El cantor, percusionista y compositor afrouruguayo falleció a los 83 años, tras combatir una neumonía. Referente absoluto de la música popular, su legado trasciende géneros y fronteras, con una obra que fusionó raíces afro, rock, jazz y tango, y una vigencia artística que lo mantenía activo hasta sus últimos días.
El silencio aún no logra imponerse en las orillas del Río de la Plata. La voz que preguntaba con insistencia “¿Quién va a cantar? ¿Quién va a soñar? ¿Quién va a tocar la melodía del amor?” ha dejado de sonar, pero su eco permanece intacto en cada tambor, en cada verso y en cada esquina de Montevideo y Buenos Aires. Ruben “Negro” Rada, uno de los músicos más trascendentes del siglo XX en la región, cerró los ojos este miércoles 26 a los 83 años, víctima de una neumonía que lo mantuvo en lucha durante un mes, según confirmó su entorno familiar. Sin embargo, la noticia de su partida contrasta con la imagen de un artista que se hallaba en plena efervescencia creativa, con proyectos en marcha y la energía de siempre, como si el tiempo hubiera decidido hacer una excepción con él.
Nacido en Montevideo en 1943, Omar Ruben Rada Silva creció en un hogar marcado por la escasez. Una infancia atravesada por la tuberculosis y una internación prolongada no impidieron que su espíritu se inclinara hacia la alegría y la música. Desde muy pequeño, el candombe fue su lengua materna, y la comparsa Morenada su primera escuela. Aquel niño que compartía cama con tres personas en un departamento sin agua caliente ni electricidad, iluminado apenas por velas, se convertiría décadas después en el embajador de un ritmo que supo llevar a los escenarios más diversos, siempre con una sonrisa franca y una entrega absoluta.
Su trayectoria es un mapa de innovación y osadía. Junto a Eduardo Mateo, su cómplice creativo, forjó el candombe beat, una síntesis revolucionaria entre el rock cantado en español y la percusión de raíz africana. Esa dupla, que alcanzó su punto más alto en El Kinto entre 1967 y 1970, dio vida a un sonido único, gestado en las madrugadas playeras y en las conversaciones interminables, con mate amargo y sin bizcochos, pero con una creatividad desbordante. De aquellas jornadas nacieron al menos setenta composiciones, aunque apenas veinte han trascendido, entre ellas la inolvidable “Heloísa”.
Pero Rada no se detuvo en una sola fórmula. Su inquietud lo llevó a transitar por el jazz con Los Hot Blowers, a experimentar con Tótem en los años setenta, a sumarse a Opa junto a los hermanos Fattoruso y Ringo Thielmann para grabar Magic Time, y a establecerse en Buenos Aires durante doce años, donde formó La Banda y dejó una huella imborrable en la escena local. Allí, además, incursionó en la televisión como actor y conductor, con participaciones en Gasoleros y su propio ciclo Lo de Rada, demostrando que su carisma no conocía límites.
Su obra discográfica, vasta y diversa, incluye títulos fundamentales como La Rada, En familia, Adar Nebur, Montevideo y La cosa se pone negra, donde el candombe dialoga con el funk, el jazz y el pop. Canciones como “Candombe para Figari”, “Biafra”, “Las manzanas”, “Botija de mi país” o el inesperado hit “Cha Cha, Muchacha” se convirtieron en himnos que cruzaron generaciones. Pero Rada no fue un músico masivo en términos industriales; fue, en cambio, un artista popular en el sentido más profundo: aquel que habita el corazón de la gente, que se reconoce en sus penas y sus alegrías, y que nunca dejó de ser uno más entre los suyos.
Uno de los gestos más significativos de su madurez artística fue la reivindicación consciente de las raíces afro en la música rioplatense. En 2015, con el doble álbum Tango, Milonga & Candombe, Rada se propuso restaurar la memoria de los esclavos y sus descendientes, aquellos que, según él, aportaron el germen del tango en los antiguos “quilombos”, mucho antes de que el bandoneón y el violín europeos lo revistieran de elegancia. “El tango era música que trajeron los negros de África”, afirmaba con convicción, y explicaba cómo la palabra “tangó” designaba aquellos encuentros bailables en los tambos. Para él, aquel disco no era un capricho, sino una deuda histórica: devolverle a la negritud un lugar que la historia oficial le había negado.
