River y una derrota que expone más que el arbitraje

River y una derrota que expone más que el arbitraje

La caída ante Boca en el superclásico dejó al descubierto las falencias futbolísticas del equipo de Ponzio, que eligió refugiarse en la polémica arbitral antes que asumir sus propias responsabilidades.

La abultada controversia que generó el desempeño de Nicolás Ramírez entre los directivos y la afición de River durante y después de la caída en el superclásico frente a Boca funciona como un velo que esconde una realidad que las métricas del encuentro evidencian con contundencia: el conjunto dirigido por Leonardo Ponzio no sucumbió porque el juez inclinara sus fallos en su contra ni porque omitiera la expulsión de Leandro Paredes y Lautaro Blanco. Cayó, sí, porque desarrolló un juego paupérrimo y, peor aún, porque claudicó en su intento de revertir la historia tras quedarse con un jugador menos por la tarjeta roja que recibió Lucas Martínez Quarta a los nueve minutos del primer tiempo.

Resulta innegable que el contexto facilita concentrar todas las críticas sobre los árbitros que, como Ramírez, hace tiempo que no cumplen correctamente su labor. Es mucho más sencillo descargar responsabilidades sobre ellos y sobre la AFA que detenerse a analizar las cosas que se planificaron mal y salieron de la misma manera. Constituye una afrenta a sus millones de seguidores y a su gloriosa trayectoria que River haya rematado sólo tres veces al arco de Boca sin haberle acertado nunca al colombiano Montero. Y que haya concluido el partido con una posesión del 29 por ciento, propia de un equipo sin ambiciones. Ni uno solo de los sesenta millones de euros que River invirtió para jerarquizar su plantel en el último mercado de pases se vio el domingo en la Bombonera.

«En cuanto a lo futbolístico no pudimos hacer mucho, desde el minuto nueve o diez nos quedamos con uno menos», declaró Ponzio en una conferencia de prensa que dejó expuesta su impotencia para replantear el trámite ante la primera adversidad. River no puede rendirse tan pronto por una expulsión prematura. En vez de rebelarse como lo hizo Estudiantes, que el sábado empató 3 a 3 con Instituto con diez jugadores por la expulsión de Santiago Núñez después de ir perdiendo 3 a 0 a los siete minutos del segundo tiempo, los jugadores «millonarios», con los mundialistas Gonzalo Montiel, Nicolás Otamendi y Marcos Acuña como cabeza de compañía, iniciaron una actuación más tendiente a lograr que a Boca le expulsaran un jugador para que también quedara con diez hombres, que a buscar el empate o la victoria con argumentos futbolísticos.

Nobleza obliga: Leandro Paredes fue otro de los que increpó al influenciable Ramírez. Le dijo de todo toda la tarde y por eso mismo, más que por la falta a Galván en el primer tiempo, mereció la expulsión. Pero sacarle la tarjeta roja al capitán y referente boquense en medio de una Bombonera repleta es una carta que parece no estar en el mazo de muchos árbitros.

Lo cierto es que faltó grandeza en River, dentro y fuera de la cancha, durante y después del superclásico. Grandeza para jugar el partido más grande del fútbol argentino sin dejarse arrinconar por la primera contingencia desfavorable y grandeza para admitir las fallas que hubo en el planteo de Ponzio y en sus decisiones posteriores para corregirlas. River fue a la Bombonera desprovisto de la actitud y la aptitud que mínimamente demanda jugarle a Boca. Luego de la derrota inevitable, en vez de hacer la autocrítica de por qué jugó tan mal, eligió victimizarse poniendo a la AFA y a los árbitros como sus verdugos. Por estas horas, sigue ahí. Y parece que está muy cómodo.

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