Escándalo en el Banco Central: la apuesta financiera con el oro nacional que terminó en pérdidas millonarias y un manto de secretismo

Escándalo en el Banco Central: la apuesta financiera con el oro nacional que terminó en pérdidas millonarias y un manto de secretismo

La Auditoría General de la Nación detectó la mayor pérdida registrada en las cuentas del BCRA desde que se tienen registros. La gestión de Santiago Bausili, Luis Caputo y Javier Milei habría comprometido casi la totalidad de las reservas doradas del país en operaciones de riesgo, mientras oculta el paradero actual del metal y las condiciones en que se encuentra.

La polémica en torno al manejo de las reservas de oro de la Argentina está lejos de disiparse. Lo que en un principio se presentó como una maniobra técnica para optimizar activos derivó en una de las operaciones financieras más cuestionadas de los últimos tiempos, con un saldo negativo que supera los mil millones de dólares y un sinfín de interrogantes que el Gobierno se niega a responder. Según pudo reconstruir este diario a partir de fuentes directas del Banco Central, la administración encabezada por Santiago Bausili, en tándem con el ministro de Economía Luis Caputo y el presidente Javier Milei, no solo arriesgó el oro que fue enviado a Londres, sino que también puso en juego el que permanecía resguardado en las bóvedas de la entidad en Buenos Aires.

El mecanismo utilizado fue el conocido como REPO, o acuerdo de recompra, una herramienta financiera que implica vender un activo con el compromiso de adquirirlo nuevamente en una fecha futura a un precio preestablecido. En esta ocasión, el activo comprometido fueron 1.790.000 onzas troy de oro, sobre un total de 1.900.000 que poseía el país. Es decir, prácticamente la totalidad del metal precioso, equivalente a unos 8.950 millones de dólares, quedó expuesto a las fluctuaciones del mercado y a las decisiones de un puñado de funcionarios. De esas onzas, 600.000 habían sido trasladadas a la capital británica, mientras que 1.300.000 permanecían en las arcas del Central. Sin embargo, el certificado que respaldaba a estas últimas también fue utilizado en la operación, lo que deja en evidencia que el riesgo fue mayúsculo y abarcó el noventa y cuatro por ciento de las reservas doradas de la Nación.

El informe de la Auditoría General de la Nación es categórico al respecto. Sus responsables, encabezados por Juan Manuel Olmos, concluyeron que nunca antes, desde que se auditan los estados contables del Banco Central, se había registrado una pérdida de semejante magnitud. La operación, que se llevó a cabo con certificados de depósito y no con el metal físico, derivó en un quebranto de 1.023 millones de dólares. La explicación es sencilla aunque dolorosa: el contrato de recompra se pactó a un valor muy inferior al que finalmente alcanzó el oro en el mercado internacional. A fines de 2024, la onza cotizaba a 2.624 dólares, mientras que un año después escaló hasta los 4.331 dólares, un incremento del sesenta y cinco por ciento. Como el compromiso de recompra estaba fijado a un precio menor, la diferencia debió cubrirse con efectivo, nada menos que 960 millones de dólares, a los que se sumaron 63 millones correspondientes a una póliza de seguro. El resultado final fue el descalabro financiero que hoy se intenta disimular.

Las mentiras del titular del Central ante el Senado, en septiembre pasado, no hicieron más que agravar la situación. Bausili aseguró que el oro había sido enviado a Suiza, una afirmación que fue desmentida de plano: el metal está en Londres. También sostuvo que el traslado tenía como finalidad fundir lingotes de baja calidad, lo que resultó ser falso, ya que de más de mil lingotes solo se refundieron 115 y la pérdida fue mínima, dado que la calidad era buena. Pero lo más grave es que omitió mencionar que el oro fue utilizado para una apuesta financiera, que se vendió y que el contrato de recompra se concretó a un precio muy por debajo del mercado. Tampoco les dijo a los legisladores que en la operación se había incluido casi la totalidad de las onzas que permanecían en las bóvedas del Central, ni mucho menos que el noventa y cuatro por ciento de las reservas estaba en juego. Y, por si fuera poco, sigue sin explicar qué está ocurriendo con el oro en la actualidad.

