A 50 años de la Noche de los Lápices, la memoria sigue viva en la casa de Gonnet

A 50 años de la Noche de los Lápices, la memoria sigue viva en la casa de Gonnet

Marta Ungaro conserva cada objeto y cada recuerdo de su hermano Horacio, secuestrado en 1976, y repasa una vida dedicada a la búsqueda de verdad y justicia junto a las Madres de Plaza de Mayo

En la casa de Gonnet donde nacieron ella y sus hermanos, Marta Ungaro resguarda la memoria de Horacio como un tesoro irrenunciable. Cada rincón de la vivienda alberga un objeto que funciona como amuleto protector de un pasado que se niega a desaparecer. Los libros que Horacio leía cuando irrumpieron en su habitación aún descansan sobre la mesa. En una silla permanece el guardapolvo que estaba pintando para lucir en los festejos por el Día del Estudiante. Y su rostro, con las pecas que lo caracterizaban, se reproduce en la pancarta que su madre, Olga Ferdman, solía portar en cada reclamo para exigir que dijeran dónde estaba su hijo.

Marta no solo es hermana de un detenido-desaparecido. Su propia historia se entrelaza con el movimiento de derechos humanos desde sus albores. Participó en las primeras marchas de las Madres de Plaza de Mayo y conoció a Azucena Villaflor, fundadora de la organización. Junto a su madre recolectaron fondos para costear la solicitada que se publicó el 10 de diciembre de 1977, la misma que desencadenó el operativo que terminó con el secuestro de Azucena, Mary Ponce de Bianco y Esther Careaga. También integró el grupo de familiares que se reunió con la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para denunciar la desaparición de adolescentes.

A horas de conmemorarse un nuevo aniversario de la Noche de los Lápices, Marta abrió las puertas de su hogar para repasar medio siglo de una búsqueda que no cesa. Mientras apura un sorbo de café que sirvió momentos antes Jorge, su compañero de vida, reflexiona: «Tengo la tranquilidad de haber hecho todo lo que pude por mi hermano, y de seguir haciéndolo. Puedo mirar su foto —que tengo por todos lados— y estar tranquila, porque yo siempre me pregunto qué puedo hacer».

El recuerdo de aquella madrugada

La memoria de Marta se remonta a la madrugada del secuestro de Horacio, ocurrido el 16 de septiembre de 1976 cuando cursaba sus estudios en el Colegio Normal de La Plata. Su madre llegó a avisar. Corrieron al departamento y ella observó que la persiana estaba levantada. Era un quinto piso. Al mirar hacia abajo descubrió los libros que su hermano estaba leyendo, aquellos que tenía en la mesita de luz. «Me acuerdo de que se estaba haciendo un licuado y me dice: ‘A mí los libros nunca me los van a agarrar. Yo los voy a cuidar'», evoca. «Siempre pienso qué fuerza tiene que haber tenido un chico de 17 años para ir a la escuela con todo lo que estaba pasando. Se había estado pintando el guardapolvo la noche anterior porque el 21 festejaban el Día del Estudiante. No terminó de pintar la lágrima. Él ya demostraba en su guardapolvo lo que estaba pasando en el país».

Horacio quería estudiar medicina. Marta lo imagina luchando contra el Covid o trabajando en el Impenetrable, o quizás en Gaza en estos tiempos. Era un lector voraz. Ella quiso afiliarlo al Partido Comunista cuando tenía trece años y él se negó. Citaba a José Ingenieros y sostenía que quien sigue un ideal sin comprenderlo bien es un fanático. En la casa familiar la política no era un tema para ocultar. Su padre era dirigente comunista y su madre también.

Los primeros pasos de una búsqueda colectiva

Las familias comenzaron a actuar de manera conjunta casi de inmediato. Al día siguiente de los secuestros, Nelva Falcone llegó a la casa. Marta trabajaba en un corretaje de vino y le avisaron que también había desaparecido el hijo de la familia López Muntaner, así que fue a verlos al almacén que tenían. De su casa también desapareció Daniel Racero, de modo que siempre realizaron los trámites juntos. El 17 de septiembre, a las 8.30 de la mañana, ya estaban en el juzgado presentando el hábeas corpus. Su padre tuvo que redactarlo por derecho propio porque nadie quería hacerlo. Él era físico e ingeniero, nada que ver con las leyes. A los quince días secuestraron a su hermana Nora cuando fue a la casa de Daniel Racero. La primera noticia que tuvieron de Horacio llegó a través de Nora.

