No hizo falta un gol olímpico, una rabona ni un escorpión para que Lionel Messi se ganara un lugar en el panteón de los dioses del balón. Su hazaña fue más silenciosa, más persistente: veinte años de reinado ininterrumpido, una hegemonía que redefinió la noción de lo posible y que ahora, con su retiro de la Selección Argentina, deja un vacío que trasciende las fronteras del deporte.
El fútbol, ese invento caprichoso que convierte a los mortales en leyendas con apenas un par de destellos, suele ser generoso con quienes firman su nombre en la historia con una jugada única. Están los que se inmortalizaron con un tiro desde el córner, como Cesáreo Onzari; los que inventaron gestos imposibles, como la rabona de Ricardo Infante o el escorpión de René Higuita; los que bailaron entre piernas rivales, como Zidane en su calesita; o los que desafiaron la gravedad con un penal picado, como Panenka. También hay lugar para los estrategas, los revolucionarios tácticos, los que supieron estar en el momento exacto de una final, los coreógrafos de festejos inolvidables, los acumuladores de trofeos y hasta los ídolos sin títulos, forjados en el dolor de la derrota. Pero entre tanto virtuosismo, ¿qué hizo Lionel Messi para situarse en la cúspide de todas las cumbres?
La respuesta no se encuentra en un instante, ni en una foto fija, ni en una anécdota que pueda encerrarse en un relato breve. Messi no inventó ningún movimiento, aunque si hubiera que elegir uno que lo defina, ese sería el enganche desde la derecha hacia el centro para rematar con su zurda implacable. Tampoco se le conoce por un festejo característico, porque sus celebraciones fueron tantas y tan variadas como sus conquistas: el homenaje a Diego Maradona con la camiseta de Newell’s, el abrazo liberador tras la Copa América 2021, las lágrimas en Qatar o incluso aquella borrachera juvenil en el micro del Barcelona. No hay un segundo exacto, un destello único, que pueda contener la grandeza de Messi. Su legado no se mide en momentos, sino en décadas.
Lo que separa a Messi del resto es su longevidad, su resistencia en la cima. Veinte años ininterrumpidos como el mejor del mundo, una proeza que no tiene parangón en la historia del deporte. Mientras otros astros brillan con intensidad fugaz, él sostuvo una luz perpetua, redefiniendo los límites de lo creíble hasta convertirlos en moneda corriente. Sus cifras goleadoras, aquellas que antes solo existían en videojuegos o en los archivos polvorientos de los estadígrafos más obsesivos, quedaron pequeñas frente a la magnitud de su obra. Los nuevos talentos, por más prometedores que sean, parecen jugar en otra liga cuando se les compara con sus registros.
Pero Messi no solo transformó los números; alteró también la percepción del tiempo y la noticia. Un partido con uno o dos goles suyos dejó de ser extraordinario para volverse rutinario, y los medios comenzaron a medir sus actuaciones con otros parámetros. El término hat-trick se popularizó hasta la saciedad, y los rivales, débiles o poderosos, reconfiguraron su relación con él. Los equipos menores celebraban el sorteo que los emparejaba con su equipo, porque sabían que esos noventa minutos les garantizarían un lugar en el escaparate mundial. Los grandes, en cambio, temblaban ante la posibilidad de cruzarse con su zurda. Sus marcadores personales alternaban patadas y agarrones con súplicas por su camiseta, tanto durante el partido como después, en el túnel de vestuarios. Si Roger Federer confesó haber usado más de cinco mil vinchas y siete mil pares de medias en su carrera, ¿cuántas camisetas habrá regalado Messi a sus colegas a lo largo de dos décadas?
Por todo esto, su despedida de la Selección Argentina no es un simple adiós. Es el cierre de una época, no solo para su país, sino para el fútbol mundial. Porque en la carrera de Messi, el conflicto que dio forma a su grandeza no fueron los clubes —donde todo fluyó con naturalidad, bendecido por la coincidencia con Pep Guardiola y un mediocampo legendario—, sino la camiseta albiceleste. Allí, en esa lucha interminable por un título que parecía esquivarlo, Messi se humanizó. Las derrotas consecutivas, las finales perdidas, la frustración compartida con millones de argentinos, lo convirtieron en un ídolo que sufría como cualquier hincha. Su dolor fue el dolor de todos, y esa búsqueda aparentemente imposible agigantó su figura, marcando a una generación que se sintió más identificada con la consagración personal de su héroe que con la del país mismo. Una generación que necesitaba un mito propio, como lo tuvieron los contemporáneos de Maradona, y que encontró en Messi a un referente que trascendió fronteras: desde Bangladesh hasta Qatar, el mundo entero se emocionó con sus lágrimas y alentó su redención.
Con el tiempo, la carrera del crack se volvió dependiente de la Selección. ¿Quién recuerda con detalle su paso por el París Saint-Germain o sigue sus incursiones en la liga estadounidense? Messi es grande porque vistió la albiceleste, y la Selección recuperó su esplendor gracias a él. Por eso su retiro marca un antes y un después. Casualidad o destino, la gloria máxima le llegó un año después de su divorcio del Barcelona, como si el éxito simultáneo fuera demasiado poder para una sola persona. Como por arte de magia, sus mejores actuaciones cambiaron el blaugrana por el celeste y blanco, y sus clásicos dejaron de ser contra el Real Madrid o el Manchester United para convertirse en batallas épicas frente a Francia, Brasil e incluso Inglaterra. Así, en el ocaso de su carrera, atrapó lo único que le faltaba: un triunfo eterno, cargado de simbolismo, que selló su grandeza.
Y, como si todo esto fuera poco, Messi reafirmó tradiciones y costumbres que parecían olvidadas. Si un futbolista es zurdo, bajito y, sobre todo, argentino, los defensores del mundo tiemblan. Él llevó ese arquetipo a su máxima expresión, demostrando que la genialidad no necesita de artificios ni de momentos únicos, sino de constancia, de resistencia y de una pasión que no se apaga con los años. Su legado no es un instante, sino una era. Y ahora que esa era termina, el fútbol se queda huérfano de su más longevo soberano.
