Con una actuación sólida y letal, el conjunto de La Plata derrotó con contundencia a la Universidad Católica en suelo trasandino. La estocada inicial del «Tucu» Correa y el cabezazo implacable de Carrillo fueron las llaves que abrieron la puerta a la siguiente ronda del certamen continental, dejando una imagen de firmeza y oficio que ilusiona a su afición.
En una noche donde la altura y el escenario adverso solían ser factores determinantes, el Estudiantes de La Plata compareció ante el Estadio San Carlos de Apoquindo con la serenidad de un equipo grande y la puntería de un aspirante serio. El conjunto dirigido por Eduardo Domínguez no solo supo administrar la ventaja obtenida en el duelo de ida, sino que construyó una actuación de aquellas que se graban en la memoria colectiva, imponiendo su ley con un 3-0 que no admite discusiones. El Pincha, lejos de especular, se adueñó del encuentro desde la inteligencia táctica y la eficacia en los metros finales, desplegando un fútbol de alto voltaje que desmoronó la resistencia del anfitrión y certificó su billete para la siguiente instancia del máximo torneo sudamericano.
Los compases iniciales del pleito ofrecieron un desarrollo parejo, donde la cautela y el estudio mutuo primaron sobre el arrebato. No obstante, esa paridad inicial fue tan efímera como un espejismo, ya que ambos porteros tuvieron que emplearse a fondo para mantener la valla invicta en los primeros compases. La escuadra local, empujada por su público, ensayó una aproximación peligrosa a través de la velocidad de Justo Giani por el sector diestro, cuyo centro envenenado exigió una estirada de reflejos al experimentado Fernando Muslera, quien respondió con la seguridad que otorgan los años de experiencia en compromisos de alta exigencia. No obstante, la respuesta visitante no se hizo esperar, y fue Alexis Castro quien, con un disparo de larga distancia, puso a prueba los reflejos del arquero chileno Vicente Bernedo, en un duelo de artilleros que presagiaba un espectáculo vibrante.
Sin embargo, el partido tomó un giro inesperado antes de la media hora inicial, cuando el volante Tiago Palacios, quien venía siendo una de las piezas claves en el engranaje del mediocampo albirrojo, sintió una molestia física que lo obligó a solicitar su relevo. Lo que en principio podría haber sido un contratiempo mayúsculo para la estructura del equipo visitante, se tornó en el detonante de una exhibición de jerarquía. El entrenador Domínguez no dudó en enviar al terreno de juego a Joaquín Correa, un futbolista de quilates y experiencia en el fútbol europeo, que estaba destinado a convertirse en el protagonista absoluto de la velada. El «Tucu», con su ingreso, no solo inyectó frescura y desequilibrio, sino que infundió una dosis extra de veneno en el ataque platense.
La jerarquía del recién ingresado se hizo palpable en el ocaso del primer tiempo, en una jugada que sintetiza la estampa del delantero de clase. Correa, ubicado en la antesala del área rival, recibió un pase filtrado y milimétrico de Baltasar Rodríguez, un socio ideal que sabe leer los tiempos del partido. Sin conceder un respiro a la defensa chilena, el atacante se perfiló sobre su pierna hábil y sacó un remate raso, colocado y venenoso que se incrustó en el ángulo inferior del arco, dejando sin opciones a Bernedo. Fue un gol de aquellos que desarman estructuras, un latigazo de pura calidad que estableció el 1-0 y que, además, obligó a la Universidad Católica a remar contra la corriente de un resultado que se le escapaba de las manos.
La reanudación del juego trajo consigo la confirmación de lo que se había insinuado en el tramo final del período inicial: el Pincha se sentía más cómodo y manejaba los hilos del partido con una madurez pasmosa. La segunda diana, que prácticamente sentenciaba la eliminatoria, llegó gracias a una jugada labrada por los costados, donde Eros Mancuso demostró que su proyección ofensiva es un arma de gran calibre. El lateral derecho ejecutó un centro con la parábola justa y la violencia necesaria para que Guido Carrillo, el gigante del área, conectara con su testa en el momento y el lugar preciso. El delantero, quien sabe moverse como un depredador en el área chica, remachó el balón al fondo de la red, estableciendo el 2-0 que dejó a los hinchas chilenos sumidos en un silencio sepulcral.
El tanto de Carrillo no solo amplió la diferencia en el marcador, sino que también quebró definitivamente la resistencia anímica del cuadro local. A partir de ese instante, el conjunto trasandino se mostró desordenado y desesperado en su búsqueda del descuento, dejando espacios kilométricos que el experimentado mediocampo de La Plata supo explotar con inteligencia. La victoria no solo se construyó con goles, sino con una férrea defensa que supo leer los momentos de peligro y un arquero Muslera que, aunque no tuvo una tarde de excesivo trabajo, se mostró seguro cada vez que fue requerido. Fue un triunfo de autoridad, donde cada línea funcionó como un engranaje perfecto, desde el último hombre hasta el punta, pasando por un mediocampo que recuperó y distribuyó con una claridad meridiana.
Este resultado no es un simple accidente estadístico, sino la constatación de un proyecto que viene creciendo a pasos agigantados. La capacidad del equipo para sobreponerse a las adversidades, como la lesión de un titular, y la contundencia para definir las acciones de peligro, son atributos que suelen adornar a los conjuntos que trascienden en la competición. La fiesta en el vestuario albirrojo fue un reflejo del esfuerzo colectivo y la ambición de un grupo que no se conforma con haber alcanzado los cuartos de final, sino que mira de reojo el horizonte con la firme intención de seguir avanzando y soñar en grande. Con esta exhibición de fútbol y personalidad, el Pincha no solo se ganó el respeto del continente, sino que encendió la ilusión de su gente, que ya comienza a soñar con las noches mágicas que depara el torneo más codiciado de América.
