Del 11-S al poder algorítmico: la vigilancia, Silicon Valley y la nueva disputa por América

Del 11-S al poder algorítmico: la vigilancia, Silicon Valley y la nueva disputa por América

A veinticinco años de los atentados que cambiaron la política internacional, el mundo atraviesa una nueva etapa marcada por la expansión de la vigilancia digital, la inteligencia artificial y la concentración del poder tecnológico. La creación de Palantir, impulsada por Peter Thiel y vinculada desde sus comienzos con los organismos de inteligencia estadounidenses, representa una de las expresiones más contundentes de ese proceso. En paralelo, la experiencia de Cybersyn en el Chile de Salvador Allende plantea un contraste histórico sobre dos formas opuestas de utilizar la tecnología: una orientada a la planificación colectiva y otra centrada en la predicción, el control y la acumulación de poder.

El 11 de septiembre de 2001 quedó grabado como una de las fechas decisivas de la historia contemporánea. Los ataques contra las Torres Gemelas, en Nueva York, y contra el Pentágono, en Washington, no sólo provocaron una conmoción internacional y modificaron para siempre la política exterior de Estados Unidos. También abrieron las puertas a una transformación profunda en los mecanismos de seguridad, inteligencia y vigilancia empleados por los Estados.

El atentado contra las Torres Gemelas significó mucho más que el comienzo de una guerra contra el terrorismo: fue también el punto de partida de una nueva arquitectura tecnológica destinada a observar, cruzar y analizar cantidades cada vez mayores de información sobre las personas.

Apenas 45 días después de los ataques, el entonces presidente estadounidense George W. Bush promulgó el Acta Patriótica, una legislación que amplió de manera significativa las facultades de las agencias de seguridad y estableció nuevas herramientas para combatir el terrorismo. Bajo el argumento de evitar otro ataque de semejante magnitud, el Estado norteamericano comenzó a disponer de mayores capacidades para acceder a información, monitorear comunicaciones y construir gigantescas bases de datos.

En ese contexto nació una de las compañías que con el paso del tiempo se convertiría en un actor central de la relación entre tecnología, inteligencia y poder político. Menos de dos años después del atentado, un joven Peter Thiel impulsó la creación de Palantir, una empresa que comenzó estrechamente vinculada con el aparato de inteligencia estadounidense y que, con el transcurso de las décadas, amplió su influencia hasta convertirse en un proveedor estratégico para distintas áreas del Estado.

La lógica detrás de Palantir parte de una conclusión surgida de los errores que precedieron al 11-S. Para Thiel, el problema fundamental no había sido que las agencias estadounidenses carecieran de información sobre las amenazas, sino que los datos estaban dispersos, aislados en diferentes organismos y sistemas, sin una herramienta capaz de integrarlos y analizarlos de manera simultánea.

El desafío, entonces, consistía en reunir enormes volúmenes de información, relacionarlos entre sí y permitir que una estructura central pudiera encontrar patrones que resultaran invisibles cuando cada dato era observado por separado.

Palantir convirtió esa concepción en un modelo tecnológico: reunir información fragmentada, procesarla mediante sistemas informáticos y ofrecer a quienes toman decisiones una representación integrada de la realidad.

La dimensión alcanzada por ese modelo permite comprender hasta qué punto cambió la relación entre tecnología y poder. Los sistemas actuales pueden trabajar con datos provenientes de millones de dispositivos, registros y plataformas, muchas veces sin que los individuos sepan con precisión qué información sobre ellos está siendo procesada, combinada o utilizada.

Pero detrás de esta transformación tecnológica existe también una disputa mucho más antigua acerca del sentido que debe tener la utilización de la información y de las herramientas digitales.

Dos modelos frente a frente

Décadas antes de la creación de Palantir, Chile había desarrollado una experiencia tecnológica extraordinariamente innovadora para su época. Durante el gobierno de Salvador Allende, el proyecto Cybersyn buscó utilizar las herramientas disponibles en aquellos años para mejorar la planificación de la economía nacional y permitir una comunicación más eficiente entre las empresas estatales y el gobierno.

El proyecto, asociado al científico británico Stafford Beer, pretendía construir una suerte de sistema nervioso capaz de recibir información desde distintos puntos de la economía y transmitirla hacia los centros de decisión. La idea era aprovechar la tecnología para administrar mejor los recursos, anticipar problemas productivos y favorecer una gestión económica coordinada.

