Mi mamá gritaba, mi papá callaba: el trauma que nadie nombró

Mi mamá gritaba, mi papá callaba: el trauma que nadie nombró

Crecer entre gritos y silencios ensordecedores

Por Catalina Iglesias – Psicóloga Social

“Mi mamá es muy dura”, pensaba. Pero lo que no podía nombrar, dolía en silencio. Gritaba, se molestaba por todo, parecía vivir a la defensiva.

Años después, ya de adulta, me vi repitiendo vínculos sin comprender del todo por qué.

Durante mucho tiempo vi a mi madre siempre al borde: gritaba, parecía enojada con la vida. A mi padre, en cambio, lo veía calmo, silencioso, alguien que no intervenía… y por eso lo consideraba “el bueno”.

Pero cuando crecí y empecé a mirar desde otro lugar, entendí que mi mamá no era violenta: estaba rota, sobrecargada, sola. Y que mi papá no era un héroe: era un espectador.

(Ejemplo anónimo recogido en un espacio terapéutico).

Crecemos con mapas afectivos que no siempre nos guían hacia el amor, sino hacia la supervivencia emocional. Donald Winnicott, psicoanalista británico, hablaba de la importancia de la madre suficientemente buena: no perfecta, pero sí disponible emocionalmente. Cuando esa figura falla —ya sea por desborde o por ausencia— el niño aprende a adaptarse, muchas veces a costa de su salud emocional.

Y en muchas infancias, ocurre esto: uno de los adultos parece “el malo”, el que grita, el que estalla; mientras que el otro, silencioso, ausente o pasivo, es visto como el “bueno”. Pero cuando un niño crece entre una figura desbordada y otra emocionalmente ausente, el resultado no es neutralidad: es confusión. El niño forma un mapa afectivo distorsionado:

  • Que gritar es peor que callar.
  • Que quien no se altera, ama más.
  • Que sostener en silencio “es lo que toca”.

Pero eso no es amor. Es trauma no nombrado. Y el trauma, como explica Bessel van der Kolk, “vive en el cuerpo”, incluso cuando la mente decide olvidarlo. Las emociones no expresadas se convierten en síntomas, en repeticiones, en elecciones que no comprendemos del todo.

Como adultos, muchas veces seguimos atrapados en la lógica infantil: sostenemos relaciones desequilibradas, justificamos lo injustificable, repetimos vínculos con distinto nombre, pero con la misma herida. Y lo más peligroso: a veces también nos convertimos en padres o madres emocionales como los que tuvimos, sin darnos cuenta.

¿Cómo rompemos ese ciclo?

No se trata de encontrar culpables. Se trata de entender. De dejar de culparnos a nosotros mismos por repetir lo aprendido, y empezar a tomar decisiones desde la conciencia, no desde la herida.

La terapia no es un tribunal: es un espacio donde el pasado se resignifica, y donde el dolor encuentra palabras. Donde lo que se calló durante años, por fin puede hablar. Y ahí empieza el cambio.

Conclusión:

Esta reflexión no es una acusación a madres ni a padres. Es un llamado a mirar más profundo. A entender que muchos de nosotros formamos a nuestros hijos con las herramientas emocionales que recibimos. Que los criamos como podemos, con lo que tenemos. Y que sanar no es rechazar a quienes nos dieron la vida y/o nos enseñaron como pudieron, sino hacer algo distinto con lo que recibimos. Como decía Carl Jung: “Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente seguirá dirigiendo tu vida y tú lo llamarás destino.”

Hacer terapia, sanar, mirar hacia adentro, es la forma de detener la herencia del dolor, es dejar de proyectar nuestras heridas sobre otros, especialmente sobre quienes más amamos. Es elegir conscientemente no repetir aquello que alguna vez nos rompió.

Aunque no borre el pasado, sanar puede cambiar el futuro.

Y eso también es un acto de amor: hacia nosotros mismos y hacia los que más amamos.

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