“El instinto maternal no existe”. Lo dijo Estela Welldon, psiquiatra y psicoanalista, para derribar uno de los mitos más peligrosos y persistentes de nuestra cultura. No hay algo biológicamente inevitable en el amor de una madre hacia su hijo. No toda madre ama. No toda madre cuida. Y lo que es peor: muchas veces, cuando ese amor no está, se culpa al hijo por no haberlo inspirado.

Esta idea, sostenida como verdad incuestionable, invisibiliza una realidad dolorosa pero necesaria de nombrar: hay maternidades que hieren, que abandonan emocionalmente, que marcan a fuego la vida psíquica de quienes fueron sus hijos.
Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista británico, habló de la «madre suficientemente buena», aquella que puede sostener al bebé en su desvalimiento sin invadirlo ni desentenderse. Pero, ¿qué ocurre cuando ni siquiera hay una madre «suficientemente presente»? ¿Qué pasa cuando la madre está, pero está sin alma, sin deseo, sin registro del otro como sujeto? Cuando eso sucede, lo que se instala es una experiencia de vacío, de carencia estructural, de un amor que no llegó a ser.
Alice Miller, psicóloga y escritora, sostuvo con valentía que muchas veces los padres —especialmente las madres— son idealizados en la infancia como forma de defensa. El niño, absolutamente dependiente, necesita creer que su madre lo ama, aunque eso no sea verdad, aunque lo ignore, lo humille o lo abandone emocionalmente. “El respeto hacia los padres no debería impedirnos ver el daño que nos han causado”, escribió Miller en El drama del niño dotado. Esta frase desarma generaciones enteras educadas en la lealtad silenciosa hacia figuras parentales que, lejos de amar, usaron, desatendieron o proyectaron su propia neurosis en sus hijos.
Jessica Benjamin, psicoanalista feminista, aportó a esta discusión al señalar que muchas veces las mujeres, en su rol de madres, se ven atrapadas en mandatos contradictorios que las enajenan de sí mismas, lo que puede derivar en vínculos destructivos con sus hijos. No se trata de juzgar a las madres como villanas, sino de romper con la idealización para poder nombrar lo que sí ocurrió: la negligencia, el desamor, la frialdad, la violencia simbólica.
Pero la herida se agrava cuando, ya en la adultez, los hijos siguen justificando lo injustificable. Hay quienes, por lealtad inconsciente o por terror a romper el mito materno, continúan negando el desprecio recibido, aunque ese desamor los ahogue. Son adultos que siguen buscando migajas afectivas y se conforman con silencios o desprecios maquillados de preocupación. En cambio, el hijo que se rebela, que cuestiona, que pone en palabras el dolor, es muchas veces el más sano de todos. Es el que se atreve a ver lo que los otros niegan. El que, aunque cargue con el peso de ser “el conflictivo”, es quien más cerca está de la verdad emocional.
Como manera de ejemplo, tomo el caso de una familia: tres hermanos, misma madre, mismo padre. El mayor, con una enfermedad mental diagnosticada y tratada, terminó ahorcándose en soledad, pocos días antes del Día de la Madre —lo cual no es un dato menor—. Siempre se culpó a la genética, como si el entorno no hubiera tenido nada que ver. Como si el frío, la indiferencia, la violencia simbólica no dejaran huellas.
El del medio tomó distancia, se fue a vivir a otra provincia, y cortó el lazo —inconscientemente— como una forma de sobrevivir. No es casual que haya sido el único que no desarrolló una enfermedad mental: su alejamiento fue, en el fondo, su salvación.
El más chico desarrolló el mismo diagnóstico psiquiátrico del primero: trastorno bipolar. Es el hijo que, aunque la madre le muestre todo el desamor del mundo, aunque los hechos le griten que no lo ama, sigue justificándolo todo. No quiere ver la realidad. Se aferra a la negación como una forma de sostener una imagen que necesita creer. La toma con resignación, con un pesimismo aprendido: «mamá es así», «mamá no va a cambiar». Y mientras tanto, vive aferrado a la espera de un gesto, de una palabra, de una señal que confirme que es querido. Pero esas migajas de amor nunca van a llegar. Él permanece atrapado en el anhelo, negando la verdad por miedo a perder la ilusión. Es, quizás, el más herido: el que más necesita ver, pero menos puede hacerlo.
Tres destinos marcados por una historia común de manipulación, silencio y un desamor estructural al que se sigue llamando “crianza”.
Y una madre que siempre, ante los ojos de los demás, sostiene que hace todo por amor y que lo más importante son sus hijos. Se muestra como una verdadera madre coraje —como le dice la fábula—, sacrificada, siempre presente, que acompañó a sus hijos en sus trastornos con una entrega conmovedora. Pero esa no fue la realidad. No fue compañía, fue artífice. Con características narcisistas marcadas, cada vez que se auto-menciona lo hace desde un lugar de victimización y heroísmo: la madre ejemplar, la madre modelo. Una imagen cuidadosamente cultivada para el entorno, para la sociedad, que contrasta con la experiencia íntima, dolorosa y silenciada de sus propios hijos.
Poder hablar de esto no es un acto de ingratitud: es un acto de salud mental. Poder decir “mi mamá no me quiso como necesitaba” no convierte a nadie en un monstruo, sino en alguien que quiere sanar. Y sanar, muchas veces, empieza por dejar de mentirse.
Porque no siempre que se dice que se ama, en los hechos eso se manifiesta. El amor no se mide por las palabras repetidas hasta el cansancio, sino por los actos que sostienen o destruyen. Y cuando los actos hieren, abandonan, manipulan o silencian, no hay declaración que pueda maquillar el vacío.
Poder cuestionar ese “amor” que no amó es un gesto de salud mental. De dignidad. De coraje. Tener una mirada crítica sobre lo recibido, develar los vínculos que enferman, es comenzar a salir de esa tela de araña en la que tantos han quedado atrapados: la de la lealtad ciega, la idealización impuesta, la negación como forma de sobrevivir.
No se trata de culpar por culpar, sino de comprender para no repetir. Porque si no se nombra el daño, si no se lo ilumina, si no se le pone palabra, el trauma se transmite como herencia silenciosa. Y solo quien se atreve a mirar de frente la historia, puede tener la posibilidad —real y transformadora— de cortarla.
Sanar es, muchas veces, dejar de proteger el relato para protegerse a uno mismo.