La comparación con el modelo que posteriormente encarnaría Silicon Valley permite observar dos concepciones radicalmente diferentes acerca del uso de la información.

Mientras Cybersyn imaginaba la tecnología como una herramienta para coordinar la producción, ampliar la capacidad de planificación y distribuir decisiones y beneficios, el modelo desarrollado posteriormente por buena parte de Silicon Valley puso el acento en la predicción, la valorización financiera y la concentración de las capacidades de decisión.

No se trata solamente de una diferencia tecnológica. Es, fundamentalmente, una divergencia política acerca de quién controla los datos, quién interpreta la información y quién tiene la capacidad de tomar decisiones a partir de ella.

En un caso, la tecnología aparece subordinada a un proyecto de organización económica colectiva. En el otro, se convierte en un instrumento capaz de generar ventajas estratégicas para gobiernos, fuerzas de seguridad y grandes corporaciones privadas.

Esa tensión adquiere una dimensión todavía mayor en el presente, cuando la inteligencia artificial, los sistemas de vigilancia y el procesamiento automatizado de datos se expanden a una velocidad inédita.

La herencia de dos historias

El escenario internacional actual puede ser interpretado, en parte, como la convergencia de procesos que comenzaron mucho antes de la irrupción de la inteligencia artificial. Por un lado, se encuentra la expansión del neoliberalismo y su relación histórica con determinadas estructuras de poder económico y político. Por otro, aparece el crecimiento de un complejo tecnológico nacido en Silicon Valley que ha logrado penetrar profundamente en las instituciones estatales.

La combinación entre poder económico, tecnología, vigilancia e inteligencia artificial está configurando una nueva etapa en la disputa por el control político y estratégico del continente.

Desde esta perspectiva, resulta difícil analizar fenómenos como el ascenso de Javier Milei en Argentina o el regreso de Donald Trump al centro de la política estadounidense sin observar también la transformación tecnológica que atraviesa al poder contemporáneo.

Las nuevas derechas no operan únicamente mediante discursos, medios tradicionales o estructuras partidarias. También se desarrollan en un ecosistema digital en el que los datos permiten segmentar públicos, identificar comportamientos, anticipar tendencias y construir estrategias políticas cada vez más personalizadas.

La tecnología dejó de ser simplemente una herramienta auxiliar de la política para convertirse en uno de sus principales escenarios de disputa.

Y mientras esa transformación avanza, Estados Unidos vuelve a mirar hacia América Latina con una intensidad que combina intereses económicos, estratégicos y geopolíticos.

Milei y Trump, frente a un escenario cada vez más complejo

El contexto tampoco resulta sencillo para los dos dirigentes que representan, desde Washington y Buenos Aires, una parte significativa de esta nueva configuración política.

Tanto Milei como Trump atraviesan un período marcado por dificultades políticas, económicas y geopolíticas que ponen a prueba el respaldo obtenido en las urnas.

En Argentina, el gobierno de Milei enfrenta una de sus principales contradicciones en materia económica. La inflación, que constituyó uno de los ejes centrales de su campaña electoral, continúa siendo un problema estructural y limita la recuperación de variables fundamentales como los salarios, el empleo y el nivel de actividad.

El desgaste económico comienza a impactar sobre las expectativas de una recuperación que, hasta hace poco, era presentada como una de las principales fortalezas del oficialismo. Incluso sectores de economistas que tradicionalmente respaldaron las políticas del Gobierno comenzaron a advertir sobre las dificultades para que esa mejora se traduzca rápidamente en una recuperación significativa de los ingresos y de la actividad productiva.

En Estados Unidos, Trump enfrenta una situación diferente, aunque atravesada por una problemática igualmente compleja. La escalada de los conflictos en Medio Oriente volvió a colocar al precio del petróleo y a la seguridad energética en el centro de la escena internacional.

La guerra y las tensiones alrededor de las rutas de transporte de hidrocarburos pueden generar consecuencias que exceden ampliamente las fronteras de la región. Cada interrupción del suministro, cada ataque contra infraestructura estratégica y cada amenaza sobre las principales vías marítimas tiene capacidad para repercutir sobre los mercados internacionales.