Su compromiso con la memoria no era abstracto. Rada señalaba con claridad que los apellidos de muchos afrouruguayos, como el suyo propio, provenían de los patrones esclavistas. Esa conciencia lo impulsaba a hablar sin rodeos sobre el desconocimiento generalizado del candombe en el mundo, un ritmo que consideraba “madre” y que, a su juicio, permanecía oculto frente a la popularidad del chachachá, el merengue o el reggaetón. “Si yo grabara un disco de candombe en inglés, le pondría The new old rhythm”, decía con ironía, subrayando que lo ancestral, para los oídos desprevenidos, podía sonar tan novedoso como olvidado.
A pesar de los reconocimientos y el cariño popular, Rada nunca se instaló en la comodidad. Hasta el final, mantuvo una agenda febril: preparaba un show con la reunión de Tótem y giraba con Terapia de Murga junto a Agarrate Catalina. Su último trabajo, Candombe con la ayudita de mis amigos (2023), reunió a figuras de la talla de Fito Páez, Pablo Milanés, Adriana Varela, Armando Manzanero y Coti, entre otros, en un gesto que reflejaba su capacidad para tejer puentes entre estilos y generaciones. “Quise hacer cantar a mis amigos y mostrar que cualquier canción en cuatro por cuatro puede ser tocada en candombe”, explicaba entonces, con la humildad de quien sabe que la música es, ante todo, un lenguaje común.
Su paso por Argentina no estuvo exento de momentos difíciles. En el BA Rock de 1971, con Tótem, el público los recibió con hostilidad, porque el candombe beat aún era una rareza en esas tierras. Sin embargo, el tiempo le dio la razón, y años después, con “Rock de la calle”, encontró la conexión definitiva con el público argentino, que lo adoptó como propio. Allí nacieron sus tres hijos, Lucila, Matías y Julieta, quienes compartieron con él el escenario y el oficio, prolongando así el linaje musical.
Rada fue, además, un cronista de su tiempo. Sus letras hablaban de injusticias, de amores cotidianos, de la vida en los barrios pobres, pero también de la fiesta y la resistencia. “Yo soy un tipo alegre —solía decir—. La gente sabe que me río, que soy un relajado, que desafino, que afino. Saben que soy un loco. El que va a ver a Rada sabe que puede pasar cualquier cosa. Pero respeto el espectáculo, la música”. Esa mezcla de humor, ternura y crudeza lo convirtió en un intérprete total, capaz de hacer reír y llorar en el mismo compás.
En sus últimos años, su voz se volvió aún más necesaria. No solo por la calidad de sus interpretaciones, sino por su rol como memoria viva de un continente que sigue lidiando con sus herencias coloniales. “El folklore lo tienen los indios, los únicos dueños de esta tierra. Todos los demás venimos de afuera”, sentenciaba, desarmando cualquier esencialismo liviano. Y aunque se definía como un músico de fusión, siempre supo que su identidad profunda era la del tambor, el que late en el barrio Sur y en Palermo, el que convoca a la danza y al duelo.
Las redes sociales se llenaron de despedidas. El joven músico afrouruguayo Balta le agradeció “por batallar por el sonido de tu gente, por hacernos sentir gente, de este lugar”. Daniel Drexler, con la perplejidad de quien pierde a un faro, escribió: “Sos una presencia tan enorme en nuestras vidas que no entiendo bien cómo se va a ver Montevideo de acá en adelante”. Y es que Rada era, en efecto, parte del paisaje urbano, de la identidad colectiva, de esa manera de estar en el mundo que mezcla el sacrificio con la celebración.
En “Muriendo de plena”, una de sus canciones más queridas, había dejado una instrucción precisa: “Cuando yo me muera / No quiero canto mi pena / Prefiero que se me velen / Bailando una rica plena”. Esa consigna, lejos de ser un simple verso, se ha convertido en el epitafio viviente que sus seguidores cumplen ahora, tamborileando en las calles de Montevideo, en cada rincón donde su música encontró cobijo. Porque Ruben Rada no se fue del todo: su ritmo, su voz y su verdad siguen sonando, como aquel sol que esperaba en la playa junto a Mateo, convencido de que siempre hay una nueva melodía por nacer.
