Bolsonaro hijo da el golpe en la primera vuelta y obliga a Lula a jugarse todo en el balotaje

Bolsonaro hijo da el golpe en la primera vuelta y obliga a Lula a jugarse todo en el balotaje

El sorpresivo triunfo de Flávio Bolsonaro, con casi dos puntos y medio de ventaja sobre el presidente Lula da Silva, reconfigura el mapa político brasileño y confirma el avance imparable de la ultraderecha en América Latina. La definición quedó postergada para el 25 de octubre, en un duelo que promete ser el más reñido de la historia reciente del gigante sudamericano.

La jornada electoral brasileña dejó una estampa que pocos anticipaban. Flávio Bolsonaro, el hijo del expresidente encarcelado por golpista, se impuso en la primera vuelta con una diferencia que rondó los dos puntos porcentuales sobre el actual mandatario, Lula da Silva. Con casi la totalidad de las papeletas escrutadas, el retoño del clan Bolsonaro cosechó un 47,06 por ciento de los sufragios, frente al 45,13 por ciento que reunió el líder del Partido de los Trabajadores. Ese margen, traducido a votos, representa aproximadamente dos millones y medio de voluntades de diferencia. La disputa por el Palacio del Planalto a partir del 5 de enero de 2027 deberá resolverse en una segunda ronda, prevista para el 25 de octubre, cuando ambos contendientes se midan cara a cara en las urnas.

El resultado constituye un mazazo para las huestes petistas, que veían en Lula al hombre capaz de contener la marea derechista que recorre el continente. El histórico dirigente, que sacó a su país del mapa del hambre en dos oportunidades, deberá ahora remar contra la corriente en un balotaje donde la ventaja de su rival, aunque no definitiva, luce considerable. A dos horas de cerrado el comicio, la distancia que separaba a Bolsonaro de Lula rozaba los siete puntos, una brecha que en el búnker del PT fue recibida como una hecatombe. El ambiente en el hotel paulista donde se alojó el comando electoral era de consternación: rostros largos, conversaciones en voz baja y una sensación colectiva de que algo se había roto.

Sin embargo, con el correr de las horas, aquella certeza casi absoluta de un triunfo arrollador de la extrema derecha comenzó a deshilacharse. Los guarismos finales mostraron un Lula más competitivo de lo que se temía, y la diferencia se estrechó a menos del tres por ciento. Ese margen, aunque magro, mantiene viva la esperanza de una remontada en la segunda vuelta.

Donde no hubo sorpresa alguna fue en la consolidación de la ola ultraderechista que, con efecto dominó, ha ungido a varios presidentes de ese signo en la región. Primero fue Keiko Fujimori en Perú, luego Abelardo de la Espriella en Colombia, y ahora Brasil se suma a esa lista con el avance de Flávio Bolsonaro. Donald Trump y su secretario de Estado, Marco Rubio, dos halcones que jugaron fuerte para uniformar el mapa de aliados en América Latina, observan con satisfacción cómo sus esfuerzos parecen dar frutos.

El estado de San Pablo fue el termómetro más elocuente de lo que está en juego. Allí, el gobernador Tarcisio de Freitas, un exmilitar disciplinado de la causa bolsonarista, arrasó con un porcentaje que recordó la marea azul de 2018. Con el 99,66 por ciento de los votos contados, De Freitas se impuso por 62,64 por ciento contra 36,43 por ciento a Fernando Haddad, exministro de Economía de Lula. San Pablo concentra casi un cuarto del electorado nacional, y ese resultado es una radiografía perfecta de la victoria de un proyecto de país que, de imponerse Flávio en el balotaje, dejaría a Brasil en manos de las transnacionales estadounidenses, intentaría darle la espalda a China, su principal socio comercial, y constituiría una suerte de gabinete en las sombras para consultas con el Departamento de Estado, tal como lo anunció el propio candidato.

