A horas del cruce decisivo entre Argentina e Inglaterra en el Mundial 2026, los veteranos de la guerra de 1982 alzan la voz desde sus centros de homenaje. Entre reliquias deportivas que honran a los caídos y un llamado ferviente a la pasión sin violencia, los excombatientes trazan un puente entre el orgullo patrio y la irrenunciable búsqueda de soberanía por las vías diplomáticas, rechazando cualquier intento de trasladar al terreno de juego las heridas de un conflicto armado.
En el Centro de Veteranos de Malvinas de Lomas de Zamora, el tiempo parece haberse detenido en un instante que condensa décadas de historia, dolor y orgullo. Allí, una vitrina resguarda un tesoro que trasciende el mero valor material: una camiseta firmada por el volante campeón del mundo en Qatar 2022, Rodrigo De Paul, que reposa enmarcada junto a una réplica exacta de la Copa del Mundo. Como telón de fondo, una imponente gigantografía de soldados argentinos en las islas y la enseña nacional completan una estampa que, para Juan Carlos Peralta, veterano de la Compañía de Ingenieros 601, sintetiza el sentir de sus compañeros en la antesala del partido más esperado de los últimos tiempos. La imagen no es solo un homenaje; es un relato visual que entrelaza el fervor por la Selección, la memoria indeleble de 1982 y una corriente de emociones que, según subraya, deben mantenerse en el cauce del respeto y la contención.
Peralta, perteneciente a la clase 1963, no oculta su deseo de que este enfrentamiento se produjera, aunque se apresura a aclarar que no lo interpreta como una prolongación bélica, sino como una rivalidad deportiva bañada por un pesado sustrato histórico. «Queremos jugar y sentimos que hay que ganar, que hay que demostrar que seguimos siendo mejores», expresa con la euforia característica de los días de partido, pero su discurso se tiñe inmediatamente de una prudencia reflexiva. Para él, el reclamo soberano y el tributo a los caídos pertenecen a una esfera sagrada que no puede ser contaminada por el resultado de un encuentro futbolístico.
La casaca del mediocampista del Atlético de Madrid llegó a sus manos en un momento particularmente delicado de su vida, entre finales de 2024 y comienzos de 2025, cuando se disponía a ser intervenido quirúrgicamente de dos tumores renales. A través de un vínculo familiar, De Paul le hizo llegar un vídeo de aliento y la prenda con una dedicatoria que Peralta guarda en el corazón: «Para Juan y los veteranos de Malvinas, ustedes son los verdaderos campeones». Lejos de atesorarla en la intimidad de su hogar, el excombatiente decidió donarla al museo del centro lomense, para que pudiera ser apreciada por estudiantes y visitantes, transformándose así en un vehículo de transmisión intergeneracional que une la gesta deportiva con el sacrificio patriótico.
Esa conexión emocional, que late con fuerza en las tribunas argentinas desde el título mundial de 2022, encontró en el cántico «por los pibes de Malvinas que jamás olvidaré» un himno improvisado que, según Peralta, marcó un hito en la percepción social del conflicto. La canción, que resuena en cada estadio, ha despertado la curiosidad de los más jóvenes, quienes llegan al centro, observan las reliquias y preguntan por aquellos hombres que lucharon en el Atlántico Sur. El veterano insiste en que la emoción debe convivir con la responsabilidad de recordar sin demonizar al adversario, estableciendo una frontera clara entre la chicana futbolística y el odio irracional.
Luis Escobedo, otro veterano que atesora una doble condición como exfutbolista de Vélez Sarsfield, Los Andes y otras instituciones, refuerza este llamado a la mesura desde una perspectiva privilegiada. Su trayectoria deportiva le permitió encontrar en la pelota un refugio para sobrellevar los fantasmas de la guerra, mientras que su experiencia en el frente le enseñó que un partido, por más trascendente que sea, jamás puede equipararse a un conflicto armado. Por ello, secunda con firmeza las declaraciones del entrenador Lionel Scaloni, quien ha solicitado públicamente reducir la tensión ambiental. «Es un partido de fútbol. Eso no quita que tengamos un poquito más de pasión que cualquier otra persona que no es argentina», matiza, defendiendo el derecho al aliento vehemente pero sin traspasar los límites del respeto.
La advertencia cobra especial relevancia tras los incidentes registrados entre hinchas de ambas nacionalidades en bares de Estados Unidos durante el transcurso del torneo. Sin emitir juicios sobre los protagonistas de aquellos altercados, los veteranos consultados coinciden en que el folklore del fútbol debe expresarse a través de cantos, banderas y provocaciones ingeniosas, pero nunca mediante la agresión física. La semifinal del Mundial 2026 puede ser concebida como una batalla simbólica dentro del rectángulo de juego, pero jamás debe convertirse en un pretexto para trasladar al presente las sombras de una guerra que pertenece al pasado.
