Capitán Sarmiento, un pueblo quebrado por el cierre de la planta avícola más importante de la región

Capitán Sarmiento, un pueblo quebrado por el cierre de la planta avícola más importante de la región

La decisión de Granja Tres Arroyos de despedir a 700 trabajadores sumió a esta localidad bonaerense en una crisis sin precedentes. Las calles, antes transitadas por obreros rumbo a la fábrica, hoy son escenario de protestas, ollas populares y una incertidumbre que amenaza con destruir el entramado social y económico de toda la comunidad.

En el corazón productivo de Capitán Sarmiento, donde hasta hace pocos meses el movimiento de camiones y el ir y venir de operarios marcaban el pulso cotidiano, hoy reina un silencio apenas interrumpido por el ladrido de algún perro y el rumor lejano de una ruta que ya no trae las mismas oportunidades. La reja sobre la Ruta Nacional 8 se ha convertido en un símbolo de la división entre quienes aún conservan un empleo y los cientos que quedaron afuera, observando con incredulidad cómo su principal fuente de sustento se desvanece.

Ruben Navarro, de sesenta años, con su gorra azul calada hasta las cejas, apenas puede contener las lágrimas. A su lado, Andrea Ulere, de cincuenta y tres, lo sostiene del brazo mientras recuerda que hace apenas veinte días veían por televisión lo que ocurría en la planta de Concepción del Uruguay y pensaban que jamás les tocaría vivir algo semejante. Sin embargo, la realidad los alcanzó: el pasado 31 de agosto, la empresa Granja Tres Arroyos comunicó el despido de setecientos de sus mil doscientos empleados, luego de meses de salarios impagos, retiros voluntarios y despidos masivos en otras de sus ocho plantas.

El impacto de una decisión empresarial que arrasa con todo

Granja Tres Arroyos no era una empresa cualquiera en Capitán Sarmiento. Con quince mil habitantes, este pueblo dependía en gran medida de los salarios que la planta distribuía mes a mes, unos tres millones de pesos que activaban desde las cuotas de los electrodomésticos hasta el alquiler de las viviendas, pasando por los concesionarios de automóviles y los comercios de barrio. Un funcionario provincial describe la situación con crudeza: «Hacé de cuenta de que acá explotó una bomba neutrónica y que los efectos van a dejar mucha gente dañada».

Sobre la reja que separa la fábrica de la calle, un cartel escrito a mano clama por trabajo. Las letras grandes, mayúsculas y subrayadas, expresan una necesidad urgente: «Necesitamos trabajar». Más abajo, el reclamo se vuelve más específico: «Queremos lo adeudado. No solo necesitamos mercadería, tenemos deudas y servicios que pagar». Y al final, una frase que resume la desesperación: «Queremos nuestra plata».

Un modelo productivo que se desmorona

La sede de Capitán Sarmiento era una de las más estratégicas de la compañía, orientada casi por completo a la exportación. Llegó a procesar doscientas cuarenta mil aves por día y a vender a más de setenta países, con especial énfasis en el mercado asiático. Sin embargo, la apertura indiscriminada de la economía y la falta de respaldo gubernamental terminaron por destruirla. Su propietario, Joaquín De Grazia, había celebrado primero a Patricia Bullrich y luego a Javier Milei, apostando por la desregulación y la flexibilización laboral. El mismo funcionario provincial resume el devenir de la empresa: primero sufrieron la gripe aviar que les cerró el mercado asiático, y después el gobierno nacional los dejó a la deriva, abriendo las importaciones y sepultando cualquier posibilidad de competir.

La vida en un pueblo que se apaga

Capitán Sarmiento tiene casas bajas y tiempos de provincia: siesta, ventanas a la altura de la calle y un centro construido alrededor de la antigua estación del ferrocarril, con la iglesia, el Banco Nación, el boulevar y las casas centenarias. Alrededor, chalets de cemento moderno crecieron por oleadas, la última de ellas durante la pandemia, cuando unas trescientas familias se establecieron en el pueblo. Hoy, ese crecimiento se detuvo en seco.

Ezequiel Centurión abre la puerta de su casa. Flaco, alto y huesudo, lleva pantalones negros ajustados y algo en la mano para entretener a sus perros. Entró a la planta en 2022, reemplazando a un trabajador de vacaciones, y aunque podrían no haberlo tomado, terminaron incorporándolo. Trabajó de lunes a lunes, aceptando cualquier turno con tal de conservar el empleo. Por eso ahora no entiende las declaraciones de un senador de La Libertad Avanza, oriundo de Sarmiento, que sostuvo que la crisis de la empresa comenzó en 2018. «Yo hacía horas extras de lunes a lunes entre 2022 y 2023», replica Ezequiel. «No se puede decir que para 2018 había crisis productiva. Había exportación de garras a China, un montón de pre-fritos y vendían hasta en el McDonald’s de Brasil. Hablar de crisis en esa época cuando cuatro años después se producía de lunes a lunes parece un absurdo».

Ezequiel tiene un hijo con Pie Bot. En una asamblea le dijo al dueño que no sabía cómo pagar una operación de tres millones de pesos, pero que su verdadero problema era el alquiler, porque llevaban dos años cobrando en cuotas y fuera de término. Su historia se repite en cientos de hogares.