El comunicado oficial del Banco Central, difundido con la intención de aplacar las críticas, intentó una maniobra que la Auditoría ya había desestimado: destacar que la entidad obtuvo ganancias. Si bien es cierto que el aumento del precio internacional del oro incrementó el valor de las reservas, ese beneficio se habría producido de todos modos, incluso si el metal nunca hubiera salido de Buenos Aires. La realidad es que se ganó por la evolución del mercado y se perdió por la especulación financiera de Bausili, Caputo y Milei. La propia Auditoría calificó el hecho como un “error de cálculo”, pero las consecuencias son concretas y tangibles: mientras el resto del mundo vio crecer el valor de sus reservas, la Argentina debió pagar 1.023 millones de dólares por una apuesta que salió mal. No se trata de un simple registro contable, sino de dinero que efectivamente se desembolsó.

Para dimensionar el daño, basta con comparar las cifras. Al 31 de diciembre de 2024, el país contaba con 4.696 millones de dólares en oro. Un año después, gracias al aumento del precio internacional, debería haber tenido 7.752 millones, siempre que el metal hubiera permanecido intacto en la calle Reconquista. Sin embargo, solo se conservaron 6.729 millones, como consecuencia directa de la pérdida en la timba financiera. La diferencia es elocuente y deja al descubierto la magnitud del desatino.

El futuro inmediato no hace más que alimentar la incertidumbre. La Auditoría General de la Nación anticipó que un segundo informe oficial determinará dónde está el oro y si fue razonable su traslado. El Gobierno, por su parte, se defenderá argumentando que solicitó un dictamen a la Dirección de Jurídicos del Central antes de concretar el envío, y que ese diagnóstico concluyó que “no había riesgo porque las reservas son soberanas”. Sin embargo, es sabido que los responsables de Jurídicos suelen estar presionados por la conducción para justificar las decisiones que esta pretende tomar. De hecho, existe una contradicción evidente: mientras Jurídicos afirma que no hay riesgo, Bausili insiste una y otra vez en que no puede revelar el paradero del oro debido al peligro de embargos por parte de fondos buitres y acreedores con juicios contra la Argentina. Como recordaron exdirectores del Central, en Londres ya se embargaron las reservas de oro de Islandia, depositadas en el Banco Internacional de Pagos, cuando la banca de ese país atravesó una crisis severa. Como los bancos islandeses tenían depósitos de fondos buitres británicos, estos iniciaron una demanda y el metal fue incautado. A esto se suma, obviamente, el conflicto particular que la Argentina mantiene con el Reino Unido por la ocupación ilegal de las Islas Malvinas.

El informe que prepara la Auditoría no incluirá, ni podría hacerlo, una evaluación de lo ocurrido con el oro en los diez meses transcurridos de 2026, ya que auditó exclusivamente el ejercicio 2025. Pero incluso respecto del año pasado, el Central se negó a entregar la documentación que indicara el lugar donde está el metal: solo permitió a los auditores concurrir a la sede del BCRA y observar algo en una pantalla, sin permitir que se llevaran ningún tipo de respaldo en papel. Mientras tanto, Bausili mentía ante los senadores asegurando que las onzas estaban en Suiza. Los auditores, no obstante, labraron un acta. El extitular del Central, Alejandro Vanoli, formuló una pregunta elemental: “Si el oro está en Suiza, ¿por qué no lo dicen de manera oficial e indubitable y lo ponen por escrito? Da la impresión de que el secretismo tiene que ver con que el oro está en Londres, donde en 2008 se produjo el embargo de las reservas de Islandia”.

Cuando se conozca el nuevo informe, se sabrá también si existe una explicación acerca de por qué se llevaron el oro a Londres y, en especial, por qué no lo traen de regreso. Todo es oscuro. Una parte de la opacidad se explica porque Bausili, Caputo y Milei no querían blanquear la pérdida: pretendieron encubrirla con las ganancias generadas por el aumento del precio del oro, tal como hicieron en el comunicado oficial del Banco Central. La Auditoría los obligó a asentar contablemente el quebranto y quedó en claro, en los propios registros de la entidad, que “los genios de las finanzas” dilapidaron mucho más de lo necesario para solventar los presupuestos universitarios.

Lo que sigue es una incógnita. No se sabe si el Central continúa especulando con el oro. No se sabe si las onzas comprometidas volvieron a estar disponibles. Tampoco se conocen las condiciones bajo las cuales permanece el metal en Londres, donde se supone que sigue. El Gobierno esconde todo. Ya perdieron 1.023 millones de dólares y hoy siguen sin decir qué hacen con el oro.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *