derecho, mermó el poder ofensivo del Timao y condicionó su planteamiento. La directiva paulista se encuentra en una encrucijada, evaluando la posibilidad de dar marcha atrás en su decisión para calmar los ánimos de una hinchada que no perdona las decisiones que consideran mezquinas.
En el complemento, la ecuación cambió. Rosario Central, con la rebeldía como estandarte, fue ganando terreno y llevando el partido al campo contrario. Campaz se erigió como la llave maestra, intentando desbloquear la cerradura defensiva, mientras que Franco Ibarra, sostenido por el ingreso de Federico Navarro en reemplazo del chileno Vicente Pizarro, se convirtió en el pulmón del mediocampo. Los destellos de Di María, aunque aislados, mantuvieron viva la ilusión de un público que exigía el grito. Almirón, leyendo el repliegue especulativo del Corinthians, apostó por el doble nueve con el ingreso de Tomás Badaloni en lugar de Cantizano, buscando lastimar con presencia en el área. La expulsión de Allan por doble amarilla parecía el catalizador definitivo, pero el Timao, lejos de desmoronarse, se replegó con orden y se aferró a la épica del empate, despejando cada centro aéreo con la autoridad de Hugo Paulista y Gustavo Henrique.
El histórico entre ambos equipos en la Libertadores, con un único antecedente en 1998 que también definió un octavos de final, parecía un espejo lejano. Aquella serie, con victorias locales y definición por penales en el Pacaembú, fue un torbellino de emociones que contrasta brutalmente con la parsimonia y el roce de este primer capítulo. Ahora, el Neo Quimica Arena será el escenario donde se rompa el equilibrio. Central deberá demostrar que puede ser más que actitud y presión, que puede transformar su dominio en gol; Corinthians, por su parte, buscará hacer valer su condición de local y su experiencia en certámenes internacionales, aunque con las urgencias económicas y las bajas sensibles como lastre. La serie está viva, pero el espectáculo, al menos por esta noche, quedó en deuda.