La solidaridad como única respuesta

Frente a la planta casi paralizada, solo queda algo de actividad en el sector de subproductos, donde una chimenea echa una columna de humo blanco con olor a huevo podrido. Los camiones entran y salen cargados de desechos avícolas que se transforman en harinado para productos balanceados. Una bicicleta cuelga en un estacionamiento para doscientos vehículos que ahora es tierra pelada y explanada desierta.

Un grupo de mujeres discute alrededor de una ronda sobre las viandas. Muchas se reúnen a diario en el Sindicato de Trabajadores de Industrias Alimentarias para preparar una olla de comida. Anoche cocinaron ciento noventa bandejas, pero no alcanzó para todos. «Lo nuestro es a prueba y error», dice una. «Vamos a ver cómo sacar más cantidad», agrega otra. «Quedaron un par de familias y lamentablemente tuvimos que decirles que no había más. ¡Le tenés que mirar la cara a esos angelitos! ¿Cómo duermo yo sabiendo eso?».

El pueblo activó espacios de contención: un salón privado hace ollas populares y alterna con el sindicato, el Club de Leones donó carne, hay peluqueros que cortan el pelo sin cobrar. Andrea Ulere dice que esto va para largo y que tiene efecto en cadena. «Yo tengo a mi marido en la planta, a los primos de mi marido, a mis primos, a mi yerno, y los que no están ahí dependen de la fábrica. Mi hermana tiene un negocio y me dijo: Sarmiento está muerto».

Andrea tiene dos hijas grandes y un hijo de diecinueve años con discapacidad múltiple. Hasta ahora contaba con acompañante terapéutica, niñera, un chico que cortaba el pasto y una trabajadora para la limpieza. «Toda esa gente se quedó sin trabajo. No solo no tengo para pagarles el sueldo: no tengo para comer, te digo la verdad».

La política local y el reclamo de respuestas

Capitán Sarmiento es la ciudad de Javier Iguacel, quien fuera candidato a intendente por Cambiemos en 2015, luego director de Vialidad Nacional durante la gestión de Mauricio Macri y finalmente intendente en 2019. Fernanda Astorino, su secretaria de Gobierno, ganó las elecciones en 2023 entrando por Cambiemos y hoy forma parte de La Libertad Avanza. Cuando los trabajadores le pidieron respuestas, Astorino dijo que no podía intervenir porque era un tema entre privados. La concejala peronista Pupi Ferrá le respondió con dureza: «El tema entre privados, como lo llaman ustedes, deja de ser privado cuando tenemos quinientas cincuenta y cuatro personas que no pueden comer, que se quedaron sin trabajo. ¿A ustedes les parece que eso no es un problema político? ¿Les parece que no es un problema de todos?».

El Concejo Deliberante tiene doce concejales y, desde 2023, el bloque peronista pasó de cero a cinco. El día de los despidos, sus integrantes se trasladaron a la planta para ponerse a disposición de los trabajadores y del gremio. Escanearon telegramas, consultaron seguros de desempleo, impulsaron una emergencia laboral que no salió completa, acudieron a la Defensoría del Pueblo por las deudas y gestionan alimentos con el gremio, la Provincia y donaciones. Viven en emergencia.

El correo como mensajero de la desgracia

En Sarmiento se conocen todos. Los telegramas llegaron primero al correo, y la gente empezó a enterarse y a preguntar. «A nuestra comunidad, somos Leandro Stuber y Fernando Inservinini, carteros del Correo Argentino, y en estos días nos toca llevar adelante una tarea especialmente difícil», publicaron los muchachos del correo. «Sabemos que detrás de cada telegrama hay una persona, una familia, años de trabajo y proyectos, y mucha incertidumbre. Si el telegrama de alguno de ustedes todavía no llegó, queremos que sepan que no es mala voluntad ni porque no queramos entregarlo, simplemente somos dos personas intentando llegar a todos».

A Fernanda Delgado le llegó su telegrama el jueves 3 de septiembre. «Se me cruzaron mil cosas por la cabeza, bronca, llanto», escribió en su muro de Facebook. «Familias enteras destrozadas, sin obra social, chicos enfermos, personas con problemas de salud».

Un futuro incierto

Al final de la tarde, Ezequiel está en casa de un vecino, a media cuadra de la suya. Su vecino es otro despedido. «La situación es crítica», dice, «y lo peor es que el golpe más fuerte todavía no llegó. Algunos todavía tienen ahorros. Pero ¿qué va a pasar cuando a la gente que necesita asistencia se le sumen quinientas personas desempleadas? ¿Cuando las despensas dejen de vender a quinientas personas? Son sueldos que no se van a gastar más ni en la tienda de ropa del pueblo ni en los negocios de comida. Va a ser mucho el impacto, porque va a venir, más temprano que tarde».

En la Provincia lo saben. Hay interesados del país y del exterior en adquirir la compañía, pero nadie se apura por hacerse cargo de este gigante. No solo están en juego los puestos de trabajo, sino el modelo productivo del país. Y advierten: «No te extrañe que ahora empiece una guerra de pobres contra pobres. Si la producción reabre, los trescientos trabajadores que quedan van a tener que enfrentarse con los setecientos que están afuera».

Mientras tanto, en Capitán Sarmiento, la vida sigue con la pesadumbre de un pueblo que vio cómo su principal motor se apagaba de un día para otro, y con la certeza de que lo peor aún está por venir.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *