El ministro de Economía atribuye las tensiones cambiarias y la recesión a la oposición, mientras los inversores y las encuestas internas apuntan directamente al corazón del programa económico oficial
En un clima de creciente turbulencia, el titular del Palacio de Hacienda, Luis Caputo, ha protagonizado en las últimas jornadas una serie de apariciones públicas que distan mucho de transmitir la serenidad que el propio Gobierno pregona como sello distintivo de su gestión. Lejos de mostrarse como el arquitecto de un éxito indiscutido, el responsable de la política económica evidenció un visible estado de exaltación, hablando a destiempo y por fuera del libreto que suele caracterizar a los funcionarios de Javier Milei. Su intervención más resonante tuvo lugar en un foro de financistas, donde primero intentó llevar tranquilidad respecto a una eventual corrida cambiaria y, acto seguido, descargó su artillería retórica contra la oposición, señalando al gobernador bonaerense Axel Kicillof como «el Anticristo» y calificando al kirchnerismo como «el infierno».
La embestida verbal contra el adversario político, apresurada por la urgencia electoral y un contexto adverso, revela una contradicción de fondo que no pasa desapercibida entre los operadores del mercado. Mientras el ministro intenta instalar la idea de que la recesión y el descontento social son responsabilidad exclusiva de la oposición, los inversores y empresarios se encargan de devolverlo a la realidad con preguntas incómodas sobre la sostenibilidad del esquema cambiario y la viabilidad del modelo económico en su conjunto. Las encuestas que maneja la propia Casa Rosada, considerablemente más desfavorables que las de circulación pública, reflejan un hastío social que los consultores vinculan directamente con la gestión oficial y no con la prédica opositora.
Diversos hechos de los últimos días echan luz sobre esta tensión latente. La gira que Caputo realizó por Wall Street concluyó sin los resultados esperados, el Riesgo País se mantiene en niveles elevados, el JP Morgan recomendó evaluar la salida de activos argentinos y advirtió sobre una profundización de la recesión, y las mediciones de imagen que circulan en los despachos oficiales muestran un deterioro que preocupa sobremanera en Balcarce 50. El ministro está jaqueado por la crisis del modelo, que es precisamente lo que posiciona socialmente a los opositores. Su problema no radica en los mercados, a los que intenta seducir con la teoría del mal opositor, sino en el padecimiento concreto de la gente.
En medio de ese desborde discursivo, Caputo también arremetió contra quienes reclaman una devaluación, a los que describió como «momias o miserables que solo piensan en sí mismos» y que anhelan «una Argentina pobre donde puedan pagar salarios bajos con una economía cerrada». Resulta paradójico que, en las dos reuniones que mantuvo en Nueva York, el funcionario haya recibido pedidos de explicaciones sobre la microeconomía, y que la recepción dispensada a Kicillof por parte de los inversores tenga una lectura política evidente: quieren saber qué tienen entre manos los opositores con chances reales gracias al tambaleo del modelo oficial.
Encuestas que contradicen el relato
La debilidad del plan económico y la furia del ajuste provocaron un empeoramiento sostenido de las encuestas y de la imagen oficial. Según cuentan quienes frecuentan al Presidente, la sobre-reacción del Gobierno se explica porque las mediciones internas son bastante peores que aquellas que se exhiben en público. Esos estudios revelan que la mayoría de la población reclama un giro en el modelo. Esta tendencia, visible en los números, viene de larga data y es la que generó la aparición estelar de la oposición en el discurso oficial. Los consultores advierten que nunca es conveniente posicionar al rival, porque hacerlo equivale a mostrar debilidad propia.
La estrategia de apelar a la oposición ha sido episódica y errática. Primero se instaló la idea de que «Milei reelige», luego apareció el axioma de que «gana en primera vuelta». Ahora todo mutó hacia la premisa de que la oposición es peor que el oficialismo. Nada de esto coincide con lo que reflejan las propias mediciones de clima social que maneja el Ejecutivo.
La pregunta que flota en el aire: ¿hay o no hay dólares?
El JP Morgan, la consultora 1816 y hasta el Fondo Monetario Internacional se preguntan si, con los vencimientos del año próximo y el volumen que se va por el dólar ahorro, el Gobierno dispondrá de divisas suficientes. De hecho, este medio adelantó hace algunas semanas que el propio FMI conversó con las cerealeras para evaluar cómo será la liquidación y advirtió que a fin de año podría producirse una corrida. Caputo asegura que sí tiene dólares, pero en cada oportunidad de hablar en público sale a vociferar que no habrá una corrida cambiaria.
En el foro de financistas expresó que no existen motivos para pensar que en 2027 habrá problemas con el dólar, y especificó que «estamos en los niveles más bajos históricos de la base monetaria». La realidad indica que el dólar subió no más de un 5 por ciento en el año, con una inflación que supera el 30 por ciento. El dólar ahorro se está llevando, según el último dato del Banco Central, 3.600 millones mensuales. Es decir, hay un adelanto de la dolarización de carteras que comenzó un año antes de la elección. Milei y Caputo insisten en que la oposición es el problema. Los números, sin embargo, parecen indicar lo contrario.
