Mientras denuncia fake news desde su programa, protagoniza escándalos por manipulación mediática en perjuicio del gobernador bonaerense.
La máxima «Miente, miente, que algo quedará» parece ser la consigna bajo la cual ciertos actores políticos despliegan estrategias de desinformación. En plena campaña electoral, donde los bonaerenses definirán sus representantes legislativos el próximo 7 de septiembre, la batalla política ha tomado un rumbo turbio, marcado por operaciones mediáticas y material audiovisual adulterado. En el centro de la polémica se encuentra Manuel Adorni, quien, paradójicamente, conduce un espacio dedicado a desenmascarar supuestas mentiras contra el gobierno, pero al mismo tiempo ha sido señalado como responsable de propagar contenido engañoso.
Uno de los episodios más escandalosos involucra un video manipulado que busca perjudicar la imagen del mandatario provincial. La pieza, difundida activamente en redes sociales, fue rápidamente desmentida por verificadores de datos, aunque el daño ya estaba hecho. Lo llamativo es que Adorni, quien se presenta como un paladín de la verdad, no solo omitió rectificar, sino que amplificó la falsedad con argumentos tendenciosos.
Pero este no es el único caso cuestionable. En una oportunidad, el comunicador llegó al extremo de utilizar una radiografía falsa de un can para respaldar recortes en políticas de discapacidad. La imagen, que rápidamente fue identificada como un montaje, generó indignación en organizaciones sociales y especialistas en el tema, quienes denunciaron el uso cruel y desinformado de una problemática sensible.
La contradicción es evidente: mientras Adorni se erige como fiscalizador de las fake news en su programa, su historial revela una participación activa en la circulación de mentiras que benefician a su sector. Expertos en comunicación política señalan que esta dualidad responde a una táctica deliberada: sembrar confusión en el electorado para desacreditar adversarios y, al mismo tiempo, blindar al oficialismo de críticas.
En un contexto donde la desinformación puede inclinar la balanza electoral, la sociedad enfrenta el desafío de discernir entre lo real y lo fabricado. Mientras tanto, figuras como Adorni continúan operando en esa zona gris donde la ética periodística queda supeditada a los intereses de la grieta. La pregunta que queda flotando es hasta qué punto los votantes estarán dispuestos a tolerar estos juegos sucios en un proceso democrático clave.