El conflicto en Medio Oriente vuelve así a transformarse en un problema global.

El petróleo vuelve a convertirse en un arma geopolítica

Durante los últimos días se intensificaron los ataques contra embarcaciones vinculadas con el transporte de petróleo, aumentando la preocupación por la seguridad de las rutas marítimas.

La situación adquiere especial importancia en torno al Mar Rojo y al estrecho de Bab el Mandeb, un corredor estratégico para el comercio internacional. Cualquier alteración prolongada de esa vía puede incrementar los costos del transporte, modificar las rutas comerciales y ejercer presión sobre el precio de los combustibles.

Al mismo tiempo, los ataques contra infraestructura energética en Medio Oriente agregan un nuevo factor de incertidumbre. La posibilidad de que la producción petrolera o los mecanismos utilizados para trasladarla hacia los mercados internacionales sufran interrupciones constituye una amenaza directa para la estabilidad económica mundial.

En este escenario, la política exterior de Estados Unidos vuelve a encontrarse ante una disyuntiva: intervenir con mayor intensidad para proteger a sus aliados y garantizar el flujo energético o limitar su participación para evitar quedar atrapado en una nueva escalada militar.

La respuesta de Washington tendrá consecuencias que no se limitarán a Medio Oriente.

Porque cuando Estados Unidos enfrenta dificultades para sostener su influencia en una región estratégica, su mirada puede desplazarse hacia otros territorios considerados fundamentales para sus intereses económicos y de seguridad.

Y allí aparece América Latina.

América Latina, cada vez más cerca del centro de la disputa

La creciente importancia de los recursos naturales latinoamericanos, desde los hidrocarburos hasta los minerales estratégicos necesarios para la industria tecnológica, convierte al continente en un espacio cada vez más relevante dentro de la competencia global.

El avance de China en América Latina, la disputa por el control de recursos críticos, la importancia del litio, el cobre y otros minerales esenciales para la transición energética y el desarrollo de nuevas tecnologías agregan nuevos elementos a una competencia que ya no se limita al terreno militar.

El continente americano se encuentra nuevamente en el centro de una disputa por recursos, influencia política, mercados y capacidad tecnológica.

Desde Groenlandia hasta Tierra del Fuego, el territorio aparece atravesado por intereses que exceden ampliamente las fronteras nacionales.

En ese contexto, Argentina adquiere una importancia particular por su disponibilidad de recursos energéticos, minerales estratégicos, producción agropecuaria y posición geográfica. La orientación internacional del gobierno de Milei, caracterizada por un estrecho alineamiento con Washington, se inscribe dentro de esta nueva etapa de competencia geopolítica.

La cuestión central, entonces, no pasa únicamente por determinar quién controla los recursos naturales. También resulta decisivo establecer quién posee la capacidad tecnológica para procesar la información, anticipar movimientos, administrar infraestructuras y tomar decisiones.

Ese es el punto en el que las historias de Cybersyn y Palantir vuelven a encontrarse.

Una nació como un intento de utilizar la tecnología para organizar colectivamente la economía. La otra surgió en el nuevo escenario de seguridad creado después del 11-S y terminó convirtiéndose en una de las expresiones más poderosas de la convergencia entre inteligencia, tecnología y Estado.

Veinticinco años después de los atentados que modificaron el orden mundial, aquella transformación iniciada bajo la bandera de la lucha contra el terrorismo continúa expandiéndose hacia nuevas áreas de la vida social y política.

La vigilancia digital, la inteligencia artificial, el análisis masivo de datos y la automatización de decisiones ya no pertenecen al terreno de la ciencia ficción. Forman parte de la estructura cotidiana del poder.

La pregunta que queda abierta es qué modelo terminará imponiéndose.

Si la tecnología será utilizada principalmente para ampliar la capacidad de planificación y distribuir conocimiento y decisiones, como pretendía la experiencia de Cybersyn, o si continuará avanzando hacia un esquema en el que los datos se conviertan en una herramienta de predicción, vigilancia y concentración de poder.

En medio de esa disputa, América Latina vuelve a ocupar un lugar estratégico.

Y cada nueva crisis internacional, cada tensión energética y cada reconfiguración del poder global pueden hacer que la presión sobre el continente aumente todavía más.

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