El observatorio más vasto jamás construido por la humanidad despegó desde Florida con la ambición de cartografiar miles de millones de galaxias, desentrañar los misterios de la energía oscura y fotografiar mundos lejanos, en una misión que podría derribar los pilares de la física tal como la conocemos.
En la madrugada del domingo, cuando el reloj marcaba las 7:26 en la costa este de Estados Unidos, el cohete Falcon Heavy de SpaceX encendió sus motores y rompió el silencio del Centro Espacial Kennedy, en el corazón de Florida. Bajo su carenado viajaba un coloso de la tecnología: el telescopio espacial “Nancy Grace Roman”, el observatorio panorámico más descomunal que jamás haya salido de la Tierra. Su destino, un punto de equilibrio gravitacional situado a 1,6 millones de kilómetros, donde las fuerzas del Sol y nuestro planeta se anulan para ofrecer un refugio estable desde el que escudriñar lo inescrutable.
La NASA confirmó, una hora y veintitrés minutos después del despegue, que los paneles solares y el parasol inferior del artefacto se habían desplegado sin contratiempos, un primer suspiro de alivio en una travesía que se prolongará durante tres meses. En los días subsiguientes, la antena de alta ganancia y la cubierta protectora de la apertura completarán su expansión, mientras los ingenieros ejecutan la primera de dos correcciones de rumbo y activan el coronógrafo, un instrumento concebido para probar tecnologías que, en el futuro, permitirán obtener instantáneas directas de planetas rocosos semejantes al nuestro, en la eterna pesquisa de señales de vida más allá del sistema solar.
Pero el verdadero corazón de Roman, su ojo principal, permanecerá inerte durante algunas semanas más. Se trata de la Cámara de Campo Amplio infrarroja, un prodigio de 300 megapíxeles que alberga dieciocho detectores 4K y que, una vez encendida, barrerá el firmamento a una velocidad mil veces superior a la que alcanza el legendario Hubble. Durante los tres meses de puesta en servicio, los científicos dedicarán cada jornada a calibrar y verificar cada uno de los sistemas, y la agencia espacial estadounidense ha anunciado que las primeras imágenes oficiales no verán la luz hasta los albores de 2027.
“Roman nos obsequiará con un nuevo atlas del universo, ampliará las fronteras del descubrimiento”, proclamó Jared Isaacman, administrador de la NASA, apenas consumado el lanzamiento. Y no es una exageración: su campo de visión es cien veces más extenso que el del Hubble, lo que le permitiría, en un solo mes de observaciones, rastrear la totalidad de la Vía Láctea y registrar hasta la mitad de sus estrellas, generando un catálogo estelar que superaría en magnitud a cualquier otro existente. Para que el veterano Hubble lograra una empresa semejante, habría necesitado un siglo entero de trabajo ininterrumpido.
Los científicos de la NASA no ocultan su expectación, pues en los últimos años han surgido indicios preocupantes de que el llamado “modelo estándar” del cosmos cojea. Discrepancias en la constante de Hubble –el parámetro que mide la velocidad de expansión del universo– sugieren que nuestra comprensión actual podría estar profundamente equivocada. Roman, con su mirada infrarroja y su capacidad para observar más de 2.000 millones de galaxias, proporcionará mediciones tan precisas que muy probablemente termine por demoler ese modelo y obligue a reescribir los manuales de física. Además, su coronógrafo, capaz de anular el resplandor cegador de las estrellas, permitirá fotografiar planetas vecinos a esos astros y podría multiplicar por cuarenta el número de exoplanetas conocidos hasta la fecha.
La gran ventaja de este observatorio frente a sus predecesores –el propio Hubble y el majestuoso James Webb, considerado el telescopio más poderoso forjado por la inteligencia humana– reside en su amplitud de campo. Mientras que aquellos enfocan con nitidez detalles minúsculos, como las hojas y los pájaros en la copa de un árbol lejano, Roman abarca el bosque entero sin perder un solo tronco. Y, al mismo tiempo, es capaz de aproximarse a las ramas con la misma claridad. Esa doble destreza se traduce en un torrente de información: cada jornada transmitirá once terabytes de datos, el equivalente a descargar unas 350 películas en resolución 4K Ultra HD cada veinticuatro horas. Para desplegar una única imagen completa de sus rastreos, se necesitarían más de medio millón de pantallas de esa resolución, una cifra que roza lo inconcebible.
Bautizado en honor de la primera astrónoma jefe de la NASA, el telescopio centrará buena parte de su atención en el abarrotado corazón de nuestra galaxia, una zona que escudriñará cada doce minutos y medio con una perseverancia metronómica. Con cada barrido, Roman no solo recolectará luz; recolectará preguntas. Y, muy probablemente, también algunas respuestas que sacudan los cimientos de la ciencia, mientras nos entrega, píxel a píxel, el mapa más completo y asombroso del universo que jamás hayamos contemplado.
