El Millonario venció 3-2 a Banfield en un partido vibrante, con una producción ofensiva de lujo y una defensa que aún genera interrogantes. El debut del nuevo entrenador dejó luces y sombras en un equipo que busca reencontrarse con su identidad.
En el sur del Gran Buenos Aires, con el césped del Florencio Sola como testigo y una marea violeta tiñendo una de las cabeceras, River Plate inició una nueva etapa. No era un estreno cualquiera: el banco de suplentes lucía un rostro conocido pero con un cargo inédito, el de Leonardo Ponzio, y el equipo, enfundado en una camiseta de color violácea con la franja diagonal característica, salió a la cancha con la intención de dejar atrás fantasmas recientes. Y aunque el resultado final fue favorable (3-2), la actuación dejó tantas certezas como preguntas, un cóctel que alimentará el debate en las próximas jornadas.
El conjunto de Núñez mostró su mejor versión desde el mediocampo hacia el frente, donde el talento individual y la asociación rápida se convirtieron en un arma letal. La noche tuvo un nombre propio: Ángel Correa. El enganche, desequilibrante y eléctrico, tejió una sociedad perfecta con el joven Almada, generando una corriente de juego que desbordó a la defensa local. Cada pared, cada desmarque, cada triangulación entre Correa, Almada, el certero Driussi y el movedizo Andrada, fue un anuncio de peligro. El primer grito de gol, una obra de arte, llegó tras un toque sutil de Driussi al ras del piso, la devolución aérea de Correa y una volea impecable del primero que se estrelló contra la red, dejando sin respuesta al arquero Rodríguez.
Pero River no se conformó con la ventaja. Siguió insistiendo, y aunque dos remates de Almada y Galván se estrellaron en los postes, la insistencia tuvo su recompensa. Un penal, generado por la velocidad y astucia de Almada al anticiparse a un defensor, fue ejecutado por el mismo jugador. Si bien el VAR detectó una mínima infracción de un defensor de Banfield al momento del remate, obligando a repetir la acción, el volante no titubeó: cambió de palo y envió el balón al fondo de la red, firmando el segundo tanto. El tercero, sin embargo, llegó en un momento clave. Galván habilitó a Correa, quien tropezó y cayó, pero con una velocidad y reacción sorprendentes se levantó, esquivó la marca y clavó un disparo al primer palo. Ese gol, más que un tanto, fue una metáfora del partido y quizás de la era que comienza: cuando el equipo parecía tambalearse, encontró la fuerza para levantarse y recuperar su imagen.
Sin embargo, el fútbol es un juego de equilibrios, y Banfield, lejos de rendirse, demostró por qué el partido se transformó en un espectáculo vibrante. Durante el segundo tiempo, el Taladro ajustó sus líneas, creció en el mediocampo y comenzó a generar peligro. El descuento llegó tras un centro de Abraham, un cabezazo de Machado, un manotazo del arquero Beltrán y la definición oportunista de Sepúlveda, que solo tuvo que empujar el balón a un metro del arco. El segundo fue aún más vistoso: una brillante media vuelta de Sepúlveda, que tras un toque sutil de Beltrán, se convirtió en un gol de antología, encendiendo las alarmas en la defensa millonaria.
La emoción se mantuvo hasta el final. Sobre la hora, Sepúlveda festejó un tercer tanto que hacía presagiar un empate agónico, pero el fuera de juego, detectado por una diferencia de apenas treinta centímetros, anuló la celebración. Esa mínima distancia evitó que los titulares se llenaran de críticas lapidarias como «River no puede con sus fantasmas» o «sale Coudet, entra Ponzio, pero todo sigue igual». Sin embargo, el triunfo tampoco será suficiente para callar las voces que, con la misma premura, ya empiezan a sentenciar que «se nota la mano del nuevo entrenador».
La realidad, como suele suceder, se encuentra en un punto intermedio. River posee un plantel de jerarquía indiscutible, con individualidades capaces de resolver partidos por sí mismas. El triunfo ante Banfield, más allá de las formas, otorga un bálsamo de tranquilidad y funciona como un catalizador para la autoestima de un grupo que necesita recuperar la confianza. El engranaje ofensivo, con sus mecanismos de precisión y toque, funciona como un reloj suizo, pero el conjunto aún adolece de una alineación defensiva más firme y un balance que evite los sobresaltos. Cuando ese engranaje trasero se ajuste, cuando la retaguardia encuentre la misma sincronía que el ataque, entonces el Millonario podrá rodar con la solidez que sus hinchas exigen. Por ahora, el estreno de Ponzio deja un sabor agridulce: la promesa de un fútbol vistoso y la deuda de una solidez que aún está en construcción.
