El Xeneize superó 3-1 a Vasco da Gama en un estadio mítico, con una actuación de carácter que le permitió revertir la serie y asegurar su lugar en el partido definitorio que se disputará en Barranquilla.
En una noche que quedará grabada en la memoria del hincha boquense, el conjunto dirigido por Rodolfo Arruabarrena selló su pasaje a la final de la Copa Sudamericana tras imponerse por 3-1 a Vasco da Gama en el imponente escenario del Maracaná, cuyo terreno de juego no presentaba las mejores condiciones. El equipo argentino demostró una entereza admirable para sobreponerse a un ambiente hostil y a un rival que no dio tregua hasta el pitazo final.
La previa no era sencilla. Boca se jugaba mucho más que un partido: se jugaba la posibilidad concreta de volver a disputar una definición internacional, nada menos. En ese contexto, la determinación del entrenador de relegar a Leandro Paredes al banco de suplentes aparecía como una apuesta osada en una instancia decisiva. Sin embargo, el desarrollo del encuentro terminaría dándole la razón.
Desde el comienzo, el Maracaná fue una caldera. Humo, globos, miles de papeles y el estruendo de los petardos conformaron un clima ensordecedor, impulsado por la evidente mayoría local en ese templo del fútbol brasileño. Para no sucumbir ante semejante presión, hacía falta temple. Y Boca lo tuvo. A ello contribuyeron las cuatro mil almas que, desde las tribunas, alentaron sin pausa al club de la Ribera, conscientes de que su apoyo sería determinante.
Tan solo tres minutos bastaron para que la buena pegada de Blanco —una sana costumbre— ejecutara un tiro de esquina que Lautaro Di Lollo conectó de cabeza por encima de Santiago Sosa, decretando la apertura del marcador y emparejando la serie de entrada.
El gol golpeó anímicamente a Vasco da Gama, y el Xeneize, con olfato de depredador, buscó ampliar. Una incursión valiente de Blanco derivó en un taco de Merentiel que dejó solo al joven Flores frente al arquero, aunque este no pudo definir. En la misma jugada, una contra local liderada por Pipa Lescano —quien compartía la delantera con Sosa— tomó mal parada a la última línea boquense, que por fortuna logró diluir el peligro.
Con el colombiano Villa por la derecha y Flores por la izquierda, ambos enchufados en ataque y sacrificados en el retroceso por sus respectivas bandas, Blanco ejercía una presión alta sobre Adson y Paulo Henrique, mientras Lozano hacía lo propio con David y las subidas de Cuiabano contaban con la valiosa colaboración de Ascacíbar, Delgado y Battaglia, este último reemplazante de un peso pesado como Paredes. Aun así, tras un tiro de esquina, Paulo Henrique estuvo cerca de igualar de cabeza.
El duelo no daba respiro y los centros brasileños resultaban picantes. Agazapado para la contra, Villa desperdició un gol increíble, pero se redimió en la réplica con un pase magnífico para Miguel Merentiel, quien quedó de frente a Leo Jardim y, con la frialdad que lo distingue, no perdonó. Boca daba vuelta la serie y el griterío local se transformó en murmullos de impaciencia, que se acrecentaron cuando Duarte malogró su chance ante el colombiano Montero.
En el complemento, Vasco da Gama salió a atacar con mucha gente, pero le faltaba la puntada final. En el medio regalaba espacios, y Boca se relamía a la espera de un contragolpe letal. Pese a que ingresó Paredes —con un impensado protagonismo en el final— por un cansado Battaglia, el ingresado José Luis Rodríguez le ganó la espalda a Flores, igualó la serie y permitió que el anfitrión se agrandara.
Fue un momento de zozobra para el equipo de Arruabarrena, que también mandó a la cancha a Velasco y al ecuatoriano Valencia para refrescar la ofensiva. Pero fue Paredes —el gran capitán entre algodones— quien, a solo once días de haberse desgarrado, sacó un mortífero derechazo con comba que le dobló la mano al arquero y metió a Boca en la final de la Copa Sudamericana.