La llevaron al Pozo de Quilmes y allí vio a Emilce Moler, quien le contó que había estado con Horacio en Arana. Los propios represores decían que habían estado los chicos del boleto. Cuando liberaron a Nora, su padre, con mucha insistencia, le pidió que anotara todo lo que sabía porque iba a llegar el día en que lo podría contar. Y así fue. El padre de Emilce, que era comisario retirado, se presentó en la casa y confirmó que Nora había estado en Arana y Quilmes.

El contacto con Pablo Díaz también resultó clave. A Pablo lo secuestraron el 21 de septiembre de 1976. Cuando lo legalizaron, pesaba treinta y pico de kilos. La familia pudo visitarlo recién a finales de febrero de 1977. En la primera visita, él mandó a decir que había estado con los chicos. Su hermana fue a avisar a la casa de los Falcone. Cuando salió de la cárcel, lo primero que hizo fue ir a la Plaza. Fue muy impactante porque todas las Madres sacaban las fotos para preguntarle si había estado con sus hijos.

La militancia de Olga y la búsqueda de los responsables

La militancia de su madre con las Madres fue inmediata. Le avisaron que había un grupo que se reunía en Buenos Aires y se sumó enseguida. Fue con Nelva Falcone. Después se conformaron las Madres en La Plata. Marchaban los miércoles y los jueves en Plaza de Mayo. Olga usaba un pañuelo bordado con el nombre de Horacio y el de Daniel Racero. Murió en 1984. Se escapó para ir a la ronda de las Madres y la atropelló un auto. A Marta no le avisaron porque estaba en España, embarazada de su segundo hijo. En su velorio, el cajón lo llevaron las Madres.

Marta también se dedicó a buscar a los responsables del secuestro de su hermano. En 1994, en una clase de Formación Ética, hablaron de la Noche de los Lápices y un compañero de su hijo dijo que estaba bien que se los hubiesen llevado. Le preguntó cómo se llamaba el padre: Néstor Beroch. Estaba mencionado en la carpeta que ella tenía con documentación. Lo llamó por teléfono de línea y le dijo: «Vos figurás haciendo el secuestro de los chicos».

Para dar con Juan Miguel Wolk, responsable del Pozo de Banfield, el camino fue más intrincado. Empezó a trabajar en la Junta Electoral y le tocaba pasar las fichas de los nuevos afiliados. Buscaba apellidos como Astiz o Videla y aparecían como inhabilitados. No le pasaba lo mismo con Wolk, que supuestamente estaba muerto. Pasaron tres años y seguía figurando igual. Cuando pasó a trabajar en los Juicios por la Verdad, lo comentó con un compañero. Mandaron a consultar a la Caja de la Policía. Después de dos años les contestaron que seguía cobrando. Fue a hablar con el juez Arnaldo Corazza. Lo citaron y le dieron arresto domiciliario. Había puesto de garante a la hija, que era policía. Cuando se enteró, volvió al juzgado y le dijeron que la hija se había presentado como escritora de cuentos infantiles. Se volvió a escapar y estuvo dos años prófugo. Encontró a Wolk y a Beroch casi sin querer: eso da la pauta de todo lo que hicieron los familiares.

Medio siglo de búsqueda y un reclamo que no cesa

Al mirar atrás, Marta reflexiona sobre el paso del tiempo. «Es muchísimo tiempo, pero es como que no lo siento. Me da tranquilidad haber hecho todo lo que pude y saber que lo voy a seguir haciendo». Pudo tener una familia. Su primer hijo se llama Horacio y él le puso Horacio a su primer hijo. No conocieron al tío, pero lo llevan como bandera. Cuando eran chiquitos, le decían: «Mamá, no lo buscaste bien». Esa es la figura del desaparecido. ¿Cómo les explicás que te falta, que está, que no está? «Necesitamos memoria, verdad y justicia. Tiene que haber castigo, aunque los represores estén grandes, para que no vuelva a ocurrir. La desaparición forzada es un crimen que se sigue cometiendo. Nosotros seguimos buscando a Horacio y a los 30.000, y seguimos reclamando que digan dónde están».

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