En un escenario internacional poco favorable, el Ejecutivo redobla sus esfuerzos por seducir a los inversores, pero las señales de desconfianza se multiplican y la venta de títulos argentinos no se detiene.
La desconfianza hacia la hoja de ruta económica que impulsan Javier Milei y Luis Caputo se profundizó este lunes con un nuevo salto del riesgo país, que trepó hasta los 675 puntos básicos y se consolidó como la marca más elevada en lo que va del año. La escalada constituye una señal elocuente de que los operadores financieros no terminan de creer en la estrategia oficial. Ni la disciplina fiscal exhibida por el Palacio de Hacienda, ni el espaldarazo financiero proveniente de Estados Unidos, ni las reiteradas giras internacionales que encararon los funcionarios del equipo económico lograron torcer la percepción de los inversionistas, quienes siguen sin ver condiciones para que la Argentina recupere el acceso al crédito externo.
Mientras el Poder Ejecutivo sostiene con insistencia que la economía atraviesa una metamorfosis de carácter histórico, los títulos públicos argentinos pierden valor, el dólar retoma la senda ascendente y la actividad productiva evidencia las fisuras de un esquema que apuesta con firmeza al equilibrio de las cuentas públicas, pero que todavía no consigue traducir ese ordenamiento en una reactivación extendida de la producción y del consumo. El cuadro se agrava en un contexto global poco propicio, donde las condiciones de financiamiento se endurecen y los capitales optan por la prudencia antes que por apostar a economías emergentes con antecedentes de volatilidad.
Los puntos centrales del deterioro son tres: el riesgo país en su máximo anual, la persistente venta de bonos soberanos y la imposibilidad de revertir la desconfianza inversora pese a los gestos de ajuste y a los respaldos externos. A ello se suma la suba de la divisa estadounidense y la debilidad de los indicadores de actividad, que contrastan con el relato oficial de una transformación virtuosa. En ese marco, la administración libertaria enfrenta el desafío de sostener la credibilidad de su programa mientras los mercados, lejos de acompañar, continúan enviando señales de escepticismo.
