Tras el impacto que dejaron las elecciones en Brasil, el oficialismo argentino enfrenta un cóctel incómodo: reproches puertas adentro, una economía que se desliza hacia la recesión técnica y una serie de maniobras financieras que despiertan sospechas. Mientras tanto, en los círculos donde se miden escenarios, empieza a tomar cuerpo una pregunta incómoda: ¿es realmente el actual presidente la mejor garantía para sostener el rumbo, o conviene buscar un reemplazo más digerible?
Los estruendos que llegan desde el propio seno del Ejecutivo acerca del futuro que podría correr el ministro de Economía, Luis Caputo, sumados a un cuadro macroeconómico que, en términos técnicos, ya habría ingresado en terreno recesivo, bastaron para enfriar el fervor oficialista que había despertado el desenlace electoral brasileño. La sensación dominante es que, después del triunfo de Jair Bolsonaro, poco y nada queda por decir en materia de lecciones electorales. Los oficialismos, virtualmente, no logran reelegir en ningún rincón del mapa. La izquierda aparece avejentada, sin renovación discursiva y huérfana de diagnósticos —mucho menos de recetas— para lidiar con las nuevas condiciones materiales y las subjetividades de las mayorías. Lula personalizó en exceso su campaña, pero más allá de nombres propios, la marea de ultraderecha cubre a cuanta población se levante.
Ese conjunto desordenado, incompleto y a la vez elocuente viene a resumir lo que se menciona como una carencia casi total de alternativas frente a un clima de época deprimente. Si se lograra superar esa impresión, cosa nada sencilla, quizás el panorama no sea forzosamente tan funesto. Que las gestiones oficialistas encuentren serias dificultades para consolidarse, a la vista de un malestar epocal en aumento, es algo que el expresidente brasileño y sus mandantes deberían atender. Que el espacio ubicado a la izquierda tenga dramas severos para articular propuestas firmes y cierta moderación —lo segundo, se sostiene, para no espantar a los tibios si se pretende ganar en las urnas en lugar de apenas testimoniar— constituye otro apunte insoslayable. Que resulte un intríngulis tremebundo hallar la sucesión de liderazgos fuertes, en la práctica irremplazables, jamás podrá ser una novedad, ni histórica ni coyuntural. Que los gobiernos progresistas tengan dificultades serias para asentarse, después de haber saciado necesidades básicas de amplios sectores —porque estos reclamarán cada vez más— y que la mejora en las condiciones de vida no asegure lealtad política, tampoco es noticia. Y que la Historia se haya acabado porque el neoliberalismo sea una victoria cultural antes que un paso político-modelístico no implica determinismo histórico alguno.
Allí están los casos de Francia y España, con detonantes sociales que, por su magnitud, no figuraban en los cálculos de prácticamente nadie. Y conviene seguirlos por redes y medios alternativos, no por aquellos que aún se autodenominan tradicionales. En ese aparato hay más bien desdén. Asimismo, hay manipulación y resignación al observar que las derechas extremas ganan de forma inevitable. Es cierto que el rechazo a ellas pierde votaciones, como en Brasil. Pero también lo es que existe un piso desde el cual reconstruir, aunque sea a la deriva.
En lo estrictamente local, por ahora —o podría serlo— el experimento mileísta compite contra sí mismo. Porta la certeza de que enfrente se persiste en internas ya cercanas a lo incomprensible. Pero nada le certifica que eso será imperecedero. Tenemos así a un ministro de Economía, Messi de las finanzas según supo definirlo el jefe de Gabinete macrista Marcos Peña mientras endeudaba al país por los tiempos de los tiempos, encerrado en la macro que estaría marchando sobre rieles. Los próximos mejores dieciocho meses de nuestra historia económica ya transcurrieron en buena medida, sin comprobación. Y un ministro infiltrado —Alberto Ades, de Harvard él, invitado a la mesa chica presidencial— sugirió devaluación y expresó incógnitas sobre la eficacia del programa de Toto.