Las apelaciones soberanas de Lula, sus palabras contra la injerencia de Trump y aquello que los grafitis callejeros de la avenida Paulista denunciaban con ironía —“Make Brazil Quintal Again”— no surtieron efecto. Entre la militancia petista circuló con rapidez una hipótesis que intentaba explicar lo inexplicable: que el aparato de la ultraderecha se volcó masivamente a las urnas para sentar presencia en los principales estados del centro-este, donde se concentra la mayor proporción del electorado brasileño.

El mapa electoral dibujó con nitidez las dos almas del país. Bolsonaro se impuso en quince estados, incluyendo el distrito federal de Brasilia, mientras que Lula ganó en doce. El nordeste volvió a teñirse de rojo, como en tantas otras oportunidades, y el centro y sur del país se pintaron de azul, el color del Partido Liberal. Esa regionalización de los resultados replica lo sucedido en comicios anteriores y confirma una fractura geográfica que parece consolidarse.

Hay, sin embargo, un dato que el PT y sus aliados pueden esgrimir para soñar con una remontada a finales de octubre: la abstención nacional rondó el veinte por ciento. No se trata de que el Partido de los Trabajadores deba pescar votos entre los electores que apoyaron a los otros once candidatos que se presentaron, entre los cuales los tres con mejores registros —Ronaldo Caiado, gobernador de Goiás; Renán Santos, político paulista; y el psiquiatra y escritor de autoayuda Augusto Cury— tienen más proximidad con Bolsonaro que con Lula. La clave está en los casi 2.291.212 electores que votaron en blanco, equivalentes al 1,84 por ciento del padrón, y en aquellos que simplemente se quedaron en sus casas. Esos votos huérfanos podrían inclinar la balanza en un balotaje que se anticipa dramático.

En este centro financiero que se destaca por su enorme desigualdad, donde a menudo por las calles se cruzan moradores de la calle con empresarios de trajes elegantes o que conducen sus autos de lujo por las avenidas de los barrios más acomodados, no hubo ni movilizaciones exultantes ni bocinazos ni festejos anticipados. La adrenalina política acumulada en este último tramo de campaña deberá canalizarse el 25 de este mes, cuando se sabrá si Lula continúa en el gobierno o si el apellido Bolsonaro vuelve a recobrar fuerza con su líder detenido.

El peor escenario para Lula, si lograra salir de su delicada situación electoral, es que además debería lidiar en un hipotético último gobierno con un Congreso donde los senadores y diputados de las distintas expresiones de la extrema derecha ganaron bancas en casi todos los estados. En San Pablo, el Partido Liberal sumó al senador que ya tenía dos más, una cantidad que se compadece con el triunfo demoledor de De Freitas.

Lula declaró, ya de noche y con el escrutinio terminado: “Muchas veces el resultado es inesperado y confieso que estaba convencido de que iría a ganar la elección en el primer turno; mas eso ya aconteció otras veces. En la segunda vuelta será la hora de mostrar la verdadera fotografía del Brasil de hoy y el que la gente quiera. A partir de mañana comenzaremos una nueva campaña. La población va a poder mostrar las diferencias entre las dos propuestas para Brasil”. Triste, pero entero, el presidente les dijo a los periodistas que estaban presentes en el búnker del PT: “Del otro lado hay una biografía con un pasado tenebroso, con sospechas gravísimas de corrupción. Todo eso va a quedar muy claro”. También ratificó a dónde apuntará la estrategia del frente que encabeza: “Vamos a hacer una apelación a la gente que no fue a votar”.

De los 158,7 millones de brasileños habilitados para votar, a las urnas solo concurrieron casi 125 millones, el 78,93 por ciento. Muchos se quedaron en sus casas y seguramente tendrán la llave que abra la puerta de una victoria decisiva el 25 de este mes. Fue evidente que esta primera pulseada la ganó la extrema derecha, como se venía dando la tendencia en todo el continente, estimulada por el protagonismo de Trump y la potencia hemisférica omnipresente que lidera. El balotaje, ahora, se presenta como una batalla final entre dos proyectos irreconciliables de país, con el futuro de Brasil pendiendo de un hilo.

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