Con un penal polémico en contra, un gol agónico de Canelo y tres atajadas decisivas de Ingolotti, el Decano eliminó a Independiente Rivadavia y se metió entre los cuatro mejores de la Copa Argentina.
El fútbol, ese deporte capaz de mostrar en cuestión de horas su rostro más despiadado y también el más sublime, volvió a demostrar por qué es tan difícil de explicar. Si días atrás Atlético Tucumán había quedado golpeado frente a River, en el estadio de Los Andes, en Lomas de Zamora, el conjunto tucumano se reencontró con esa faceta que enamora, que infla el pecho y que regala instantes imposibles de borrar. Parecía que todo estaba predestinado. Que debía ser de esa manera. Que otra vez le tocaría remar contra la corriente. Que el sufrimiento sería el precio necesario para que la celebración alcanzara dimensiones históricas, para que la alegría no tuviera medida y para que el boleto a las semifinales de la Copa Argentina quedara grabado a fuego en la memoria colectiva.
Porque la historia volvió a repetirse. El Decano padeció una vez más la falta de un criterio arbitral coherente. Ya nadie logra descifrar qué manos se sancionan y cuáles se ignoran. Jorge Baliño tenía motivos para señalar la pena máxima: la mano estaba extendida y la pelota se dirigía hacia la portería. Sin embargo, el futbolista estaba de espaldas y también cabía otra interpretación. Así como había optado por no cobrar aquel codazo de Carlos Zambrano sobre Ignacio Maestro Puch en 2022, en La Bombonera, o como Andrés Gariano decidió dejar pasar el planchazo de Mauro Arambarri sobre Alexis Canelo contra River, esta vez Baliño recurrió al VAR, sancionó el penal y el criterio arbitral, que por momentos parece definirse al azar, volvió a inclinarse en contra de los intereses del conjunto tucumano.
No obstante, hubo otro episodio que también se repitió. Frente a la injusticia, el equipo se volvió colosal. Dejó a un lado el fastidio y jugó con el corazón en la mano. Esta vez fue ampliamente superior a la Lepra, tanto antes como después del 1-0. Durante extensos tramos mantuvo el juego instalado en campo rival, generó situaciones, probó desde media distancia y buscó por distintos caminos, mientras el elenco mendocino apenas había conseguido inquietar con aquel penal.
Por esa razón, de algún modo, el tanto de Alexis Canelo representó un acto de justicia. Aunque más que justicia, fue un desahogo: un grito desmedido desde el banco de suplentes que resonó en el sur del conurbano bonaerense. El delantero tucumano, tal como había ocurrido contra River, volvió a ingresar con gran incidencia. Convirtió su primera conquista con la camiseta del club del que se declaró simpatizante y resultó determinante para que el Decano pudiera llegar a la tanda de penales.
La acción nació de una de las figuras más sobresalientes de la noche: Lautaro Godoy. El juvenil surgido de River se mostró nuevamente incansable en la entrega, reclamando cada balón a sus compañeros, encarando y buscando soluciones cuando el equipo parecía quedarse sin fuerzas ni respuestas. Y obtuvo su recompensa con esa asistencia, la segunda de manera consecutiva después de la que le había brindado a Clever Ferreira el fin de semana anterior.
Y, por supuesto, quien parece haberse consagrado definitivamente en el estadio de Los Andes fue Luis Ingolotti. Qué distantes parecen haber quedado aquellos meses en los que el arquero era insultado desde las tribunas del Monumental cada vez que tomaba la pelota. Este Clausura lo cambió todo. Y en Buenos Aires se transformó en un gigante: contuvo tres penales en una definición que quedará para siempre en la memoria de la institución.
Cuánto se necesitaba una victoria de esta naturaleza. O, al menos, cuánto se la extrañaba. Luego de haber mordido el polvo durante las últimas temporadas y de haber atravesado un primer semestre sumamente complicado, el equipo requería un triunfo de este calibre. Uno de esos capaces de convertirse en parte de la historia. Hoy lo tiene. Y la hinchada, que recorrió más de 1.000 kilómetros para alentar, también obtuvo su recompensa.
Tras la última atajada de Ingolotti, el plantel no dejó de saltar y festejar. Primero se acercó a las tribunas; después, en el vestuario, la celebración continuó con todo: música a todo volumen, baile y aplausos. Ellos también se lo merecen. Después de las críticas, muchas de ellas justificadas en su momento, hoy el equipo puede permitirse el lujo de relajarse por un rato y celebrar.
Y Atlético, quién lo hubiera imaginado, está entre los cuatro mejores de la Copa Argentina. Paso a paso. El próximo desafío será igualar lo alcanzado en 2017, cuando llegó hasta la final y cayó ante River. ¿Lo que vendrá después? Nadie lo sabe…