Escobedo evoca, con la nostalgia de quien fue testigo de excepción, el peso abrumador de Diego Armando Maradona en esta narrativa. En la década de 1990, tuvo el privilegio de enfrentarlo en un encuentro informal en la quinta del astro. Su equipo ganaba 3 a 1 cuando, tras dos cruces intensos, el «10» decidió ponerse en serio y el marcador se invirtió hasta un 5 a 3 final. «No lo podíamos parar. Era un monstruo», rememora con admiración, subrayando que aquella anécdota ilumina el recuerdo imborrable del Mundial de México 1986. Apenas cuatro años después del fin de la guerra, los dos tantos de Maradona ante Inglaterra fueron percibidos por la sociedad argentina como una descarga catártica, una revancha simbólica que, aunque entendible en su contexto histórico, debe ser reinterpretada con la distancia que otorgan cuatro décadas. Para Escobedo, ganar es importante y enfrentar a Inglaterra añade un condimento especial, pero los protagonistas siguen siendo jugadores de fútbol, no soldados.
El veterano también pone el foco en una transformación social profunda. En 1986, los excombatientes arrastraban el peso de una posguerra traumática, marcada por el silencio y el abandono institucional. Hoy, en cambio, la causa Malvinas ha permeado todos los estratos de la sociedad: se estudia en las escuelas, se vitorea en los clubes, se inmortaliza en murales y hasta se plasma en los automóviles. Escobedo atribuye este despertar de la conciencia colectiva, en gran medida, al impacto del cántico popular, que ha impulsado a las nuevas generaciones a indagar sobre quiénes fueron esos «pibes» y a reconocer el sacrificio de quienes estuvieron en las islas. Esa reivindicación histórica, afirma, explica el inmenso respeto que muchos de sus compañeros profesan hacia la Selección argentina campeona del mundo, a la que ven como una embajadora de los valores patrios en el escenario global.
Nilo Navas, veterano de la Armada con base en Bahía Blanca y sobreviviente del hundimiento del Crucero General Belgrano, quien recientemente lideró una expedición en el velero Galileo desde Ushuaia hasta las islas, confiesa que también anhelaba este cruce de caminos. Desde el sorteo, siguió con atención el recorrido potencial de ambos equipos, pero insiste en que la expectativa no desvirtúa la naturaleza esencial del encuentro: es deporte, es espectáculo. Para Navas, la presencia de banderas y cánticos en las gradas demuestra que el reclamo argentino por la soberanía sigue vigente y se transmite con especial ímpetu entre los jóvenes, pero esa causa debe sostenerse exclusivamente por vías pacíficas y políticas. Confía plenamente en el equipo dirigido por Scaloni, en su disciplina y en su trabajo colectivo, aunque rechaza de plano cualquier tipo de extremismo. «No vamos a ir a un combate con los ingleses por un partido de fútbol», sentencia con la rotundidad de quien ha conocido el horror de la guerra.
Américo Mayorga, presidente del Centro de Veteranos de Ezeiza y encargado de las comunicaciones en las islas durante el conflicto, secundó esa postura con idéntica firmeza. El partido, argumenta, brinda una oportunidad para alentar en nombre de los 649 argentinos que dieron su vida, pero no habilita, bajo ningún concepto, una nueva confrontación. «Scaloni tiene razón. Es un partido de fútbol, no una guerra, porque a las Malvinas las vamos a recuperar por la paz», sostiene con una claridad meridiana. Mayorga se imagina un escenario donde las camisetas albicelestes y las británicas compartan espacios, donde los simpatizantes se saluden y donde la enseña patria flamee en lo más alto del estadio. Defiende la chicana deportiva y el entusiasmo desbordante, pero previene que la violencia es un camino estéril que no conduce a nada. Para él, el homenaje más elevado que se puede rendir a los caídos es mantener viva la causa de la soberanía, acompañar a las familias y honrar la memoria sin más derramamiento de sangre.
Ezequiel Martel, hijo del capitán de la Fuerza Aérea Rubén Héctor Martel, caído en las islas, aporta una perspectiva conmovedora y despojada de rencor. Su proceso de sanación personal, que incluyó un conmovedor contacto con el piloto británico que derribó el avión de su padre, le permite vivir este cruce «en paz y con tranquilidad», aunque su deseo de una victoria argentina es inquebrantable. Martel se anima incluso a sugerir una revisión de la letra del popular cántico, porque considera que debería hacer referencia a «los héroes de Malvinas» para abarcar a todos los fallecidos, sin distinciones de rango o fuerza, en un acto de unidad y reconocimiento global.
Roberto Piccardi, otro veterano de Lomas de Zamora, introduce un matiz reflexivo adicional. Una victoria o una derrota, señala con pragmatismo, no modificará «un centímetro» la disputa por la soberanía de las islas. Su preocupación radica en que la sociedad argentina tienda a acercarse al tema de Malvinas únicamente cuando la Selección se enfrenta a Inglaterra, como si el reclamo fuera un sentimiento estacional. Para Piccardi, el cántico está dedicado principalmente a quienes ofrendaron su vida y descansan en el Atlántico Sur, sin establecer jerarquías entre soldados conscriptos, oficiales, suboficiales, civiles o integrantes de las distintas fuerzas armadas. La memoria, concluye, debe ser un ejercicio cotidiano de justicia y reconocimiento, no una llama que se aviva sólo con el eco de un partido de fútbol.
