Bajo el lema «Paz, Pan, Tierra, Techo y Trabajo», sindicatos tradicionales, organizaciones sociales y trabajadores formales e informales confluyeron en una histórica protesta contra el gobierno de Milei, denunciando el desmantelamiento de derechos y la crisis social.
La tradicional marcha de San Cayetano, que cada año reúne a miles de fieles y trabajadores en busca de protección laboral, se transformó este 7 de agosto en un masivo acto de rechazo a las políticas del gobierno nacional. Con una novedad destacable: la presencia masiva de empleados registrados, junto a los históricos sectores informales, plasmó un escenario de unidad inédita frente a la amenaza de reformas laborales y el ajuste económico.
La Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), organizadora principal del evento desde 2016, estuvo acompañada esta vez por columnas nutridas de la CGT y las dos vertientes de la CTA, cuyas adhesiones, aunque no nuevas, alcanzaron una dimensión nunca antes vista. Banderas, cánticos y pancartas confluyeron en un mismo reclamo: frenar lo que calificaron como «una guerra contra los más vulnerables» y exigir soluciones urgentes ante el avance de la pobreza y la desindustrialización.
Un llamado a la reconciliación
Desde el santuario de Liniers, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, instó en su homilía a «superar el odio y construir puentes». «Custodiar a los pobres es un deber de todos», afirmó, en un mensaje que resonó entre los manifestantes, aunque contrastó con los discursos posteriores, cargados de críticas al Ejecutivo.
La columna principal, encabezada por el padre Toto de Vedia y referentes de la UTEP, avanzó hacia el centro porteño con símbolos inequívocos: cucharones de cocineras comunitarias, overales de constructores de barrios populares y carteles que exigían «derechos, no privilegios». A ellos se sumaron delegaciones de discapacitados, docentes y personal de hospitales públicos, evidenciando el amplio espectro de afectados por los recortes en salud y educación.
La CGT: diálogo con advertencias
A diferencia de otros sectores, la central obrera optó por un tono moderado. Sin subir al escenario, difundió un documento que combinó reclamos con llamados al «diálogo social». Criticó el «ajuste basado en la destrucción de empleo» y rechazó cualquier reforma que recorte derechos, pero evitó confrontaciones directas. «La paz se construye con inclusión, no con miedo», señaló el texto, en alusión a la estigmatización de las protestas.
No obstante, sus bases mostraron otro clima. Gremios como Camioneros, UPCN y UOCRA movilizaron contingentes numerosos, mientras Hugo Moyano, líder del sindicato del transporte, marchó en silencio pero con presencia simbólica.
«El gobierno está en guerra con el pueblo»
El tono más duro lo imprimió el Frente de Lucha por la Soberanía, integrado por sectores combativos de la CGT y las CTA. En su proclama, acusaron a Milei de «hambrear al pueblo» y «entregar el país al FMI». Juan Carlos Schmid (CATT) y Hugo Yasky fueron contundentes: «Han fracasado en lo económico y responden con represión».
Mientras tanto, en el Puente Pueyrredón, el Frente Piquetero intentó llegar a Plaza de Mayo pero fue bloqueado por efectivos policiales, en un operativo que reforzó las denuncias sobre criminalización de la protesta.
Pérdidas compartidas, lucha en común
En las calles, los testimonios reflejaron el deterioro social. Tomasa Paredes, cooperativista del conurbano, relató cómo su familia reemplazó la cena por «té y pan» ante el precio inalcanzable del gas. Juan Vargas, camionero, alertó sobre despidos en logística por la caída del consumo. Docentes como Liliana lamentaron la pérdida de incentivos salariales: «Ahora hay quienes trabajan tres turnos».
Alejandro Gramajo (UTEP) sintetizó el sentir mayoritario: «La unidad es esperanza. No todo está perdido, pero debemos frenar este desastre». La marcha, así, dejó un mensaje claro: la resistencia al modelo económico avanza, aunque con tensiones internas y un desafío por delante: consolidar una fuerza capaz de torcer el rumbo.
