El Pincha perdió 3-1 en un partido marcado por decisiones controvertidas del árbitro Darío Herrera y el VAR, que inclinaron la balanza en momentos clave. La jornada terminó con incidentes, cruces verbales y la insólita ausencia de Claudio Tapia en la entrega de medallas al subcampeón.
Estudiantes de La Plata disputó la final de la Supercopa Internacional con la firme convicción de que, más allá del rival, debió sortear una vez más una serie de determinaciones arbitrales que terminaron por condicionar el desarrollo del encuentro. La indignación por lo sucedido dentro del campo de juego no resultó sorpresiva para nadie, habida cuenta del desempeño de aquellos que tenían la responsabilidad de administrar justicia deportiva.
La polémica se había instalado incluso antes de que rodara la pelota. La elección de Darío Herrera como juez principal y de Jorge Baliño al frente del VAR alimentó todo tipo de suspicacias en una final cargada de tensión entre ambas instituciones. Lo acontecido durante los noventa minutos, lejos de disipar las dudas, no hizo más que acrecentar el malestar general. Como si ello fuera poco, el titular de la AFA, Claudio “Chiqui” Tapia, optó por no colocarle las medallas a Estudiantes, una determinación que carece de antecedentes en la historia del certamen.
Cuando una resolución polémica puede modificar el rumbo de una final, la explicación no puede limitarse a sostener que el fútbol admite interpretaciones diversas. El árbitro, sus asistentes y el VAR disponen de herramientas y responsabilidades distintas. Por esa razón, basta con repasar las jugadas cuestionadas para advertir cómo Herrera logró ver sistemáticamente lo contrario a lo que percibió la mayoría de los espectadores que siguen fútbol todas las semanas.
Para el Pincha y su parcialidad, la palabra “robo” sintetiza el hartazgo de una tarde que vuelve a colocar al fútbol argentino bajo sospecha, donde todo se percibe “amañado”. Al finalizar el cotejo, todo derivó en escándalo. Gritos, insultos y golpes de puño entre los futbolistas de ambos planteles fueron el corolario de la violencia que se ejerce desde los despachos de la AFA y que trasciende al terreno de juego.
La primera controversia llegó antes de que concluyera la etapa inicial. Con el marcador igualado 1-1, Enzo Copetti cayó dentro del área tras un contacto con Leandro González Pirez durante el tiempo adicionado. Herrera no advirtió la infracción en tiempo real y dejó continuar la jugada. Sin embargo, Baliño, desde el VAR, convocó al árbitro a revisar la acción en el monitor, un llamado que resultó llamativo: ningún futbolista de Rosario Central había reclamado la pena máxima. Tras observar las imágenes, Herrera consideró que existía una falta imprudente y señaló el punto penal. Ángel Di María lo convirtió con una definición sutil para establecer el 2-1 parcial. Del lado del Pincha, el enfado fue inmediato y con razones de peso: la imagen no resultaba concluyente y el propio VAR tomó la iniciativa de convocar al árbitro sin que mediara reclamo alguno desde el campo.
Lo que sobrevino después no hizo más que avivar el fuego. A los 17 minutos del complemento, Elías Verón —quien ya acumulaba una amonestación— detuvo una arremetida con una entrada que impactó sobre Adolfo Gaich. La intensidad del golpe, el punto de contacto y las consecuencias físicas sobre el delantero reunían los elementos de una falta temeraria: la segunda tarjeta amarilla y la consecuente expulsión constituían la sanción correspondiente. Herrera no la mostró. El propio banco de Rosario Central terminó por admitir la gravedad de la situación: el entrenador Diego Almirón retiró a Verón del campo pese a que llevaba apenas 19 minutos en cancha.
La tercera polémica arribó sobre el final del partido y tampoco tuvo resolución favorable para Estudiantes. Adolfo Gaich saltó para bajar un pelotazo al borde del área y la pelota golpeó en el brazo izquierdo de Ignacio Ovando, que lo tenía extendido. El Pincha reclamó de inmediato la mano. Herrera aguardó el llamado del VAR, que realizó una revisión y le dio el visto bueno para continuar. La corta distancia entre el cabezazo y el brazo del defensor fue el argumento para no sancionar la pena máxima, aunque la jugada, cuando menos, lucía lo suficientemente discutible como para merecer un análisis más detenido. El árbitro consideró que el balón buscó el brazo y no el brazo al balón, y que Ovando no tuvo tiempo de reacción para modificar su posición.
Fue sobre el cierre cuando la tensión acumulada durante los noventa minutos terminó por desbordarse. Fernando Muslera avanzó a buscar un córner, Central salió de contraataque por la derecha y Julián Fernández sentenció el marcador con un remate desde larga distancia que estableció el 3-1. El festejo y los cruces que siguieron encendieron la mecha: se desató una pelea generalizada dentro del campo con suplentes, cuerpos técnicos y dirigentes involucrados. La terna arbitral se mantuvo al margen, a la espera de que el orden se restableciera por sus propios medios. El partido no tuvo pitazo final.
En medio de los incidentes, Juan Sebastián Verón, presidente de Estudiantes de La Plata, ingresó al campo e increpó directamente a Herrera. “Toda tuya”, le dijo. La tensión se extendió luego al túnel que conduce a los vestuarios, donde se registraron empujones y golpes entre jugadores de ambos equipos. Durante la ceremonia de entrega de medallas, el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, Claudio Tapia, no subió al escenario cuando se premió a Estudiantes, aunque sí lo hizo al momento de reconocer a los árbitros y al plantel de Rosario Central. Una decisión sin precedentes que cerró una tarde en la que las imágenes dentro y fuera de la cancha dijeron más que cualquier resultado.