Disponemos también de un Banco Central que perdió mil millones de dólares en la especulación con el oro, del que aún no se sabe dónde está, aunque todos los indicios apuntan a Londres. Hay, o debiera haber, una competencia de escándalos a propósito de cuál es peor: si haber perdido semejante cifra debido a cálculos fallidos o no saberse en qué sitio se encuentra lo que, en definitiva, es ahorro de todos los argentinos. Corresponde aclarar que las operaciones de cobertura son un mecanismo corriente y que se dieron en toda administración. Pero sí es insólito que Toto y su socio Santiago Bausili resolvieran resguardarse ante una caída del precio del metal justo cuando en todo el mundo se lo venía comprando para asentar calidad de reservas. Podrían sumarse los cuestionamientos, profundos o atendibles, a la venta de Aysa. Ni siquiera los opinólogos y sabiondos más próximos al ideario libertarista se privan de sospechar acerca del bajo precio ofrecido sin base, la falta de transparencia y los efectos remarcados que habría sobre las tarifas y la categoría del servicio. Lo paupérrimo del monto ofrecido y aceptado es uno de los componentes que agrega preguntas mayúsculas respecto de esos ingresos que Toto jura o juraba tener pisados para honrar —vaya palabra— los vencimientos de deuda en 2027.
De acuerdo con las proyecciones oficiales y privadas, Argentina deberá pagar, en año electoral, alrededor de veinticinco mil millones de dólares. Debe adosarse la masa en pesos, aunque esta se resuelve vía emisión de bonos, mediante capitalizar intereses que el Gobierno no cuenta en su invento pornográfico de superávit fiscal. Es una fantasía contable que debiera producir repudio en cualquier liberal ortodoxo, como el ultrista presidencial dice que es. Por si asomara excesivamente técnico: el Gobierno debe pagar una montaña en divisa extranjera, el estimado le da negativo porque sus entradas se fugan tanto o más que lo ingresado, el récord de exportaciones no lo compensa y las promesas inversoras son a no menos de varios años vista en áreas que no ocupan mano de obra intensiva. Marina Dal Poggetto, una de las consultoras más respetadas del mercado, avisó que el Estado tiene un bache descomunal entre lo anunciado y lo poseído. Cabe añadir unos ocho mil quinientos millones de dólares perdidos gracias al RIGI, al permitir inversiones arribadas o anunciadas sin que hiciera falta ese régimen excepcional de tráiganla como se les ocurra.
También es adecuado, en términos didácticos más ligados a lo político, tomar nota de que el trío de Supremos, en su sitial de barones de la Nación, repuso la ley que limita la venta de tierras a extranjeros. Hasta Clarín quiso o debió titular el hecho precediéndolo con el icónico «Ahora dicen…» que innumeras veces le dedicó al kirchnerismo. La voltereta de la Corte, apenas días después de dictaminar que la soberanía no es un bien jurídico colectivamente tutelable, aceptó —análogo a la marcha atrás cuando el 2 x 1 a favor de los genocidas, dando cabida a una de las manifestaciones populares más conmovedoras— que sabe oler el humor masivo. O clave. Es veraz que lo fallado por el terceto le habría quitado al oficialismo el problema de enfrentar la votación en Diputados, susceptible de voltear el decreto redactado por el coloso Sturzenegger para la campaña de la ex Comandante Pato dentro de la interna macrista. Pero no deja de ser un síntoma en torno a los contrastes que afronta el Gobierno en su bloque corporativo, mediático y judicial.
Los elogios mutuos que se regalaron Sergio Massa y Daniel Hadad también se inscriben en las considerables, grandes o inmensas dudas del poder real. Sin que lo correcto del rumbo tenga un mínimo rasgo de incertidumbre entre los cortadores de la torta, sobran las vacilaciones en cuanto a Milei y lo Milei como garantía más eficiente para endosar la continuidad del modelo. ¿Y si acaso ocurriera que no debería residir en manos del loquito o loco a secas asentar la dirección general, por la desconfianza ejecutiva que despierta? ¿Y si fuera que sería contemplado como mucho más eficaz encontrar la alternativa en alguna figura del peronismo moderado, desarrollismo, estatalidad moderna o modernidad de mercado productivo pero sensible a la justicia social, y semblante de persona normal, claro? Alguien que no sea el sospechoso kuka Kicillof, desde ya, y menos que menos si carga con el estigma de que no puede o no sabe desprenderse de la, así imputan, pérfida influencia o espectro de Cristina. Son observaciones objetivas de lo que se habla en los circuitos de quienes van midiendo los escenarios posibles o probables, a un lado y otro.
Nada de lo anterior se extiende sobre las preocupaciones del grueso social más grande. No llegan ni al rango de inquietudes. El día a día es lo único que impacienta, exaspera o anestesia la bronca. Ninguna de las especulaciones de palacio tiene repercusión directa sobre ese paisaje. Sin embargo, no debe dejar de aludírselo porque esa cocina termina involucrando a todos. Nunca sucedió que algo de la política deje de estar en movimiento, con efectos impensables. Tarda menos o tarda más en manifestarse, en la dirección que fuere.
